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Querida mamá

Un día yo no existía, el mundo no me conocía; si acaso hubiera podi­do estar en algún lado, ese hubiese sido un espacio frío, oscuro, solita­rio. Pero de pronto se escuchó una voz que pronunció mi nombre y fui traído a la vida. Era un lugar cálido, agradable, acogedor, me recibió con amor, me hizo sentir tan a gusto, que me agradó vivir en él. Era el se­no materno. Se convirtió en el lugar de enfoque de una mujer que fue mi madre. La acción amorosa de mi pa­dre vivió un dulce consorcio con la mujer que me llevó en su seno. Fue ahí donde se formó la piel que ahora ostento, el corazón que late sin de­tenerse desde ese día, en ese lugar se formaron mis manos y mis pies, mis pulmones para salir al mundo y crecieron mis ojos para contemplar la vida que me rodea.

Un día a Jesús le dijeron: ¡Bendi­to el vientre que te llevó y los pechos que te amamantaron!, bendita Ma­dre de Dios, pero bendita también esa mujer que me llevó en su vien­tre durante nueve meses. Querida mamá, jamás podría yo renunciar a ti, nunca podría negarte, porque lo que yo soy, en ti fue formado, por ti, soy lo que soy.

Cuando te puedo comprar un regalo, una flor el 10 de mayo, posi­blemente me quedo tranquilo por haber cumplido contigo, pero es­te año no puedo hacerlo, me cerra­ron las tiendas en donde venden esos regalos, tampoco aquellos que llevaban flores al cemente­rio podrán hacerlo. ¿En verdad no tengo nada que ofrecerte?, ¿Aca­so el regalo para ti debe pasar por la compra y venta?; me doy cuenta que el mundo del consumo me ha­ce pensar así. Ahora recuerdo que mi vida cuando floreció en tu seno fue un regalo totalmente gratui­to, que tú misma para mí, como mi madre, eres el más grande milagro del amor de Dios.

Quiero que mi vida sea tu re­galo madre mía. Los regalos com­prados, muchas veces, me hacen olvidarte, tranquilizan mi con­ciencia y ya no me acerco a ti, no escucho tu silencio, tus quejas, tus necesidades, no veo tus he­ridas, tus momentos de soledad. Cuenta conmigo mamá, no estás sola, aquí estoy para amarte, cui­darte; cuando tus pies cansados ya no puedan más, aquí están mis manos para ayudarte, mi corazón y mi paciencia para acompañarte. Que mi vida honesta, mi lucha, mi esfuerzo en la vida llene tu co­razón de satisfacción de ser una madre que no solo me llevó en su seno, sino que formó una hija, un hijo en plenitud. ¡Dios te bendiga madre querida!

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