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Director Miguel Cantón Zetina

Quería robar ropa y acaba desnudo

Antonio intentó maniatar a una empleada y tomar lo que no es suyo. La dependiente se resistió, pidió ayuda y fue linchado.

Toño se arrepintió hasta de lo que no había hecho la noche del pasado martes 1 de septiembre, cuando vecinos de la comunidad de Tapilula lo tundieron a golpes, lo desnudaron y lo pasearon por las calles de la localidad hasta el centro de la plaza, donde por su propia seguridad lo entregaron casi vivo a la policía.

Aquello no habría pasado si el hombre se hubiera quedado en Pueblo Nuevo, con su familia, aunque no tuviera nada qué hacer y no hubiera mucho qué comer.

Pero al bajar el sol tomó el camión y veinte minutos después estaba en la plaza de la comunidad vecina.

El ruido ensordecedor de los zanates lo obligó a levantarse de la banca de fierro dura para divagar por las estrechas calles que comenzaban vaciarse de gente.

Las prendas de ropa femenina exhibidas sin pudor a la entrada de una tienda lo hicieron detener su marcha.

Se quedó mirando los calzones negros con moñitos y los brasieres de copas pequeñas. Sin dudarlo dos veces entró. Para su fortuna, sólo estaba la dependiente detrás del mostrador.

En la solapa tenía prendida una tarjeta: Le atiende, Zenaida.

Toño pasó de largo, complaciendo su mirada en los vestidos femeninos, luego sin fijarse mucho dejó atrás la ropa masculina hasta detenerse en el área infantil.

Como vio acercarse a la empleada Zenaida, caminó hasta su encuentro, que coincidió en los anaqueles dedicados a las prendas masculinas. Antes de que ella le preguntara qué deseaba, tomó la manga de una camisa vaquera y preguntó sin mucho interés cuánto costaba. Apenas si puso atención al precio. Mecánicamente, tomó el cuello de otra vaquera e hizo la misma pregunta, pero esta vez miró hacia la entrada. Ni un alma en la calle.

Toño comprendió que era el momento justo. Se abalanzó sobre la humanidad de Zenaida para doblar su brazo a fin de inmovilizarla. «Este es un asalto», exclamó como en las películas, aunque a él se le dificultó decirlo con la propiedad del caso, pues la dependiente se zafó de la llave. Toño trató de inmovilizarla de nuevo, pero la ruda mujer era un hueso duro de roer.

«¡Auxilio!, ¡socorro!, ¡me asaltan!», gritó Zenaida con todas sus fuerzas, también como había visto en las películas, pero a ella sí le salió bien el grito.

El fracasado ladrón vio que de ese pozo no sacaría agua y quiso poner pies en polvorosa, soltó a Zenaida y se abalanzó a la salida. Para su infortunio, una multitud enardecida lo estaba esperando.

El pobre hombre no supo ni de dónde le cayeron tantos puñetazos, patadas y garrotazos. Pero su susto fue mayor cuando alguien entre los linchadores propuso quitarle toda la ropa.

Estaba tan asustado y temerosos que apenas si se resistió. Zenaida parada en la entrada de la tienda al lado de las camisas y la lencería vio cómo la multitud se llevaba al ladrón hacia la plaza principal.

Toño, con la mirada perdida y el corazón a punto de salírsele, ni siquiera veía las luces de los autos que se detenían al verlo pasar. Conforme pasaba por las esquinas desnudo, más gente se unía a la infortunada procesión.

Algunos gritaban «cárcel» para el caco.

Otros aprovecharon para lanzar consignas contra las autoridades incapaces de dar seguridad. Por un momento Toño pensó que en la plaza donde había estado sentado hacía un rato, renegando de los zanates, acabaría su vida. No podía ver a la gente a los ojos. Se sentía avergonzado.

Cuando lo entregaron a los policías, el aprendiz de ladrón deseó con toda su alma no haber salido de Pueblo Nuevo aquella tarde.