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Director Miguel Cantón Zetina
La pira humana comenzó a arder, primero lentamente, pero luego agarró fuego.

Quemó a robavacas

El presunto asesino había denunciado al ahora finado por abigeato, pero nadie le hizo caso. Se hace justicia con su propia mano.

REFORMA, CHIAPAS.—Gerardo camina con otro amigo por la ranchería El Rosario y no ima­gina que más adelante, cuando pase por el rancho Bonanza, su cabeza y la de su amigo serán cubiertas con bolsas de plástico negras hasta hacerles perder el conocimiento.

El muchacho –que apenas cumplirá 21 años, y cuyas fac­ciones comienzan a afilarse para semejarse a los hombres rudos de la comarca– está en la mira de Mario, que lo acusa de robarle cada que se le antoja el ganado.

Gerardo no ignora afren­ta, sabe que entre ceja y ceja de Mario está su humanidad. A sus oídos voló la noticia de que en la mentada fiscalía contra el abigea­to, su nombre fue señalado como robavacas. Lo sostuvo Mario.

Pero a Gerardo no le asusta esta demanda ni ninguna otra. El miedo no es cosa de hom­bres, se repiten entre sí sus compañeros de aventuras.

 

LO PRENDEN CON GASOLINA

Cuando está cerca del rancho Bonanza, Gerardo ve a la dis­tancia a Mario. Pero no da la vuelta. Tiene que pasar por en­frente de donde está su rival. El amigo de Mario lo secunda. Escri­ben así, sin saberlo, ese sábado de finales de agosto, su destino.

El pobre muchacho no cuenta que agazapados detrás de unos arbustos están los amigos de su enemigo: son tres, y aunque es­tos dos se defienden, no pue­den contra tantos. Les ponen las bolsas en la cabeza. La respiración de por sí agitada, acaba por ahogarlos más. Ge­rardo y su amigo se desvanecen.

No ven cuando Mario y sus amigos suben sus cuerpos a una camioneta y los llevan a tiro de pedrada a la entrada del pozo Cactus, frente al lugar conocido como Cactus cuatro. En ese pá­ramo ni los zanates se detienen.

Bajan los cuerpos sin la me­nor delicadeza. Es la hora de la venganza. Encabezados por Ma­rio, golpean hasta que se cansan al muchacho desfallecido y su acompañante.

Uno de los golpeadores saca un bidón de gasolina para ro­ciarles el cuerpo, mientras otro se apresura a atarlos de pies y manos.

A estas alturas ya no se acuer­dan de las vacas robadas, de las idas y venidas a la fiscalía para exigir justicia. Ya nada de eso cuenta, sólo el rencor ciego de la venganza.

Uno de los tres lanzó el cerillo al cuerpo maniatado del mucha­cho. Cualquiera de los tres lo hu­biera querido tirar, pues sentían que les sobraban razones para hacerlo.

 

CONFIESA SU VENGANZA

La pira humana comenzó a arder, primero lentamente, pero luego agarró más fuego. No esperaron a que el cuerpo se calcinara. Se subieron a la camioneta y jalaron para sus casas. Entre la sangre hirviente nadie pensó en el otro cuerpo.

El acompañante de Gerardo sobrevivió. Como pudo escapó del pozo Cactus.

Esperó unos días hasta re­ponerse. Como su vida corría peligro, decidió interponer una demanda.

Esta vez la policía ministerial tomó cartas en el asunto y detu­vieron el lunes pasado a Mario, señalado como presunto res­ponsable de la muerte del regue­ro el pasado 22 de agosto.

Mario solo dijo que él había interpuesto varias denuncias por el robo de su ganado contra el finadito y nadie le hizo caso, por lo que decidió no esperar más y hacerse justicia con su propia mano.

Para variar, Mario tendrá que esperar de nuevo en el Recluso­rio 11, de Pichucalco, a que se lle­ve a cabo la audiencia inicial y se determine su situación jurídica.