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¿Quebrantado de corazón?

“Él sana a los quebrantados de corazón y venda sus heridas”. (Salmo 147:3).

Cuando viene la aflicción tal parece que no le gusta ve­nir sola. Pueden iniciar por causas externas al cuerpo o en el interior de la persona, pero, generalmente, tiende a llevarnos a sentirnos quebrantados del corazón.

Los últimos días que han transcurrido en nuestro Estado, han llevado a muchas familias no solo a estar quebrantados ante la aflicción por el coronavirus que provoca el Covid-19, sino ahora a estar en la incertidum­bre de los daños que pudieran provocar las aguas, por anegaciones o por inundaciones; de hecho, es una rea­lidad que está afectando a miles de tabasqueños y otros radicados en nuestro Estado.

Hace falta tener una esperanza cierta. Hace falta una mano segura que pueda dar el toque de sanidad a ese co­razón. Pues bien, esta pequeña porción bíblica nos dice que existe: ¡Dios sana el corazón quebrantado!

Este versículo inicia con el pronombre ÉL; esto es una referencia a Dios, Creador y Sustentador de todo lo que existe. Dios mismo no se quebranta ante ningún ti­po de circunstancias, enfermedades o acciones huma­nas o de la naturaleza.

Por otro lado, Dios, conoce perfectamente el corazón humano, tanto en el sentido literal como en el figurado de este término. Lo que usted y yo llevamos en nuestro interior; y para esa región de nuestro ser, conocida como el alma, no existe ningún otro ser que pueda restaurar como lo lleva a cabo Dios.

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En ocasiones solo se requerirá de una venda para cu­brir su herida; ella entra en un proceso natural, estable­cido por Dios, para sanar. Pero Dios te acompañará, no pasarás solo por este proceso. Pero en otras ocasiones no habrá manera natural para aliviar el corazón que­brantado. Entonces, recuerda, Dios sí puede hacerlo, desplegará su poder sanador actuando en tu persona. Dios sabrá exactamente que necesitas, cuándo, cómo llegará a tu vida. Dale el lugar a ÉL para sanar; con la ac­titud correcta de fe y humildad ante su presencia. Otro Salmo, el 51:17 contiene estas palabras: “Al corazón con­trito y humillado no despreciarás tú, oh Dios”.

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