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Director Miguel Cantón Zetina
(Foto: Archivo)

Prefirió ahogarse que volver a la cárcel

Jesús «N» tenía una semana de haber dejado el reclusorio. Para no volver a ser detenido decidió meterse a la laguna. Ya no salió.

VILLAHERMO­SA, TAB.— Cuando Chucho cruzó el um­bral de las puertas de salida del reclusorio, el sol de septiembre implacable le pegó en la cara; sobre la avenida de Indeco pasaron dos combis a toda velocidad queriendo ganarle el paso a un transbús, pero ya no pudo ver quién perdía por­que las aguas pestilentes de los hoyancos perturbaron su nariz.

Al ex presidiario, que pronto cumpliría 40 años, todos los inconvenientes que se abrían a su paso, le pare­cieron nada comparado con el lugar de donde venía. Así que juró, mirando al cielo y persig­nándose, no volver a meterse en problemas.

El primer día no fue difícil mantenerse en su dicho. El re­cuerdo del frijol con rata, las faenas para limpiar los baños pestilentes, el frío y duro piso que tenía por cama y el hedor de los sudores de sus otros siete compañeros de celda estaban muy reciente en su cabeza, que no pensó en las malas juntas ni en el carrujo de mota para re­lajarse, como antes lo hacía. Se centró en la bienvenida que le prodigaron los suyos.

Una gran pena como hacía muchos años no la había senti­do, invadió su corazón. Su her­manita, que no lo había dejado nunca solo en los días de visita, estaba ahora feliz por verlo li­bre. Tantas preocupaciones le habían sacado algunas canas. Quiso llorar pero se contuvo, estrechándola entre sus brazos.

«Por ahora, no salgas, quéda­te aquí, reposa, medita, ya luego verás cómo puedes rehacer tu vida. El apoyo lo tendrás siem­pre porque familia es familia», aconsejó su carnalita con mu­cha bondad, sin imposición ni reproche.

Al tercer día se corrió la no­ticia en la colonia José María Pino Suárez de que el Chucho había salido de la cárcel.

 

LAS MALAS JUNTAS

El Chucho ya no se acordaba del juramento que hizo al salir del reclusorio, pero se mantuvo encerrado, viendo la tele, o bajo la sombra de un árbol, dejando pasar el tiempo.

Cuando cumplió una sema­na, decidió salir a dar un paseo por los alrededores de la casa. «Vaya, vaya, miren quién está aquí», dijo uno de los viejos amigos de Chucho. «Yo pensé que ya te habías olvidado de los amigos. Miren, muchachos, quien nos acompaña», dijo el hombre de la misma edad que Chucho.

El grupo lo abraza, paren mendigos por sus ropas, pero no lo son, tiene familia, tienen un techo, pero los une una sola cosa: el vicio de la chela y la mariguana.

 

SE TIRA AL RÍO

Chucho se despide de sus antiguos amigos, apresura el paso porque debe volver a casa de su hermana. No quiere preocuparla más. Aunque se palpa el bolsillo. Trae yerba, sus amigos se la dieron.

Apenas va a una cua­dra y alcanza ver una patrulla y dos policías fuera, recargados en la unidad. Chucho los ve, su corazón se agi­ta más, y sin pensarlo dos veces, corre como si hubiera cometido un delito.

Los policías que no habían puesto atención en él, lo miran correr, se voltean a ver uno al otro y se lanzan a perseguir al hombre que pa­rece haber visto al Diablo.

Chucho los deja atrás y entra a la casa de su herma­na, no se de­tiene, sube a la azotea y husmea la calle para ver a qué hora aparecen los tiras. No desea que lo atrapen, no desea volver a la cárcel. Aquí está bien, con los suyos, él no ha hecho nada malo. Pero en vez de tranquilizarse baja de la azo­tea y se mete a la laguna con su playera verde y su pantalón de mezclilla. La unidad acuática Delfin, saca su cuerpo ahogado.