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El Tabasqueño

¿Por qué AMLO sigue ganando sin estar en la boleta?

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  • Su presencia física, mental o emocional le sirve a Moren
  • Un encantador de multitudes, como aquel flautista de Hamelin

 

Después de las elecciones presidenciales de 2006, en las que oficialmente Andrés Manuel López Obrador quedó a menos de un punto porcentual de ventaja de Felipe Calderón, con aquel polémico 35.31% contra 35.89%, en el país nació un fenómeno electoral que en Tabasco hizo que AMLO fuera temido: cuando él estaba en las boletas en las elecciones federales, arrasaba, pero no así en los comicios locales (salvo los de 2003, cuando el perredismo ganó 11 presidencias municipales y la mayoría en el Congreso Local).

López Obrador en esa primera elección presidencial aplastó en Tabasco con 512,743 votos, contra los 344,526 que obtuvo el ex gobernador Roberto Madrazo, además de impulsar el carro completo en las seis diputaciones federales, una sonada derrota del PRI local, que por primera vez se quedaba sin representantes federales. Sin embargo para la elección local celebrada en octubre de ese año no logró empujar a César Raúl Ojeda quien fue avasallado con 10 puntos de ventaja por Andrés Granier Melo.

Para la presidencial de 2012 de nueva cuenta Andrés Manuel, aunque no obtiene el triunfo, arrastra una cantidad de votos que impulsa a llevar diputados federales, senadores e incluso la gubernatura de Tabasco, la cual es arrebatada por primera vez al PRI por Arturo Núñez. Ya para entonces estaba más que probado que AMLO en la boleta era muy peligroso.

En 2018 estando nuevamente en las cédulas, de nueve gubernaturas gana cinco (incluido el GCDMX), además de la mayoría absoluta en el Congreso de la Unión y las 48 Senadurías de mayoría relativa, así como la gubernatura, 15 alcaldías y 21 diputaciones locales en Tabasco.

Pero en las elecciones de 2019, sin aparecer él en las boletas, Morena obtiene el triunfo en las gubernaturas de Puebla y Baja California, y ya para 2021 el partido de AMLO obtiene 11 de las 15 administraciones estatales sin la presencia del tabasqueño en las cédulas de votación y este 2022, nuevamente el partido en el gobierno se llevó cuatro estados sin que el Presidente participe en las boletas electorales.

Así tenemos que de 2018 a 2022 Morena ha ganado 23 de 32 elecciones —incluyendo la extraordinario de Puebla y las dos de Baja California—. Este mismo año va a gobernar 20 estados, y sus aliados del PES y PVEM dos.

Estos últimos resultados rompen con la leyenda de que AMLO tiene que ir en la boleta para que Morena pueda triunfar. Es claro que Morena gana por la presencia de López Obrador, ya sea ésta física o meramente mental o emocional.

Gana, también, porque el PAN, el PRI y el PRD, separados o coaligados, están desfondados en sus bases de apoyo y eso hace que no sean capaces de sumar gubernaturas; ni siquiera las que habían venido gobernando, y menos las que no han gobernado.

Un dato que lo comprueba es que en 2017 el PRI tenía 14 gubernaturas, y de ellas ha perdido doce; el PAN tenia once y se ha quedado sin seis; y el PRD de cinco que tuvo hoy está en cero triunfos… y gubernaturas. Esto quiere decir que la oposición panista-priista-perredista ha perdido 22 gubernaturas de las treinta que tenía en 2017.

El maleficio de que AMLO tiene que estar en la boleta para que Morena gane se ha roto, porque aunque el nombre del Presidente no esté físicamente en las urnas, eso no quiere decir que no esté en la mente de los electores. Quizá este nuevo fenómeno sería interesante de estudio para los ensayistas políticos que puedan explicar mejor cómo ese voto emocional o racional fortalece a su partido y esto ha ocurrido en todo el país, en un poco más de las dos terceras partes de las entidades federativas.

Morena es AMLO, es la personalización de AMLO y ese partido gana sin éste o con éste porque de una u otra manera está en cada elección, con boleta y sin boleta. Además, la coalición PAN-PRI-PRD contribuye a su derrota por su propia historia y porque a ojo de muchos electores, una suma así no es bien vista.

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Nunca nadie se había mantenido durante tan largo tiempo en la preferencia de los mexicanos como Andrés Manuel López Obrador. Primero, como aspirante presidencial desde 2005 y ahora como Presidente de la República, con cuatro años de gobierno, y pese al desgaste natural del timón, con altos niveles de popularidad y aprobación a su gestión.

Existe un hecho irrefutable: López Obrador cuenta con una leal multitud que lo ha seguido fielmente en las buenas y en las malas, con calor y con frío. Es un encantador de multitudes, como aquel flautista de Hamelin, pero sin pífano. Quizá de allí emane buena parte de su éxito que además ha catapultado a Morena: su capacidad de seducir y de comunicarse con la gente, gracias a su verbo y a su manera de comportarse como líder político.

Otro de los motivos de la popularidad del tabasqueño — dejando en claro que aunque en menor medida existen grupos en desacuerdo y desagrado por sus acciones y su figura— es la legitimidad de su comportamiento, la naturaleza auténtica de su personalidad y su interés por el porvenir de los demás, a quienes hoy gobierna.

Para entender las razones del avance del proyecto de López Obrador en el país, (reflejado el 5 de junio con cuatro nuevos triunfos que sumaron un total de 22 gubernaturas, junto con las de sus aliados del PVEM y PES), tenemos que observar las condiciones actuales de la clase política tradicional que hoy se representa en la oposición y que se encuentra alejada de la gente común por una conducta de vida ofensiva y dispendiosa —el ejemplo más reciente está en los audios del líder del PRI nacional con su botox y manejo para hacerse de propiedades— que contrasta con la sencillez y austeridad de AMLO de toda una vida.

Paradójicamente, la principal crítica que se le achaca a López Obrador, el populismo, es en realidad su primordial fortaleza, porque la aplicación de la política «por el bien de todos primero los pobres», nunca fue sólo un slogan de campaña para hacerse notar a nivel nacional, muy al contrario es una manera de ser que hoy aplica desde la Presidencia.

El fenómeno que hoy observamos con Morena y al que desde la crítica ahora llaman «hegemonía política», con una evocación crítica comparándola con el viejo PRI, es fruto de una biografía irrepetible que inició cuando después de concluir su carrera de licenciado en Ciencias Políticas y Administración Pública en la UNAM se sumó a la campaña del poeta Carlos Pellicer al Senado de la República. Ahí se dio su adyacencia a la política electoral. Pero la metamorfosis de López Obrador de un joven político tradicional a un líder social, ocurrió cuando en el gobierno de Enrique González Pedrero, como delegado del Instituto Nacional Indigenista conoció la pobreza indígena. En sus andanzas con los chontales, Andrés Manuel «se hizo pueblo con el pueblo», ahí nació la chispa de lo que hoy es un modelo económico, político y social.

Hacer las cosas distintas, romper con los moldes tradicionales de la política, ser disruptivo (palabra tan de moda en la tecnología) fue el camino que llevó a López Obrador a encontrar una nueva veta para hacer política, un camino difícil, el más largo, nadar en contra de la corriente, como los salmones, desafiando lo conocido, así ocurrió cuando ingenuamente —tal vez imitando a su paisano Carlos Madrazo— quiso democratizar al PRI en Tabasco, un partido que nunca fue democrático y que lo llevó a renunciar, para más adelanto buscar fuera del cauce oficial del PRI la gubernatura de Tabasco, por primera vez, al aceptar ser candidato por el Frente Democrático Nacional, a invitación de Cuauhtémoc Cárdenas.

La explicación de lo que hoy vemos con los triunfos de Morena no se puede entender sin toda esta historia, la historia de un tabasqueño que se inició como líder social encabezando reclamaciones de indígenas campesinos cuyo entorno fue quebrado por la exploración y explotación brutal en busca del petróleo, creándole una figura de agitador social acompañada de órdenes de aprehensión y desalojos violentos.

Después vendrían otras candidaturas fallidas al gobierno de Tabasco, las dirigencias estatal y nacional del PRD, pero fue a partir de que aquél que buscaba gobernar a su estado resultó haciéndolo en la Ciudad de México, fue allí que Andrés Manuel López Obrador, el luchador social, el líder político, se erigió en cabeza de un nuevo movimiento de izquierda, que lo llevó a enfrentar desafueros, traiciones, fraudes, todos los obstáculos los sobrepasó. Hoy ese hombre de biografía irrepetible cosecha frutos, triunfos, votos para su proyecto político.

 

«Una reputación
de confiabilidad
es un activo más
importante que las
demostraciones de
inteligencia táctica»
HENRY KISSINGE

 

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