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Vecinos del poblado Ocuapan trajeron sus tambos de agua y comenzaron a arrojarlos hacia las llamas, para impedir que avanzaran hacían donde estaba la madre y la hija.

Huimanguillo

Planeó quemar a su esposa por celos

Ana Luisa «N» interpuso demanda contra su pareja Lenin Concepción por intento de homicidio.

HUIMANGUILLO, TABASCO.- Es­tuvo divisando a cierta distancia la casa donde vivía su esposa Ana Luisa y su pequeña hija. Se puso detrás del naranjo porque no que­ría que lo vieran y luego lo culparan de lo que planeaba hacer.

La casita era de material, ape­nas estaba repellada, pero no ha­bían alcanzado a pintarla todavía. Sobre la entrada estaba montada una hermosa herrería, aún sin cris­tales.

¿Por qué quería Lenin Con­cepción destruir lo que con tanto esmero y trabajo se había levanta­do? Incluso ahí oculto detrás del naranjal, le llegaba el aroma de los azucarados frutos, pero era tanta su ira, que no podía ver lo agrada­ble de aquel patio.

Ni siquiera se conmovía al oír hablar a su hija allá adentro, junto a su madre Ana Luisa. No podía dis­tinguir de qué hablaban, pero por el modo de hablar de la madre sa­bía que algo le aconsejaba, que algo le enseñaba, siempre con bondad.

A Ana Luisa no podía repro­charle que fuera mala madre, «mis respetos», pensaba Lenin Concep­ción para aplacar cualquier infun­dio. No se trataba de eso.

Los celos lo habían llevado a esta situación. Cuando lo habla­ron, Ana Luisa rechazó cualquier acusación a su integridad, y le dolió que su pareja insistiera en celarla.

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Por la niña es que se aguantó, la pequeña quería tanto a su papá, que la madre pensó que la situa­ción volvería a su cauce normal.

Pero en el fondo de su corazón, Lenin Concepción se ahogaba de ira. Decidió entonces dar un escarmiento severo, imponer su ley a como fuera.

Parado detrás del naranjal, se cercioró de que la puerta de he­rrería de entrada estuviera con el candado puesto, como siempre se hacía cuando salía al trabajo y la madre y la hija se quedaban solas.

Luego se acercó a un lado de la ventana, sin que fuera visto, y dejó caer sobre lo que sería la cama, un poco de gasolina, papel periódico y un cerillo encendido. Apenas lo hizo, se alejó rápidamente del sitio para no ser descubierto.

Doña Ana Luisa y su hija se­guían repasando las tareas de la niña y no se dieron cuenta de cómo el fuego consumió rápidamente el colchón, y se extendió hacia la ha­maca, las cajoneras de la recámara.

Hasta que el humo negro las alcanzó notaron que la casa esta­ba en llamas. El techo de lámina se vino abajo conforme las llamas crecían. Las dos huyeron hasta la puerta de herrería y comenzaron a gritar, a pedir auxilio.

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Los vecinos del poblado Ocua­pan pronto trajeron sus tambos de agua y comenzaron a arrojarlos hacia las llamas, para impedir que avanzaran hacían donde estaba la madre y la hija arrinconadas. Don Luciano, al ver a su hija y a su nieta en peligro, destruyó de dos marra­zos el candado, liberándolas de las llamas. Cuando llegaron los bom­beros, el interior de la casa estaba todo chamuscado.

Nada se había salvado, excepto Ana Luisa y su pequeña. Lenin no se apareció para ayudar. Se había pelado. Ana Luisa habló con su padre, don Luciano, y convinieron interponer una denuncia en la Fis­calía contra el posible intento de homicidio del pirómano.

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