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Director Miguel Cantón Zetina
(Foto: TH)

Pirómano quema a jardinero en La Manga

Jorge Luis «N» prendió fuego a la habitación de don Agustín Maldonado, quien por el humo se desvaneció y no pudo salir.

CENTRO, TABASCO.- Jorge Luis está ebrio, juega con su encende­dor, activa el mecanismo y la fla­ma se levanta, es del tamaño de su dedo gordo, sostiene frente a sus ojos el artefacto, como si fuera una pequeña antorcha, ve bailar el fuego y sus ojos se iluminan por quién sabe qué.

Así está un rato, encandilado por la llama, hipnotizado. Si algún vecino de la colonia La Manga III lo viera, pensaría que entre las lla­mas algo se refleja por la atención que el hombre ebrio dispensa. Ni siquiera parpadea.

Está a punto de entrar la no­che. Es domingo y la mayoría de la gente está en sus casas, des­cansando para la jornada del día siguiente o viendo la tele. Don Agustín Maldonado, de 41 años, es uno de ellos. Es de ofi­cio jardinero, pero se ha acos­tado temprano. Apenas tocó la cama, en su habitación del segundo piso, se quedó jetón.

El ebrio sigue atrapado en el juego de la flama. Pero ya no le divierte tanto. De pronto una idea se le viene a la choya, toda­vía bajo los efectos de la em­briaguez. Deja la banqueta, atraviesa la calle llamada La­guna de La Majagua y sube las escaleras que tiene enfrente. Cuando está arriba, acerca su encendedor a los materiales que forman un cuarto. Jorge Luis mira cómo la pequeña flama se alimenta rápidamente y crece, envolviendo el modesto hogar.

Don Agustín acostado dentro no se da cuenta del fuego que va abrazando su casita. Está dormi­do y el humo hace que ya no despierte. Inconsciente su cuerpo queda en la cama que pronto será devorada por el fuego.

No hay loco ni borracho que coma lumbre, dicen. Y Jorge Luis, ebrio, desciende hasta la ca­lle pero se le hace imposible huir. Se queda viendo cómo los veci­nos salen de sus casas gritando «¡fuego!». En su embriaguez, no distingue las maniobras que ha­cen para sofocar las llamas. Hom­bres, mujeres y niños van de aquí para allá, arrojando agua y arena al incendio. No tardan en llegar los bomberos, el personal de Pro­tección Civil y las ambulancias de la Cruz Roja. El temor es que las llamas salten hacia las otras casas, muchas de estas también levantadas con mucho esfuerzo con materiales perecederos.

Alguien entre los vecinos se acuerda que en el cuarto incen­diado vive don Agustín, el jardine­ro. Algunas madres piden al buen Dios que el don no haya estado allí, que esté sano y salvo.

Cuando de la casa y los mue­bles sólo quedan cenizas y escom­bros y un lodazal chicloso, es que descubren los restos calcinados del jardinero.

Los de Protección Civil dedu­cen que el hombre se quedó dor­mido y probablemente el humo del incendio lo desvaneció.

Por este hecho, se decidió acor­donar el área, para que peritos de la fiscalía determinen las causas fatales del siniestro.

No tardan algunas señoras poner un par de veladoras en la banqueta. Es cuando se percatan de Jorge Luis. El bolo ha estado diciendo que él fue quien pren­dió fuego a todo aquello, y lo re­pite como si se trata de una gran proeza.

Como lo dice en serio, los agentes de la fiscalía terminan deteniéndolo. Él no se resiste. El demonio del trago no lo deja ver la gravedad de sus actos. Lo suben a una unidad policiaca y se lo llevan esposado. En una silla de la Fisca­lía General del Estado, Jorge Luis va poniéndose crudo.

No recuerda porqué está allí. Saca de su bolsillo un encendedor morado. Esta vez no lo enciende porque su dedo está lesionado de tanto jugar con él la víspera. No volverá a La Manga III. Por sus actos se quedará un tiempo en el Centro de Reinserción Social del Estado de Tabasco, donde le pro­hibirán usar hasta los fósforos.