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Director Miguel Cantón Zetina
ANALLELY RAYMUNDO BAUTISTA

‘Pensaron que no viviría, pero Dios tenía otros planes’

“Cuando toqué la campana de los sobrevivientes, no pude evitar llorar y darle gracias a todos. Y vi a mi papá esperándome, tal como Dios se lo había prometido”.

Anallely Raymundo Bautista vi­vió 21 días de batalla contra el Covid-19 en el hospital ‘Juan Gra­ham Casasús’ de Villahermosa; junto con el apoyo de los médicos y, principalmente, por su fe a Dios, logró vencerlo.

Su contagio fue distinto a las his­torias que se han publicado, pues afirma que adquirió la enfermedad por haber prestado su vehículo para ayudar a sus familiares cercanos que estaban enfermos de Covid, pues siempre permanecía en cuarentena.

Un día sintió dolor de cabeza, tuvo tos, se checó y supo que tenía Coronavirus.

 

—¿Qué se siente ser un paciente Covid?

Hubo noches que pensé que ya no despertaría y le decía a Dios que si era mi última noche yo no dejaría de adorarlo y que nada me robaría el gozo; si moría, moriría adorándolo.

Uno de esos días mi situación se agravó y necesitaban intubarme porque ya mis pulmones estaban muy débiles, pero no acepté.

Muchos creen que te conectan a los ventiladores sin autoriza­ción, pero no es así, tiene que ha­ber consentimiento del paciente o de algún familiar.

Y en medio de mi agonía, Dios puso en mi corazón la convicción de que Él me está rodeando y que sus planes para mí no terminaban aún.

 

—¿Cómo te contagiaste?

Me contagié porque la suegra de mi hermano se enfermó y no tenían cómo llevarla al hospital y no había ambulancias disponibles.

Les dejé mi coche para que pu­dieran llevarla de inmediato. Me lo regresaron y vi a la señora que iba tosiendo y en muy mal estado, pero no sabían ni ellos ni yo que tenía Covid.

Días después se enteraron y de- safortunadamente la suegra falleció a los nueve días.

Dos días después de que ella fa­llece yo comencé con los síntomas. Dí positivo y me aislé para no conta­giar a mi familia. Quiero decir que no habíamos salido, habíamos tomado todas las medidas.

 

—¿Te hospitalizaron?

La primera semana fui atendida por un médico particular y todo parecía mejorar, pero el 24 de mayo comencé a tener dificul­tad para respirar y fiebre de 40 grados. Fui nuevamente con mi médico, pero me dijo que necesi­taba ser hospitalizada.

Mi hermano me llevó in­mediatamente al hospital ‘Juan Graham’, y apenas pude llegar viva.

Llegué con una oxigenación de 55 por ciento en mis pulmo­nes; tuvieron que ayudarme a bajar del coche para ser ingre­sada al hospital, en donde in­mediatamente me atendieron y me colocaron una máscara para recibir oxígeno.

A los 15 minutos ya estaban realizándome una tomografía para ver la situación de mis pul­mones. Encontraron una cama disponible para mí en el módulo 7, mi cama era la 166.

Aún con oxígeno, la satura­ción de mis pulmones era del 70 por ciento, y aparte tenía mucha tos. Era horrible no poder respi­rar, además de toser y sentir que me asfixiaba. Los doctores pen­saron que no pasaría la noche, pero Dios tenía otros planes.

 

—¿Cómo fue la atención?

Hay muchos que piensan que el personal de Salud mata a la gen­te, pero no, ellos se exponen para cuidarnos y ayudarnos. El perso­nal de Salud llega todos los días a cuidarnos y están expuestos a con­tagios y tienen que estar aislados de su familia.

Los días que estuve en el hos­pital fue una batalla donde mi oxi­genación subía y bajaba. En todo momento fui tratada bien por el personal médico, recibí mucho amor y mucha atención por parte de cada uno de ellos.

 

—¿Cómo lograste vencer o cómo vences el coronavirus?

Al séptimo día mi respiración co­menzó a estabilizarse, pude decir frases más largas y otra de mis en­fermeras llamada Janet llegaba a animarme y decirme que siguiera sonriendo porque en ningún mo­mento perdí el gozo.

Los médicos estaban sorpren­didos porque mi pulmón comenzó a recibir el 90% del oxígeno, y ese día por fin pude hablar por teléfo­no con mi familia.

Sólo podía decir sí y no, porque me cansaba, pero escuchar a mis papás decirme que ellos le creían a Dios y que estaban pintando mi cuarto para cuando regresara, por­que sabían que “Dios no falla”, mis mentores estuvieron orando por mí, en la iglesia, mis amigos, mi familia, y aún personas que no co­nozco en otras ciudades y países, se unieron para orar por mí.

Y no hay mejor forma de agra­decer que compartir lo que Dios hizo en mi vida.

Cuando toqué la campana que tocan los sobrevivientes, no pude evitar llorar y darle gracias a todos por cuidar de mí. Y vi a mi papá esperándome para llevarme de vuelta a casa, tal como Dios se lo había prometido. No fue un proceso fácil, pero es imposible después de todo lo que viví no amar más a Dios.

 

—¿Qué mensaje le das a las per­sonas que no se cuidan?

Aprovecho para desmentir lo que muchos dicen, que en el hos­pital te maltratan, la realidad es que los pacientes son groseros con quienes cuidan de nosotros. Me tocó ver gente que era muy grosera con los doctores y enfermeras.