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julio 23, 2021

Columnistas

Palabras de bendición

Las palabras tienen mucho sentido y significado.

Cuántas veces hemos herido a otros con nues­tras palabras para rápidamente retractarnos? “¡No quise decir eso!”.

Pero nadie nos está obligando. Aunque no nos gusta admitirlo, decimos lo que queremos decir; co­mo lo expresó Jesús: “de la abundancia del corazón habla la boca” Mt. 12:34.

Aunque es posible que otros nos estén provo­cando, la respuesta ante esa provocación siempre revela lo que hay dentro de nosotros. Después de todo, Cristo fue profundamente “afligido, pero no abrió su boca” Is. 53:7.

Nosotros hablamos porque Dios habla. Nos co­municamos porque Él se comunicó primero. Abrió su boca y el universo existió. En su misericor­dia, el Señor nos hizo a Su imagen, con la capa­cidad de utilizar las palabras para expresar y edificar. Pero esa habilidad de comunicarnos no nos fue dada para hacer con ella lo que que­ramos. El Creador dispuso que las palabras se utilizaran con un objetivo especial.

Primero, todas nuestras palabras deben darle a Dios la gloria que Él merece. Y segundo, nuestras palabras deben ser usadas para el bien de aquellos a quienes Dios ha puesto a nuestro alrededor.

Cuando todo está bien es fácil repetir las res­puestas correctas. Es fácil seguir la letra de la canción favorita y responder con amabilidad a las palabras amables. Pero ¿qué sale de nuestra boca cuando nuestra vida se derrumba? ¿Cuan­do nuestros planes son frustrados? ¿Cuando al­guien nos insulta?

Es ahí, en el fuego de la prueba, donde se reve­la de qué estamos hechos. Donde se revela el más grande deseo de nuestro corazón. Así que fijemos nuestra mirada en Jesús, pues Jesús es la Palabra y la única esperanza para nuestras palabras. Solo en Él tendremos victoria en nuestra propia guerra de palabras.

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