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Director Miguel Cantón Zetina
(Foto: Agencia)

Paga niño CON SU VIDA a sicarios en Q. ROO

Hallan en menos de 24 horas cuatro cuerpos ejecutados; entre ellos el de un menor de 13 años de edad.

CANCÚN, QUINTANA ROO.- La última vez que al joven Luis Án­gel se le vio fue el domingo. Aun­que el reloj marcaba las nueve de la noche, todavía era temprano para que en la casa donde vivía fueran a acostarse.

El muchacho aún traía pues­ta la ropa con la que todo el día anduvo trajinando: una playera azul marina, con un shorcito rojo de rallas en los extremos.

Como acostumbran en casi todas las zonas costeras del país, ya sea por comodidad o porque las vacas gordas nunca llegan, Luis Ángel traía puestas sus clásicas chanclas, que de­jaban al descubierto sus pies pelones.

Su aspecto enclenque contribuía a que siem­pre cayeran sobre él las bromas algo pesadas de los mayores, a los que siem­pre seguía en fila india para acompañarlos, como si fue­ra un guardaespalda juvenil o una mascota fiel.

Era raro que aquellas chanzas familiares lo molestaran. Resultaba más común que su carita morena resplandeciera por la sonrisa que le bro­taba a cada rato de los labios, como si con eso com­pensara todas las carencias de su pequeño mundo, que no iba más allá de la super­manzana 247.

Pero el domingo cuan­do desapareció de la vista de sus seres queridos, la zona de sus límites se expandió. No se esfumó solo. Lo levantaron con su pariente, a quien él siempre tenía la costumbre de seguir.

 

CAMINO A LA MUERTE

En el vehículo al que subieron, iban otras dos personas más que –seguramente como ellos– habían sido levantadas de sus casas, sin aviso previo. Y con la ropa que vestían al momento, como ellos. Uno andaba como él en un short verde y con una ca­miseta blanca.

Luis Ángel supo que las co­sas no iban bien después que vio la cara de su pariente y la de sus forzados compañeros. Si hubiera sido otra la situación, el muchacho habría disfrutado del viaje, aunque afuera no se pudiera ver nada por los vidrios polarizados más que el recorte de sombras sobre el horizonte.

Todos iban callados, cabizba­jos. ¿Qué tenían en común estos pasajeros silenciosos, además de las ropas humildes, la tez morena como terrón de azúcar y sus ojos negros, acuosos y resignados?

De estas deducciones, nada sacaba en claro la cabeza el mu­chacho. En vez de preguntar a su pariente a dónde iban, se quedó como ellos, con la cabeza gacha.

El convoy donde llevan a Luis Ángel y los demás mayores se aleja de la avenida López Porti­llo. Las lámparas de la vía públi­ca van semejando cada vez más luciérnagas a la distancia.

La unidad disminuye la ve­locidad para entrar a un camino de terracería, conocido como las Torres. No hay alma humana que se pare por estos lares.

Los hombres que los levan­taron ordenan que se cubran la cabeza con sus propias camisas. A Luis Ángel le ponen un trapo naranja hasta debajo de los ojos. Lo último que alcanza a mirar Luis Ángel son los cascajos de una construcción que a futuro será un fraccionamiento: otras familias, otros adolescentes. Un disparo en su humanidad oscu­rece su breve mundo. Su cuerpe­cito quedó tendido de cucharita en el piedrerío y la maleza.

Un albañil que labora en las obras cercanas encontró el cuerpo de Luis Ángel rodeado de moscas el miércoles 26 de agos­to, muy temprano, y dio aviso a la policía. Su pequeño cadáver fue trasladado al Semefo.