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Nuestra identidad II

Algo o mucho llevamos de cada paso, aunque poco a poco se alargue la distancia hogareña. La cruz de la parroquia fue una metáfora muy socorrida, bien entrada la mitad del siglo pasado.

-No puedes negarla –nos decían-. Para bien o para mal.

-Si te hiciste al amparo del apaste al mediodía y el pozol, no perderás el meneíto – iba la gracejada al sorbo-.

-Tierra de mis vivos y de mis muertos –dijo hace poco, enfático, un joven emprendedor de Cunduacán, reconocido a nivel nacional.

-Qué hicieron de mi parque –no pudo aguatarse el joven, cuando, al volver hace algunos trienios, vio sus finas lozas tapadas con cemento roñoso.

Y, en los años, sesenta, cuántos expresarían:

-Qué fue de mi Placita –lugar donde los señores Arquímedes Oramas Inurreta, Jesús Gómez Cuevas o Nato Ruiz, sacrificaban una “res” dos veces por semana, según su turno, para empezar la despachada a las cuatro de la madrugada.

-Qué de Glorieta a la Bandera –derribada con un pico los primeros años de esos mismos sesenta.

-Por aquí vivía la familia…

Y así por el estilo.

Personas y cosas conforman nuestra identidad, no para quedarse en ésta, contemplarla, sino a fin de entender en qué consiste su valor y conservación.

Bien por las personas y pueblos que piensan el presente valorando su pasado: mostrando a visitantes el parque, el monumento, la calle por cómo han recibido mantenimiento a través de los años.

Tener identidad va mas allá de portar la credencial de elector u otro documento.

Cómo has sido. Cómo eres. Ahí el quid: la esencia hacia uno mismo y ante los demás.

Cambiar es tan natural como otras funciones de todo ser animado o inanimado: la piedra es perforada por la gota, decían los latinos.

Y de ahí que, derrumbar la identidad, es cosa tan delicada y agraviante, que no olvidará la memoria colectiva.

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