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octubre 16, 2021

Columnistas

Noticias del futuro

Por Héctor Tapia

 

Treinta años después vuelvo a Gabriel García Márquez, a quien pocas veces regresé des­pués de haberlo leído a fondo en la universidad, y lo hago con un libro que en el pasado jamás llamó mi atención, pero que hoy me tiene gratamente confortado: «Doce cuentos peregrinos».

Mi atracción vino del hecho de que cinco de los cuentos del libro fueron antes notas periodísticas y García Márquez, con esa destreza para entre­cruzar realidad e imaginación, usando como in­grediente aquellas historias de las que nos habla­ron nuestros abuelos y que solo quienes vivimos en húmedas selvas tropicales reconocemos, supo convertir noticias en relatos dignos de contar.

En un ejercicio literario, el autor construye la siguiente narrativa imaginaria y relata lo ocu­rrido un día después de una elección guberna­mental futura. Como verá el lector, ciertas son las palabras del joven Tancredi a su tío, el prín­cipe Fabrizio Corbera, en El Gatopardo: «todo será igual pese a que todo habrá cambiado».

Fue así que una mañana de la agonizante prima­vera desperté por el ruido que hacía el voceador de periódicos. Era el lunes posterior a las elecciones y él se empeñaba en entregarme un ejemplar. ¿Quién, en estas fechas —mediados del 2036— querrá comprar el diario, cuando ya nadie lee y las rotativas también fueron tragadas por el móvil?

—Esta edición es especial —me convencía el vocea­dor— porque vienen todos los resultados de esta elección que ha sido una verdadera locura, y usted lo sabe.

Conocía de antemano los resultados, haber dejado la dirección de un diario no me separaba de las noti­cias como yo habría querido, pues el periodismo es una ocupación de la que uno no se jubila nunca, a no ser que te jubile el periódico o los lectores. Tabasco había amanecido con pocos ganadores confirmados y resultados de infarto en varios municipios.

Al PRI se lo había engullido Morena en la elección del 2024, cuando finalmente perdió el registro, y los pocos que se quedaron intentaron refundarlo usando como nuevo nombre el histórico PNR (Partido Na­cional Revolucionario), pero de nuevo ahora habían fracasado, pues a la esencia de aquel partido —sus cuadros políticos— los había asimilado el movimiento fundado por López Obrador.

Dieciocho años habían pasado de aquella crucial victoria en la que ganó Andrés Manuel la Presi­dencia de la República y nuestro viejo pueblo sureño decidió celebrarlo por todo lo alto, con la ilusión de que el tiempo de Tabasco había llegado.

Desde aquella época —recordada con gloria por quienes la vivieron— habían pasado seis elecciones, incluidas tres de gobernador, en la mitad de ellas Mo­rena había logrado arrasar en el estado con solo men­cionar su nombre. Y sin importar el pasado priista de muchos de sus candidatos, los electores tabasqueños le entregaron sus votos. Para cuando lo advirtieron y entraron en razón, el viejo partidazo ya había reencar­nado con aquel ropaje de renovación nacional.

Compré el ejemplar del diario y despedí a don Pedro, el voceador. Busqué noticias que no hablaran de eleccio­nes y lo primero que encontré fue un informe de la feria de este año. El gobierno reportaba que el evento no había dejado ganancias debido a la remodelación que le habían hecho por quinta vez al viejo centro de convenciones de Tabasco 2000 donde se había celebrado la elección de la flor 2036.

También había llamado mi atención una protesta de habitan­tes de Puerto Ceiba. Exigían que la refinería de Dos Bocas dejara de contaminar y que que se le prohibiera el paso a los camiones pesados y grúas que iban y venían con materia prima para la planta, pues mantenían destrozada la carretera.

En vilo estaba quién sería el nuevo gobernador de Tabasco, los dos candi­datos punteros habían realizado campa­ñas firmes y con gran penetración, ambos eran jóvenes y sus apellidos pesaban por la historia de sus padres.

El primer triunfo de Morena en 2018 había llegado a Tabasco como aquellas ventiscas de primavera, que después de un furioso aguacero lleno de relámpa­gos, dejaba un agradable olor a tierra recién mojada. Su impredecible e intempestiva presencia, luego se había transformado en calurosa y húmeda, aunque apacible tran­quilidad política y social.

Al móvil llega un mensaje: «no olvide nuestro compro­miso, lo espero en el lugar de siempre. Hay mucho de qué hablar. Saludos». Era el director editorial del diario, nos habíamos hecho amigos y me buscaba con regularidad para escuchar mis puntos de vista. La primera gran hegemonía partidista duró 80 años y hoy Morena sufría para retener el control del país 18 años después de su primer triunfo. La revolución de la movilidad había cambiado la mentalidad de los seres humanos. Rete­ner el poder se había vuelto cada vez más complicado.

Apuro el desayuno y conduzco al lugar de siempre: El pródigo hotel Quinta Real. Llevo conmigo el diario y obser­vo el titular de portada. Nadie esperaba un resultado así de incierto, me viene a la mente una frase: «el poder es más fácil de adquirir, más difícil de utilizar y más fácil de perder». Muy cierto. ¿Alguien la habrá dicho ya? Seguramente sí.

El «valet» me saluda y recibe mi auto, camino des­pacio observando el edificio, sus pisos afrancesados de un estilo neoclásico y las obras de arte monumentales colgando de las paredes. Los ocho arcángeles de Ponzane­lli aún gobiernan y protegen el lugar.

En el restaurante ya me espera el director. Hago una pau­sa para saludar a los meseros y al pianista. Nada ha cambiado aquí. A lo lejos observo al joven periodista: se seca el sudor de la frente, con prisa, siempre ha sido nervioso y de hablar rápido, pero acompasado a la hora de pensar. Sentí de golpe la impresión de haber vivido ya aquel momento.

Eso hizo que yo pensara en el tiempo y vinieron a mi memoria aquellos versos de Borges: «Somos el tiempo. Somos la famosa parábola de Heráclito El Oscuro. Somos el agua, no el diamante duro, la que se pierde, no la que reposa».

—Siéntese don Héctor, no perdamos tiempo, dígame ¿qué le ha parecido lo que ha ocurrido? ¿A dónde irá a parar todo con este desastre?

—Y Andrés Manuel, ¿qué ha dicho de todo esto? —le respondo con otra pregunta—. No vi nada en el diario de él.

—Usted sabe que el viejo no es nada accesible. Ni una palabra se ha conseguido.

Ciertamente, poco se sabía del viejo López Obrador, que a sus 82 años se había convertido en un ermitaño refugiado en su rancho de Palenque, dedicado al místico oficio de cuidador de ceibas y criador de guacamayas. Para su fortuna, don Andrés había logrado alcanzar la perennidad de los sabios y no la oscura y trágica suerte que envuelve a los héroes. Pero aún en la lejanía ejercía el poder ausente del caudillo que se había negado ser, ya que sólo él podría desenredar una trama así, pues ambos candidatos le obedecerían sin objetar.

Una de las candidatas de apellido López estaba en competencia con otro de apellido Oropesa, ambas familias con vieja militancia en la antigua Morena, pero hoy divididos por la malsana ambición del poder de la gubernatura.

Sugerí irlo a ver, investigar por todos los canales posibles si el viejo chamán político había entrado en contacto con estos muchachos, pues solo sus sabias palabras disciplinarían esta situación y apagarían lo que parecía ir camino a una violenta reyerta.

Un nuevo mensaje me distrajo. Era el gober­nador, me confirmaba en pocas líneas que los candidatos habían sido recibido por separado por el líder. Respiré con tranquilidad y se lo comuniqué al joven periodista.

La tormenta electoral fue pasajera, duró solo un par de días. De la montaña, sólo una había regresado como ganadora, el otro había aceptado los designios del oráculo que en un acto de magia había consultado a la madre ceiba sobre el futuro que le correspondía a Tabasco.

Me levanté de la mesa y exhalé fuer­te. ¿Qué pasará cuando no tengamos a Andrés Manuel?

 

 

«La descomposición de todo gobierno comienza por la decadencia de los principios sobre los cuales fue fundado»

MONTESQUIE

 

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