VIVIR BIEN

Ayúdalos a encontrar su luz

“En la ley de Dios no cabe el egoísmo, no cabe el que todo lo guarda para sí. Debemos ser buenos”.



Ayúdalos a encontrar su luz

(Foto: Especial)

09/02/2020 05:05 / Centro, Tabasco

LECTURA DEL SANTO EVANGELIO SEGÚN SAN MATEO (5,13-16)
 
EN AQUEL TIEMPO, DIJO JESÚS A SUS DISCÍPULOS: «VOSOTROS SOIS LA SAL DE LA TIERRA. PERO SI LA SAL SE VUELVE SOSA, ¿CON QUÉ LA SALARÁN?. NO SIRVE MÁS QUE PARA TIRARLA FUERA Y QUE LA PISE LA GENTE. VOSOTROS SOIS LA LUZ DEL MUNDO. NO SE PUEDE OCULTAR UNA CIUDAD PUESTA EN LO ALTO DE UN MONTE.

TAMPOCO SE ENCIENDE UNA LÁMPARA PARA METERLA DEBAJO DEL CELEMÍN, SINO PARA PONERLA EN EL CANDELERO Y QUE ALUMBRE A TODOS LOS DE CASA. BRILLE ASÍ VUESTRA LUZ ANTE LOS HOMBRES, PARA QUE VEAN VUESTRAS BUENAS OBRAS Y DEN GLORIA A VUESTRO PADRE QUE ESTÁ EN LOS CIELOS».

PALABRA DE DIOS. TE ALABAMOS, SEÑOR.


 
MONSEÑOR GERARDO DE JESÚS ROJAS LÓPEZ
OBISPO DE TABASCO
cancilleria@ diocesista­basco.org.mx


Este domingo Cristo Jesús nos dice: “Ustedes son la sal de la tierra… Ustedes son la luz del mundo. El valor de la sal y de la luz lo medimos siempre por el valor que tienen cuando lo relacionamos con otras cosas.

La sal es buena o mala según el bien o el mal que hace a los alimentos; la luz es buena o mala según el bien o el mal que nos proporciona. Sin sal, el alimento está soso, sin sabor; sin luz, la oscuridad nos impide hacer muchas cosas.
Si Cristo nos dice que somos sal de la tierra y luz del mundo es porque sabe que, si lo seguimos a él, ayudaremos a las personas a ser más valiosas para ellas mismas y para los demás.

Vivir para los demás es ayudar a los demás a pensar mejor, a hablar mejor, a actuar más de acuerdo con la vida de Jesús.

No podemos entender nuestra vocación cristiana sólo pensando en nosotros mismos, sin salir de nosotros mismos.
El cristiano tiene vocación de comunidad, vocación de fraternidad, vocación de comunión con todas las personas del mundo. Así lo hizo, así vivió Cristo, por los demás y para los demás. Por los demás, por nosotros, dijo lo que dijo e hizo lo que hizo. Fijándose siempre en los miembros más débiles de la comunidad, porque estos son los que más protección y ayuda necesitan.

Por defender a los débiles, le criticaron y le hicieron la vida imposible los más fuertes, por defender a los pecadores le criticaron y persiguieron los que se consideraban santos, por defender a los más pobres e impotentes le persiguieron los más ricos y poderosos.

También nosotros debemos saber que tendremos que sufrir en este mundo si, imitando a Jesús, defendemos y protegemos a los más débiles y menos poderosos de la sociedad en la que vivimos.

Por otra parte, vivir para los demás no es olvidarse de uno mismo, sino todo lo contrario, enriquecer nuestro yo personal.

Tanto más somos, cuanto más nos damos a los demás. Al final de nuestra vida nos juzgarán en el amor. Hoy el profeta en la primera lectura nos dice claramente: Parte tu pan con el hambriento, hospeda a los pobres sin techo, viste al desnudo, no te cierres a tu propia carne.

Isaías, se dirige a un pueblo que acaba de volver del exilio de Babilonia. Había vuelto con muchas heridas psicológicas y sociales y se preguntaba por qué Dios les había tenido tan abandonados. El Señor les responde por boca del profeta: cuando vosotros atendáis a los más pobres y débiles yo estaré en medio de vosotros y seré para ustedes como una luz que los guíe en medio de las tinieblas y la oscuridad. El Señor, nuestro Dios, es un Dios compasivo y misericordioso, y quiere que también nosotros, sus hijos, seamos compasivos y misericordiosos. Tenemos que querer salvarnos como comunidad, no pensando únicamente en nosotros mismos. Nuestra Iglesia es una Iglesia misionera, que debe tener siempre las puertas y los brazos abiertos para acoger a los que no pueden defenderse por sí mismos.

Cristo, como hemos dicho, no vivió para sí, sino que pensó, actuó y vivió siempre pensando en acoger y salvar a los más débiles, pecadores y empobrecidos. Uno que se llama cristiano y vive sólo para sí, sin pensar en los demás, no es discípulo de Cristo, no es cristiano. En este bello texto del profeta Isaías esta idea está muy clara. Voces del Antiguo Testamento, voces que sonaron hace más de dos mil años, voces que vienen de Dios aunque salgan por boca de hombres, voces que repiten con insistencia y sin cansancio, aunque sea siempre lo mismo: hay que partir el pan con el que tiene hambre, hay que pensar en los que no tienen lo que nosotros tenemos, hay que vestir al desnudo, hay que dar y darse uno mismo. Dar y darse. Para eso tenemos todo cuanto proviene de Dios, de una manera o de otra, lo hemos recibido a lo largo de nuestra vida.

Es cierto que la Ley divina no va contra el derecho de propiedad, pero también es cierto que toda riqueza que se cierra en sí misma no es cristiana. En la ley de Dios no cabe el egoísmo, no cabe el que todo lo guarda para sí, el que no abre su corazón y su cartera a las necesidades de los demás hombres. Si actuamos así no somos cristianos, si no miramos hacia los demás, tampoco Dios nos mirará a nosotros. No nos engañemos. Es imposible ser hijo de Dios y no querer como hermanos a todos los hombres. Ni el Bautismo, ni la Penitencia, ni la misma Eucaristía nos servirán para algo, mientras que no abramos de par en par el corazón a nuestro prójimo. No sólo no nos sirve para nuestro bien, sino que al recibir con malas disposiciones esos sacramentos, nos sirven para nuestro mal. Porque el que come el Cuerpo de Cristo indignamente, se traga su propia condenación. Y no debemos olvidar que el amar está sobre todo en el dar. Y dar no sólo pan. Porque no sólo de pan vive el hombre.

Hay que dar también otras cosas. Hay que dar nuestro tiempo, hay que dar nuestras buenas palabras, hay que dar nuestra sonrisa. Y sobre todo hay que dar nuestra comprensión. Colocarse en la posición del otro, sentir como él siente, ver las cosas como él las ve. Juzgar como se juzga a un ser querido, con benevolencia, saber disculpar, disimular, callar. Desterrar la maledicencia, la lengua desatada que corre a su capricho, sin respetar la buena fama del prójimo. No nos engañemos. O queremos de verdad a todos, o Dios nos despreciará por hipócritas y fariseos. La palabra de Jesús es sencilla. Sus comparaciones brotan de la vida ordinaria, de la vida doméstica podríamos decir. Por otra parte, sus metáforas tienen muchas veces sus raíces en el Antiguo Testamento.

Cristo toma en sus manos la antorcha de los viejos profetas y la levanta hasta iluminar a todos los hombres, usa sus palabras recias y vibrantes para renovar e incendiar a la tierra entera. El fuego y la luz constituyen, precisamente, la imagen principal del pasaje evangélico que contemplamos. Ustedes son la luz del mundo, dice el Maestro a sus discípulos y a la muchedumbre que le rodea, también a nosotros. Una luz encendida que se pone sobre el candelero, una vida llena de buenas obras que sea un ejemplo que arrastre y empuje a los hombres hacia el bien, hacia Dios. Luz de luz, dice san Juan en el prólogo de su evangelio, refiriéndose al Verbo, a la Palabra, al Hijo de Dios. Luz verdadera que ilumina a todo hombre.
El mismo Jesús proclamará ante todos los judíos: Yo soy la luz del mundo. El que me sigue, añade, no andará en tinieblas, sino que habrá pasado de la muerte a la vida. Las tinieblas como símbolo de la muerte, la luz como expresión gozosa de la vida. Por eso al Infierno se le llama el abismo de las tinieblas, mientras que el Cielo es la mansión de la luz, la región iluminada no por el sol sino por el mismo Dios, luz esplendente que sólo los bienaventurados pueden llegar a contemplar, extasiados y felices para siempre. Es una luz que se transmite a cuantos han llegado a la vida eterna y de la que también participan los justos en la tierra, aunque de forma diversa. Así Santa María, la criatura más perfecta que salió de las manos de Dios, es contemplada por el vidente de Patmos, como la mujer revestida con el sol, coronada de estrellas, emergiendo fulgurante en el azul profundo del ancho cielo, con la luna bajo sus pies. Los demás bienaventurados lucirán, dice la Escritura, como antorchas en el cielo.

Aquí, en la tierra, esa luz divina irradia también en quienes creen y aman a Cristo. Por eso san Pablo recuerda a los cristianos que son luminarias que lucen en medio de esta oscura tierra. Focos luminosos que iluminan lo bueno de este mundo malo. Desde el Bautismo, cuando se nos entregó un cirio encendido, el cristiano es un hijo de la luz, un hombre iluminado que ha de encender y caldear cuanto le rodea, perpetuando así la presencia del que es Luz de todas las gentes, Jesucristo nuestro Señor.

Termino con una anécdota: Dos Hermanas de la Madre Teresa de Calcuta entraron en la choza de un anciano que vivía solo. Al limpiar la casita encontraron una lámpara de cobre muy bonita, pero llena de polvo. Cuando la limpiaron pudieron comprobar que era preciosa. Una de las Hermanas preguntó al anciano: "¿Por qué no enciende la lámpara?". "¿Para qué, respondió, si nadie viene a verme?". Las Hermanas se comprometieron a visitarle todas las semanas y siempre se encontraban la lámpara encendida. Un buen día vieron a su llegada que la lámpara estaba apagada. Se lo dijeron y el anciano, feliz y lleno de paz, contestó: "Hermanas, ya no necesito encender más lámparas, porque en mi corazón ustedes han encendido una llama más viva".
 

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