VIVIR BIEN

¡Oh, señor! invítame a nacer definitivamente

Cada día Dios está viniendo a nuestro encuentro y no po­demos dejarlo pasar de largo.



¡Oh, señor! invítame a nacer definitivamente

(Foto: Agencia)

01/12/2019 05:05 / Centro, Tabasco

DEL LIBRO DEL PROFETA ISAÍAS: 2,1-5
 
ACUDIRÁN PUEBLOS NUMEROSOS, QUE DIRÁN: "VENGAN, SUBAMOS AL MONTE DEL SEÑOR, A LA CASA DEL DIOS DE JACOB, PARA QUE ÉL NOS INSTRUYA EN SUS CAMINOS Y PODAMOS MARCHAR POR SUS SENDAS. PORQUE DE SIÓN SALDRÁ LA LEY, DE JERUSALÉN, LA PALABRA DEL SEÑOR". ÉL SERÁ EL ÁRBITRO DE LAS NACIONES Y EL JUEZ DE PUEBLOS NUMEROSOS. DE LAS ESPADAS FORJARÁN ARADOS Y DE LAS LANZAS, PODADERAS; YA NO ALZARÁ LA ESPADA PUEBLO CONTRA PUEBLO, YA NO SE ADIESTRARÁN PARA LA GUERRA. ¡CASA DE JACOB, EN MARCHA! CAMINEMOS A LA LUZ DEL SEÑOR.

PALABRA DE DIOS. TE ALABAMOS, SEÑOR.
 

 
MONSEÑOR GERARDO DE JESÚS ROJAS LÓPEZ
OBISPO DE TABASCO
cancilleria@diocesistabas­co.org.mx

 
Comenzamos una nueva etapa en nuestro caminar: el Tiempo del ADVIENTO (o de la “venida” del Señor). Nuestra mirada se hun­de en el futuro, explorando como centinelas la venida del amoro­so Señor que viene a nuestro en­cuentro. ¡Este es el tiempo de la esperanza! Nos dice nuestro Sal­vador: “¡Velen!”, “¡Estén despier­tos!”, es la nota aguda del anuncio de Jesús en el evangelio de hoy
 
En nuestro mundo de hoy la pala­bra “vigilar”, “estar muy atentos”, es la palabra de orden.
Pero hay otra “vigilancia” que es sustancialmente diferente, que no es a la defensiva porque no parte del “terror”, del “miedo” o de la “amenaza”, sino de la dul­ce expectativa de quien espera la llegada imprevista del ser amado, aquél que llega para colmar nues­tros deseos más profundos, aquél de quien nuestra vida necesita. Esta es la “vigilancia” que nos en­seña el evangelio y que durante este tiempo del ADVIENTO que hoy comenzamos vamos a ejerci­tar continuamente guiados por la santa Palabra.

Pero la “vigilancia” cristiana, que en principio significa “no dor­mir”, va paradójicamente en la di­rección del verdadero reposo del corazón. Por eso la insistencia de la Palabra de Dios, en diversos textos del Nuevo Testamen­to, en acentuar los términos que acompañan el imperativo: “Velen, estén atentos”, “Velen, estén preparados”, “Velen y oren”, “Velen y sean sobrios”. Vayamos entonces más a fon­do. La “vigilancia” es una ma­nera diferente de posicionarse frente a la vida.

Implica discernir lo que es­tamos viviendo, entrar en ese estado de reflexión lúcida pro­curando detectar aquello que nos quita la paz; es un retomar sobriamente los sueños dora­dos que nos hacen felices por poco tiempo pero que al final no descansan el corazón. Se lo­gra entrando en diálogo limpio y honesto consigo mismo y con Dios. Sólo así no nos cogerán de sorpresa los acontecimien­tos fundamentales en los que se juega el rumbo de nuestra historia personal, tendremos prontitud espiritual para reac­cionar y decidir correctamente un proyecto de vida que sí da crecimiento pleno.
Para hacernos entender es­to, Jesús pasa al mundo de las comparaciones. Primero Jesús nos pone el ejemplo de los días de Noé: “Como en los días que precedieron al diluvio, comían, bebían, tomaban mujer o ma­rido, hasta el día en que entró Noé en el arca, y no se dieron cuenta hasta que vino el diluvio y los arrastró a todos”.

La moraleja salta a la vista: no es razonable vivir de mane­ra distraída, despreocupada. La escena descrita en tiempos de Noé nos presenta gente absor­bida por la vida terrena: comer, beber, casarse.

Eran personas que se deja­ban llevar tranquilamente por el ciclo biológico de la vida, atentos a lo presente, sin pen­sar en nada más allá; el asun­to era gozar la vida. En aquel entonces el diluvio había sido anunciado, pero aún no pasa­ba nada. A ellos les parecía leja­no y casi irreal, por eso prefirie­ron concentrar sus energías en aquello que consideraban más concreto y práctico.

De la misma manera, ahora la venida del Señor solamente ha sido anunciada.

El hecho de que no suceda nada aún puede llevar a pen­sar que hay mucho tiempo en la vida y descuidarse en la aten­ción a su venida, concentrán­dose más bien en otros asun­tos. Pero, como insiste Jesús, imprevista y sorprendente se­rá su venida: “Así será también la venida del Hijo del hombre”. Dando un paso adelante, ahora Jesús enseña que no hay que quedarse con la apariencia ex­terna de las situaciones terre­nas: “Entonces, estarán dos en el campo: uno es tomado, el otro dejado; dos mujeres mo­liendo en el molino: una es to­mada, la otra dejada”.

Jesús parte de escenas de la vida cotidiana: la vida labo­ral en una sociedad agrícola. Describe las ocupaciones más importantes del hombre y de la mujer: los varones siembran y cosechan el trigo en el cam­po, luego las mujeres mueven la rueda de molino para obtener la harina y el pan de cada día. Todos trabajan, todos se mue­ven por igual en las rutinas de la vida. Esto puede llevar a una falsa deducción.

Del hecho de que todos pa­semos por situaciones seme­jantes trabajo y fatiga, felici­dad e infelicidad, sufrimientos y alegrías, vida y muerte puede nacer la ilusión de que la obe­diencia o la desobediencia, la rectitud o la injusticia no ten­gan importancia alguna; que sea indiferente la forma en que se viva, porque al fin y al cabo todos terminaremos igual. Pues aquí está el punto: no termina­remos igual.

Un día el Señor nos invita­rá a quedarnos definitivamen­te con él. Ese día el fin marcado por la muerte será en realidad el comienzo: naceremos defini­tivamente para la vida después de este lento proceso de ges­tación terrenal formando a Je­sús en nosotros. Mientras tanto aguardamos vigilantes el mo­mento del encuentro.

Tengamos presente que la “vigilancia” que nos pide el evangelio no sólo se refiere al encuentro final con Dios (al fi­nal de mi mundo, de mi vida).

Cada día Dios está viniendo a nuestro encuentro y no po­demos dejarlo pasar de largo. Viene en la Palabra, en la Eu­caristía, en la comunidad, en la presencia escondida en las personas más necesitadas, en las diversas formas en que nos regala su gracia. La “vigilancia” entonces es ese saber tener la casa pronta y a punto para re­cibir la visita, para abrir los bra­zos de par en par al Dios que es por definición: “El que viene” (Apocalipsis 1,8).

San Bernardo hablaba de las tres venidas de Cristo: Su veni­da en la carne. La cual celebra­remos en la próxima navidad. Su venida futura en la parusía (su segunda venida), en la cual hemos reflexionado hoy. Su ve­nida en el presente. ¿No es ver­dad, por ejemplo, que cada vez que celebramos la Eucaristía Jesús está viniendo a nuestro encuentro?
 

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