VIVIR BIEN

Acuérdate de mí en tu reino

Demos gracias a Dios Padre que nos ha hecho partícipes del Reino predicado por su hijo Jesús.



Acuérdate de mí en tu reino

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24/11/2019 05:05 / Centro, Tabasco

DEL SEGUNDO LIBRO DE SAMUEL: 5,1-3
 
EN AQUELLOS DÍAS, TODAS LAS TRIBUS DE ISRAEL FUERON A HEBRÓN A VER A DAVID, DE LA TRIBU DE JUD, Y LE DIJERON: "SOMOS DE TU MISMA SANGRE. YA DESDE ANTES, AUNQUE SAÚL REINABA SOBRE NOSOTROS, TÚ ERAS EL QUE CONDUCÍA A ISRAEL, PUES YA EL SEÑOR TE HABÍA DICHO: 'TÚ SERÁS EL PASTOR DE ISRAEL, MI PUEBLO; TÚ SERÁS SU GUÍA' ". ASÍ PUES, LOS ANCIANOS DE ISRAEL FUERON A HEBRÓN A VER A DAVID, REY DE JUDÁ. DAVID HIZO CON ELLOS UN PACTO EN PRESENCIA DEL SEÑOR Y ELLOS LO UNGIERON COMO REY DE TODAS LAS TRIBUS DE ISRAEL. PALABRA DE DIOS.

PALABRA DE DIOS TE ALABAMOS SEÑOR
 
 

MONSEÑOR GERARDO DE JESÚS ROJAS LÓPEZ
OBISPO DE TABASCO
cancilleria@ diocesistabas­co.org.mx
 

La fiesta fue instituida por Pio XI en 1925 para animar a los católicos a ma­nifestar públicamente su fe y así ex­presar que en la Iglesia quien manda verdaderamente es Cristo. Lo había fijado para el domingo anterior a la solemnidad de todos los santos. Pe­ro fue san Pablo VI que en 1970 lo trasladó al último domingo del tiem­po ordinario para darle el sentido es­catológico y cósmico del reinado de Cristo y así apuntaba al tiempo de adviento que anuncia la venida glo­riosa del Señor Jesús.

En tiempos de Jesús y los pri­meros cristianos, el emperador era el hombre más poderoso de la tie­rra. Los reyes de la antigüedad y de la época moderna tampoco estaban lejos de esta imagen imponente, po­derosa, maravillosa, lleno de rique­zas, honor y glorias. Eran personas que estaban por encima del resto de la humanidad. Pero este imagina­rio nos puede traicionar si lo quere­mos aplicar a Jesús como rey. El rey de los judíos, título que recibió como burla y manifestado en la cruz, es di­verso, no se parece en nada a los re­yes de ese mundo ni el nuestro.

La narración que nos ofrece San Lucas de los últimos momentos de Jesús en la cruz junto a otros dos la­drones es más bien dramático, humi­llante y hasta cierto punto, repulsi­vo para los lectores de su época. Un rey no puede terminar así, un maes­tro no puede terminar así, un buen hombre no puede terminar así; «algo habrá hecho», sería uno de los argu­mentos para excusarse de este triste final. Uno de los ladrones lo recono­ce como el cristo, el mesías, al igual que los jefes, aunque fuera en tono desafiante y de burla. El otro ladrón lo defiende y lo reconoce implícita­mente como rey al decirle: «acuérda­te de mí cuando estés en tu reino», al igual que los soldados que lo llama­ban «rey de los judíos».
Esta es la imagen de Cristo rey que nos ofrece San Lucas: crucifi­cado en medio de bandidos, burla­do por los jefes y soldados; insultado por uno de los ladrones y defendido por el otro; abandonado por sus dis­cípulos que se mantenían a distancia; contemplado por las mujeres y a la vista de todo el pueblo. Un final in­feliz en todos los sentidos y que no tiene nada que ver con las películas en donde los buenos siempre ganan.

En la cultura del siglo I, en la cuenca del Mediterráneo por donde se expandían los primeros cristianos, el emperador o el rey era alguien poderoso, con autoridad, riquezas, temido, servido y hasta adorado por casi todos los súbditos del imperio. Jesús, el Cristo Rey es contracultural y diverso. Es otro tipo de rey.

Esto nos debería llevar a pregun­tarnos honestamente: ¿qué imagen de Jesús tengo?; ¿cuál es la imagen de Cristo Rey que yo creo e inten­to seguir?; ¿lo confundo con los re­yes de este mundo o con los jefes de nuestros países?; ¿cómo influye la imagen de un Cristo rey en mi prác­tica cristiana? A lo largo del Evange­lio de San Lucas que hemos leído y cele­brado en el año había una constante: las malas compañías de Jesús.

Varias veces el Evangelista remarca­ba que Jesús se juntaba con prostitutas y publicanos; pecadores y marginados social y religiosamente. Ahora en el final de su vida, también lo ponen junto a dos malhechores.

Fijémonos que el ladrón ya no tie­ne tiempo de bajar de la cruz y realizar buenas obras, de portarse bien y ser un buen discípulo y aun así estará con Je­sús-rey en el paraíso. No pongamos nun­ca límites a la misericordia de Dios que, en todo caso, rompe nuestros esquemas mentales, religiosos y morales. Debería­mos preguntarnos: ¿Cómo acogemos a los otros?; ¿Acogemos a aquellos/as que consideramos pecadores?; ¿Qué actitud tenemos ante los marginados de nues­tra sociedad, ante aquellos que piensan distinto a nosotros, aquellos que no son de los nuestros?; ¿Damos oportunidad al que necesita?; ¿Creemos de verdad en el arrepentimiento de las personas?

Recordemos las palabras de un Pa­dre de la iglesia a propósito de esto: “Me dirás ¿Qué hizo de extraordinario este ladrón para merecer, después de la cruz, el paraíso? ‟. Ya te respondo: En cuanto, en el suelo, Pedro negaba al Maestro; él, en lo alto de la cruz lo proclamaba „Se­ñor”. El discípulo no supo aguantar la amenaza de una criada; el ladrón, ante todo un pueblo que lo circundaba grita­ba y ofendía, no se intimidó, no se detu­vo en la apariencia vil de un crucificado, superó todo con los ojos de la fe, reco­noció al Rey del Cielo y con ánimo incli­nado ante él dijo: “Señor, acuérdate de mí, cuando estés en tu Reino‟.

No subestimemos a este ladrón y no tengamos vergüenza de tomar como maestro a aquel a quien el Señor no tu­vo vergüenza de introducir, delante de todos, en el paraíso; no tengamos ver­güenza de tomar como maestro a aquel que, ante toda la creación, fue conside­rado digno de la convivencia y la felici­dad celestial.

Si Cristo es el rey del universo, antes prefiere serlo de cada uno de nosotros, y en especial de los más empobrecidos de este mundo. Su trono celestial quiere ser nuestro corazón, si lo dejamos, si le per­mitimos que nos salve de nuestros egoís­mos, maldades, mezquindades, hipocre­sías, etiquetas, cerrazones, etc.

Por eso, estamos invitados a decirle también hoy: “Jesús, acuérdate de mí”. Pero esto no es todo. También estamos invitados a dar gracias. Demos gracias a Dios Padre que nos hecho capaces de compartir el Reino de Jesucristo, un rei­no de amor y misericordia; un reino que busca justicia y paz; un reino donde el más importante es el que sirve, el que se hace pequeño y servidor de sus herma­nos y hermanas.

Demos gracias a Dios Padre que nos ha hecho partícipes del Reino predicado por su hijo Jesús; un reino donde todos tienen lugar; un reino donde no hay lu­gar para la discriminación o el desprecio; un reino que acoge a todos y a todas las personas que aceptan con sinceridad el Amor de Dios manifestado en Cristo Je­sús. Entonces sí tendrá sentido cantar con el salmista: ¡qué alegría cuando me dijeron vamos a la casa del Señor!

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