VIVIR BIEN

¿Por qué Dios hace pactos?

La iniciativa divina de hacer un pacto comenzó en la eternidad antes de la fundación del mundo.



¿Por qué Dios hace pactos?

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03/11/2019 05:05 / Centro, Tabasco

POR: ARTURO PÉREZ
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La palabra pacto aparece más de 300 veces en la Bi­blia. A lo largo del Antiguo Testamento observamos la iniciativa persistente de Dios haciendo una promesa solemne de mantener esta relación de pacto con el hombre, la cual podemos resumir en esta frase: “Yo seré Su Dios y ellos serán mi pueblo” (Jer. 31:33).

La gran diferencia entre un pacto entre hombres y el pacto que Dios establece en la Escritura es que, en el caso de los hombres, el pacto se mantiene hasta que una de las partes lo quebrante. Pero en el caso de Dios, Él ha definido su pacto como una promesa ga­rantizada con un juramento a manera de testamento (Heb. 6:17; 9:15-17). De hecho, la palabra griega que uti­liza el Nuevo Testamento para pacto (diatheke) tiene la connotación de un convenio planteado por una de las partes que debe ser aceptado o rechazado por la otra parte de modo que no pueda cambiarse. Este es un nuevo pacto prometido por Dios y ejecutado por la muerte del testador, su Hijo Jesucristo.

UN PLAN PERFECTO
Esta iniciativa divina de crear el universo para tener una relación de pacto con criaturas hechas a su ima­gen y semejanza no comenzó con el nacimiento del Mesías, ni con la llegada de Juan el Bautista ni tampo­co con Adán, comenzó en la eternidad antes de la fun­dación del mundo.

De ahí que la historia de la redención inicia en la eternidad con el pacto de la salvación, continúa con la creación del mundo bajo el pacto de la creación (o pacto de obras), y, en tercer lugar, al producirse la Caí­da del primer Adán, de inmediato Dios anuncia el pac­to de gracia (Gn. 3:15).

¿Para qué vino Cristo?
La ley natural fue dada en la creación y fue que­brantada por el primer Adán, y la gracia de Dios fue dada desde el principio cuando Dios cubre la desnu­dez de ellos con pieles de animales. El mismo patrón de ley y evangelio, de letra y Espíritu, de condiciona­lidad e incondicionalidad, se mantiene en todos los pactos de la promesa que Dios mismo entrega en la persona del Hijo, quien viene como el último Adán pa­ra cumplir perfectamente la ley y darnos la promesa de Emanuel: Dios con nosotros.

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