VIVIR BIEN

Si lo negamos, él también nos negará



Si lo negamos, él también nos negará

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13/10/2019 05:05 / Centro, Tabasco

DE LA SEGUNDA CARTA DEL APÓSTOL
SAN PABLO A TIMOTEO: 2, 8-13

 
QUERIDO HERMANO: RECUERDA SIEMPRE QUE JESUCRISTO, DESCENDIENTE DE DAVID, RESUCITÓ DE ENTRE LOS MUERTOS, CONFORME AL EVANGELIO QUE YO PREDICO. POR ESTE EVANGELIO SUFRO HASTA LLEVAR CADENAS, COMO UN MALHECHOR; PERO LA PALABRA DE DIOS NO ESTÁ ENCADENADA. POR ESO LO SOBRELLEVO TODO POR AMOR A LOS ELEGIDOS, PARA QUE ELLOS TAMBIÉN ALCANCEN EN CRISTO JESÚS LA SALVACIÓN, Y CON ELLA, LA GLORIA ETERNA. ES VERDAD LO QUE DECIMOS: "SI MORIMOS CON ÉL, VIVIREMOS CON ÉL; SI NOS MANTENEMOS FIRMES, REINAREMOS CON ÉL; SI LO NEGAMOS, ÉL TAMBIÉN NOS NEGARÁ; SI LE SOMOS INFIELES, ÉL PERMANECE FIEL, PORQUE NO PUEDE CONTRADECIRSE A SÍ MISMO". PALABRA DE DIOS. TE ALABAMOS, SEÑOR.
 
PALABRA DE DIOS. TE ALABAMOS, SEÑOR.
 


MONSEÑOR GERARDO DE JESÚS ROJAS LÓPEZ
OBISPO DE TABASCO
cancilleria@diocesistabasco.org.mx
 

Dentro de los diez capítulos que el evangelista San Lucas le dedica al viaje de “discipulado” de la co­munidad de Jesús, con el Maestro a la cabeza, con la meta en Jerusa­lén, encontramos solamente: el de la mujer encorvada, luego el del hi­drópico y el de los diez leprosos. Hoy leemos este último. El énfasis del texto no está en el mostrarnos una vez más la habilidad de Jesús para hacer milagros, sino en una fuerte enseñanza sobre la gratitud.

Que Jesús cure los leprosos ya lo había dicho el evangelio desde el comienzo, más aún, esto fue pre­sentado claramente como un signo evidente de la realización del pro­grama mesiánico de Jesús: “Vayan y cuéntenle a Juan lo que han vis­to y oído: Los ciegos ven, los co­jos andan, los leprosos quedan lim­pios...” Entonces el tema dominante de hoy es la gratitud: en breve se cuenta que después de la curación solamente un samaritano despre­ciado por los judíos como extran­jero y hereje sintió la necesidad de regresar y postrarse a los pies de Jesús para agradecerle.

Es curioso que la mitad de un re­lato de milagro sea para contar có­mo se dan las gracias y lo que esto implica. Al final de la historia, Jesús, en calidad de Maestro, plantea tres preguntas para que los lectores sa­quemos nuestras conclusiones. En la “Lectio” del texto de hoy vere­mos que la acción de gracias crea el espacio espiritual de la auténtica relación con Dios (y con los otros), esto es, de la “fe” que salva. Una vez más, en la línea del evangelista San Lucas, vemos cómo la misericordia de Jesús se muestra grande.

Pero ¡cuán importante es com­prenderla y agradecerla! Esta nue­va enseñanza sobre la gratitud es la primera de una serie de tres ca­tequesis sobre la oración que nos ocupan en éste y los próximos dos domingos: La oración de acción de gracias y de alabanza: en la histo­ria de los diez leprosos. Después: La oración de súplica: en la parábo­la del juez inicuo y la viuda impor­tuna. Y, por último: La oración peni­tencial: en la parábola del fariseo y el publicano. La primera parte del relato nos informa acerca de un en­cuentro con Jesús: cómo un grupo de diez leprosos sale al encuentro de Jesús para pedirles que los cure.

En lugar de curarlos en el lugar, Jesús simplemente los manda ir y mostrarse a los sacerdotes. Cuan­do ellos fueron en obediencia a su palabra, se dieron cuenta de que habían sido curados (por la fuerza interna de la obediencia a la Pala­bra). ¿Pero en qué punto concreto del camino se encuentra Jesús en este momento? Lo más lógico es suponer que se encuentra en me­dio del valle del Jordán, donde tra­zan los límites entre Samaría y Pe­rea (tengamos en cuenta que la región de Perea será reconocida más tarde como parte de Galilea).

La referencia a los “confines entre Samaría y Galilea” parece reflejar la geografía política de los tiempos del evangelista. No conocemos el nombre del pueblo al cual Jesús entra (ni ayu­daría mucho saberlo). El hecho es que Jesús hace una parada en medio del viaje. Allí le salen al encuentro por ini­ciativa propia diez leprosos que se pa­ran “a distancia”. Esta brevísima indi­cación nos deja entender que ellos se encuentran fuera de la casa donde está Jesús, aunque lo más probable es que estén fuera del pueblo. Al mencionar a los leprosos que “se pararon a distan­cia” se deja ver su doble desgracia: su enfermedad física y también su margi­nación social y religiosa.

El evangelio habla de “lepra”, si bien hoy se piensa que esta denomina­ción no coincide necesariamente con la enfermedad que hoy lleva su nombre (científicamente conocida como el “va­cilo de Hansen”).

Tengamos presente que en los tiem­pos bíblicos se denominaba de forma genérica como “lepra” a una amplia va­riedad de enfermedades de la piel vis­tas eso sí como altamente contagiosas; algunas eran curables otras no.

Los leprosos parecen dirigirse a Je­sús a los gritos. Lo llaman “Maestro”, un título que en la forma griega que se uti­liza aquí (“epistatēs”), se escucha en bo­ca de los discípulos y no de otras per­sonas; esta es una particularidad del evangelio de Lucas. Los leprosos en­tonces se están colocando en la fila de los discípulos, esto es bajo la autoridad del Maestro Jesús. Partiendo de esta actitud de sometimiento a la autoridad de Jesús, los leprosos claman su mise­ricordia. El “Ten compasión de no­sotros”, este “miserere” comunita­rio (ver Salmo 51, 3a), es el mismo que se escucha individualmente tres veces más en los alrededores de este pasaje: en el rico epulón a Abraham, en el publicano arrepen­tido y en el ciego de Jericó. Con es­ta forma y otras también a lo largo del evangelio de Lucas se escuchan frecuentemente los gritos de soco­rro.

Aparece así en primer plano el apelo al corazón misericordioso de Jesús. Aquí el tema de la “miseri­cordia” vuelve a aparecer una vez más en este evangelio como carac­terística del contenido y del estilo de la misión de Jesús. El clamar pie­dad indica que en la situación des­esperada se admite que necesita definitivamente de la ayuda de otro y que de su buen corazón depende todo; todo depende de su gratui­dad. Jesús los “ve” y les responde en estos términos: “vayan y presén­tense a los sacerdotes”. Este man­dato de Jesús a los leprosos es al mismo tiempo el epílogo normal de la curación de un leproso según la normativa del Antiguo Testamento, co­mo ya describimos: un ritual de purifi­cación religiosa; y una prueba de la fe de ellos. Una orden similar había apa­recido al final de la curación de un le­proso después del llamado de Jesús a Pedro al inicio del evangelio. La idea es que el hombre curado pueda asumir oficialmente su lugar en la sociedad. Para ello se sigue puntualmente el ri­tual previsto en Levítico 14,2-8.

Llama la atención el que los lepro­sos sean enviados donde los “sacerdo­tes” (en plural). Esto parece referirse al hecho de que se trata de un grupo mixto: judíos y samaritanos; o sea, que cada uno vaya donde el que le corres­ponde. Hay que notar que no se les di­ce que vayan al Templo, puesto al sa­cerdote se le busca dondequiera que esté; pero claro, puesto que hay que hacer un sacrificio de animales, se su­pone que terminarán yendo al Templo.

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