VIVIR BIEN

El que tenga oídos para oír, que oiga

El Maestro pronun­cia tres parábolas de la mi­sericordia.



El que tenga oídos para oír, que oiga

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15/09/2019 05:05 / Centro, Tabasco

DE LA PRIMERA CANA DEL APÓSTOL SAN PABLO A TIMOTEO: 1, 12-17
  
QUERIDO HERMANO: DOY GRACIAS A AQUEL QUE ME HA FORTALECIDO, A NUESTRO SEÑOR JESUCRISTO, POR HABERME CONSIDERADO DIGNO DE CONFIANZA AL PONERME A SU SERVICIO, A MÍ, QUE ANTES FUI BLASFEMO Y PERSEGUÍ A LA IGLESIA CON VIOLENCIA; PERO DIOS TUVO MISERICORDIA DE MÍ, PORQUE EN MI INCREDULIDAD OBRÉ POR IGNORANCIA, Y LA GRACIA DE NUESTRO SEÑOR SE DESBORDÓ SOBRE MÍ, AL DARME LA FE Y EL AMOR QUE PROVIENEN DE CRISTO JESÚS.

PUEDES FIARTE DE LO QUE VOY A DECIRTE Y ACEPTARLO SIN RESERVAS: QUE CRISTO JESÚS VINO A ESTE MUNDO A SALVAR A LOS PECADORES, DE LOS CUALES YO SOY EL PRIMERO. PERO CRISTO JESÚS ME PERDONÓ, PARA QUE FUERA YO EL PRIMERO EN QUIEN ÉL MANIFESTARA TODA SU GENEROSIDAD Y SIRVIERA YO DE EJEMPLO A LOS QUE HABRÍAN DE CREER EN ÉL, PARA OBTENER LA VIDA ETERNA. AL REY ETERNO, INMORTAL, INVISIBLE, ÚNICO DIOS, HONOR Y GLORIA POR LOS SIGLOS DE LOS SIGLOS. AMÉN.
 
PALABRA DE DIOS. TE ALABAMOS, SEÑOR.
 


MONSEÑOR GERARDO DE JESÚS ROJAS LÓPEZ
OBISPO DE TABASCO
cancilleria@diocesistabasco.org.mx
 

Entramos este domingo en el gran capítulo 15 del evangelio de San Lucas, núcleo de la Bue­na Nueva de Jesús y de la re­velación de los sorprendentes sentimientos de Dios en el cual escuchamos al Maestro pronun­ciar las tres parábolas de la mi­sericordia: La oveja perdida, la moneda perdida y la del Padre misericordioso, en la cual asisti­mos a la historia del hijo perdido y encontrado. Los primeros tres versículos del capítulo nos pre­sentan el contexto como nece­saria clave de lectura que lleva a Jesús a pronunciar estas bellas lecciones sobre la misericordia de Dios. La finalidad del pasaje de hoy es profundizar en el te­ma del amor de Dios demostrado en el ministerio salvífico de Jesús con los excluidos y los pobres de la sociedad, particularmente con un grupo de excluidos que está en todos los estratos sociales: los “pecadores”.
 
Con este ambiente llegamos al capítulo 15 de San Lucas. Sue­na exagerado, pero así lo afirma San Lucas, “Todos” los publica­nos y pecadores buscaban a Je­sús. En realidad es una manera de enfatizar una preciosa reali­dad constatada en el ministerio de Jesús. Ahora bien, no se tra­taba de hechos puntuales sino de una constante, como puede verse en la forma verbal que des­cribe una acción continua: “bus­caban”. Estos que buscaban a Jesús tienen el calificativo peyo­rativo de “pecadores”: personas que por su comportamiento con­trario a la Ley de Dios, a lo mejor con reincidencias y públicamen­te asumidos, se han colocado fuera del ámbito de la Alianza. Evidentemente eran reprobados.

Las dos acciones se comple­mentan ampliando su significado. Jesús es presentado como el an­fitrión de una comida festiva en la que recibe y atiende con sim­patía a sus ilustres huéspedes. Pero no se trata de un formalis­mo: la “acogida”, en el lenguaje del Nuevo Testamento, se refiere también al ofrecimiento de asis­tencia que una persona requiere. Acoger es “dar la mano” (ver Rm 16,2; Flp 2,29). Esto es lo que pa­rece suceder al interior de las ce­nas de amistad que ofrece Jesús. Los fariseos, por el contrario, son aquellos que critican, reprenden y dicen lo que hay que hacer, pe­ro no le dan la mano al pecador.

Hay un pensamiento rabínico tardío que parece recoger el principio fariseo: “no permitas a un hombre juntarse con el malvado, ni siquiera conducirlo a la Ley” (Ex. 18,1). Esto explica la actitud de los fariseos. Pero Jesús no piensa así. Si él en las comidas se aproxima a las personas consideradas de baja moralidad o de ocupaciones de baja categoría gente a la que un judío respetable no tendría por qué tratar es porque está poniendo en práctica su enseñanza sobre el Reino de Dios: Dios ha visitado su pueblo y ha establecido con todos un increíble cercanía; su presencia es poder que transforma la vida entera.

Jesús responde en parábolas, fiel al principio según el cual “los misterios del Reino de Dios” se les dan a conocer “a los demás sólo en parábolas”. Las parábolas del evangelio están construidas de tal manera que subvierten nuestra habitual manera de razonar y nos llevan a pensar con la lógica del Dios del Reino.

Al leerlas tengamos presente que, todas van al mismo punto: la alegría que experimenta una persona que recupera lo que había perdido. Las dos primeras parábolas apuntan explícitamente al hecho de que esta alegría es el reflejo de la alegría que Dios siente cuando recupera lo que había perdido: aquello que le era propio y de un gran valor para Él.

Por tanto, no se trata tanto la historia de una oveja, cuanto de la de un pastor que rebosa de felicidad después de hallar su oveja perdida. Distinguimos dos partes: La parábola propiamente dicha y la aplicación. En la parábola propiamente dicha notamos que la dinámica que implican los verbos permite distinguir momentos bien marcados: “Tener” (cien ovejas); “Perder” (una de ellas); “Dejar” (las 99 en el desierto); “Buscar” (la oveja perdida); “Encontrar”(la); “Poner”(la sobre los hombros); “Convocar” (a los amigos y vecinos) y “Decir”(-les). Destaquemos la idea central de cada acción: “Tener”. El motivo de la fiesta del cielo es la conversión de un sólo pecador. En contraste con el pensamiento fariseo -que recordamos por un dicho rabínico que habla de la alegría de Dios por la caída de los malos (ver: t. Sanh. 14:10)- Jesús invita a descubrir que la felicidad de Dios es precisamente por lo contrario: su salvación. Jesús habla de “más alegría”: el cielo multiplica la alegría. Uno se siente muy contento cuando se reconcilia con Dios, pero la alegría que Dios siente por este mismo acontecimiento es mayor. No quiere decir que Dios no esté contento con los que están sanos y salvos los “noventa y nueve justos que no necesitan conversión”, sino que su alegría por el pecador que se ha dejado encontrar por el amor misericordioso es superior.

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