VIVIR BIEN

El fuego que purifica a los hombres

En Cristo alcanza su expresión máxima el amor divino: Tanto amó Dios al mundo que le entregó a su Hijo Unigénito.



El fuego que purifica a los hombres

(Foto: Especial)

18/08/2019 14:36 / Centro, Tabasco

DEL LIBRO DEL PROFETA JEREMÍAS: 38, 4-6.8-10

DURANTE EL SITIO DE JERUSALÉN, LOS JEFES QUE TENÍAN PRISIONERO A JEREMÍAS DIJERON AL REY: "HAY QUE MATAR A ESTE HOMBRE, PORQUE LAS COSAS QUE DICE DESMORALIZAN A LOS GUERREROS QUE QUEDAN EN ESTA CIUDAD Y A TODO EL PUEBLO. ES EVIDENTE QUE NO BUSCA EL BIENESTAR DEL PUEBLO, SINO SU PERDICIÓN".

RESPONDIÓ EL REY SEDECÍAS: "LO TIENEN YA EN SUS MANOS Y EL REY NO PUEDE NADA CONTRA USTEDES". ENTONCES ELLOS TOMARON A JEREMÍAS Y, DESCOLGÁNDOLO CON CUERDAS, LO ECHARON EN EL POZO DEL PRÍNCIPE MELQUÍAS, SITUADO EN EL PATIO DE LA PRISIÓN. EN EL POZO NO HABÍA AGUA, SINO LODO, Y JEREMÍAS QUEDÓ HUNDIDO EN EL LODO. EBED-MÉLEK, EL ETÍOPE, OFICIAL DE PALACIO, FUE A VER AL REY Y LE DIJO: "SEÑOR, ESTÁ MAL HECHO LO QUE ESTOS HOMBRES HICIERON CON JEREMÍAS, ARROJÁNDOLO AL POZO, DONDE VA A MORIR DE HAMBRE". ENTONCES EL REY ORDENÓ A EBED-MÉLEK: "TOMA TREINTA HOMBRES CONTIGO Y SACA DEL POZO A JEREMÍAS, ANTES DE QUE MUERA".

PALABRA DE DIOS. TE ALABAMOS, SEÑOR



MONSEÑOR GERARDO DE JESÚS ROJAS LÓPEZ.
OBISPO DE TABASCO
cancilleria@ diocesistabasco.org.mx.


El fuego aparece frecuentemente en la Sagrada Escritura como símbolo del Amor de Dios, que purifica a los hombres de todas sus impurezas. El amor, como el fuego, nunca dice basta, tiene la fuerza de las llamas y se enciende en el trato con Dios: Me ardía el corazón en mi interior, se encendía el fuego en mi meditación, exclama el Salmista... En el día de Pentecostés, el Espíritu Santo, el Amor divino, se derrama sobre los Apóstoles en forma de lenguas de fuego que purifcan sus corazones, los inflaman y disponen para su misión de extender el Reino de Cristo por todo el mundo.

Jesús nos dice hoy, en el Evangelio de la Misa: Fuego he venido a traer a la tierra, ¿y qué quiero sino que arda? En Cristo alcanza su expresión máxima el amor divino: Tanto amó Dios al mundo que le entregó a su Hijo Unigénito. Jesús, quien entregó voluntariamente su vida por nosotros, y nadie tiene amor más grande que el de dar uno la vida por sus amigos. Por eso nos declara también su impaciencia santa hasta no ver cumplido su Bautismo, su propia muerte en la Cruz por la que nos redime y nos eleva: Tengo que ser bautizado con un bautismo, ¡y có- mo me siento urgido hasta que se lleve a cabo! El Señor quiere que su amor prenda en nuestro corazón y provoque un incendio que lo invada todo.

Él nos ama a cada uno con amor personal e individual, como si fuera el único objeto de su caridad. En ningún momento ha cesado de amarnos, de ayudarnos, de protegernos, de comunicarse con nosotros; ni siquiera en los momentos de mayor ingratitud por nuestra parte o en los que cometimos las faltas y pecados más grandes.

Este misterio de amor se realizó de una manera absolutamente particular en su Madre, Santa María. La Virgen, Nuestra Madre, es el espejo donde debemos mirarnos nosotros.

Ella, la criatura que Dios más amaba, permanecía en la más completa normalidad. En el momento de la Anunciación, cuando se le reveló el modo singular en que era amada por Dios, María creyó y aceptó ser la criatura que Dios había predestinado desde la eternidad como Madre suya.

Pero Ella no solo creyó en el amor de absoluta predilección divina, sino que creyó sin limitación alguna. Santa María nos enseña a creer en el amor sin límites de Dios, nos ayuda ahora, teniéndola a Ella delante, a examinar nuestra correspondencia a ese amor, pues "no es razón que amemos con tibieza a un Dios que nos ama con tanto ardor". ¿Es una hoguera de lumbre viva nuestro corazón, como el de la Virgen, o solo rescoldo de tibieza, de mediocridad aceptada? Dios me ama, y esto es lo fundamental de mi existencia. Lo demás apenas tiene importancia. El amor pide amor, y este se demuestra en las obras, en el empeño diario por tratar a Dios y por identifcar nuestra voluntad con la suya.

La Segunda lectura de la Misa de hoy nos anima a esa pelea diaria, sabiendo que estamos rodeados de una nube tan grande de testigos, los santos, que presencian nuestro combate, y quienes tenemos a nuestro lado, a los que tanto podemos ayudar con el ejemplo y con nuestro mismo empeño por estar más cerca de Cristo. Sacudamos todo lastre y el pecado que nos asedia sigue la Lectura, y continuemos corriendo con perseverancia la carrera emprendida: fjos los ojos en Jesús, iniciador y consumador de la fe. En Él tenemos puesta la mirada, como el corredor que, una vez comenzada la carrera, no se deja distraer por nada que le separe de la meta, alejando toda ocasión de pecado con decisión y energía, pues no han resistido todavía hasta la sangre al combatir contra el pecado. Hasta eso hemos de llegar si fuera preciso, incluso por no cometer ni siquiera un pecado venial. Vale más morir que ofender a Dios, aunque sólo fuera levemente.

Muchas veces hemos de decir sí al Amor; una respuesta afirmativa que Él mismo nos pide a través de mil pequeños acontecimientos diarios: al negarnos a nosotros mismos para servir a quienes conviven o trabajan con nosotros en cosas muchas veces menudas; en la mortifcación pequeña, que nos ayuda a guardar la templanza y la sobriedad; en la puntualidad a la hora de comenzar nuestros deberes; en el orden en que dejamos la ropa, los libros o los instrumentos de trabajo; en el esfuerzo que frecuentemente supone hacer bien el rato de meditación, diciéndole al Señor muchas veces que le amamos, luchando con las distracciones; en la aceptación alegre de la voluntad de Dios, cuando no sigue los propios planes o nuestro querer. Así se forjan las pequeñas victorias que todos los días espera Dios de quien le ama.

Y voló hacia mí uno de los serafines que reza la Liturgia de las Horas con una ascua en la mano, que había cogido del altar con unas tenazas, la aplicó a mi boca y me dijo: Mira: ésto ha tocado tus labios, ha desaparecido tu culpa, está perdonado tu pecado. Le pedimos al Señor que el fuego de su amor purifque nuestra alma, ¡tanta suciedad!, y nos inunde por completo: "¡Oh Jesús..., fortalece nuestras almas, allana el camino y, sobre todo, embriáganos de Amor!: haznos así hogueras vivas, que enciendan la tierra con el divino fuego que Tú trajiste". Los cristianos hemos de ser fuego que encienda, como Jesús encendió a sus discípulos.

El Espíritu Santo soplará, a través de nosotros, en muchos que parecían apagados, y de su rescoldo de vida cristiana saldrán llamas que se propagarán a otros ambientes que de no ser por ellos hubieran permanecido fríos y muertos.

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