VIVIR BIEN

¿Para quién serán todos tus bienes?

El corazón de un seguidor de Jesús debe estar liberado de toda ambición en el presente.


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¿Para quién serán todos tus bienes?

(Ilustración: Gustavo Alonso Ortiz.)

04/08/2019 05:06 / Centro, Tabasco

DEL SANTO EVANGELIO SEGÚN SAN LUCAS: 12,13-2

EN AQUEL TIEMPO, HALLÁNDOSE JESÚS EN MEDIO DE UNA MULTITUD, UN HOMBRE LE DIJO: "MAESTRO, DILE A MI HERMANO QUE COMPARTA CONMIGO LA HERENCIA". PERO JESÚS LE CONTESTÓ: "AMIGO, ¿QUIÉN ME HA PUESTO COMO JUEZ EN LA DISTRIBUCIÓN DE HERENCIAS?" Y DIRIGIÉNDOSE A LA MULTITUD, DIJO: "EVITEN TODA CLASE DE AVARICIA, PORQUE LA VIDA DEL HOMBRE NO DEPENDE DE LA ABUNDANCIA DE LOS BIENES QUE POSEA". DESPUÉS LES PROPUSO ESTA PARÁBOLA: "UN HOMBRE RICO OBTUVO UNA GRAN COSECHA Y SE PUSO A PENSAR: '¿QUÉ HARÉ, PORQUE NO TENGO YA EN DÓNDE ALMACENAR LA COSECHA? YA SÉ LO QUE VOY A HACER: DERRIBARÉ MIS GRANEROS Y CONSTRUIRÉ OTROS MÁS GRANDES PARA GUARDAR AHÍ MI COSECHA Y TODO LO QUE TENGO. ENTONCES PODRÉ DECIRME: YA TIENES BIENES ACUMULADOS PARA MUCHOS AÑOS; DESCANSA, COME, BEBE Y DATE A LA BUENA VIDA'. PERO DIOS LE DIJO: ¡INSENSATO! ESTA MISMA NOCHE VAS A MORIR. ¿PARA QUIÉN SERÁN TODOS TUS BIENES?'. LO MISMO LE PASA AL QUE AMONTONA RIQUEZAS PARA SÍ MISMO Y NO SE HACE RICO DE LO QUE VALE ANTE DIOS". 

PALABRA DEL SEÑOR. GLORIA A TI, SEÑOR JESÚS.

¿Hemos visto alguna vez una pelea en una familia a la hora de repartir la herencia de los padres? ¿La belleza del ideal comunitario-familiar se ha venido al piso o se ha fortalecido con la ausencia de los progenitores? ¿Cada uno trata de llevarse lo que mejor pueda o qué pasa? Los maravillosos textos que leímos los domingos anteriores, donde aprendimos el ejercicio del servicio con un corazón lleno de misericordia (Buen Samaritano), de la prioridad de la escucha de la Palabra sobre la acción (Marta y María) y de la oración con un corazón que sabe confiar en la paternidad de Dios (catequesis sobre la oración), tienen serias consecuencias para el estilo de vida de un discípulo de Jesús, mucho más cuando se pregunta cómo invertir en la propia felicidad. ¿Qué sucede cuando esta apertura a Dios y a los hermanos no se da, sobre todo cuando los bienes de la tierra, que podrían ser de ayuda, terminan siendo obstáculo para trascenderse a sí mismo en la entrega generosa en el amor? Es así como en el camino de subida a Jerusalén se avanza hacia un nuevo tema del discipulado.

Al respecto, hoy el Evangelio responde con dos ideas fuertes: La libertad de corazón. Nos dice que el corazón de un seguidor de Jesús debe estar liberado de toda ambición en el presente. Es verdad que él no es ajeno a la necesidad de una buena administración de sus posesiones en la tierra, pero también es verdad que si es auténtico discípulo no se dejará aprisionar por los encantos del dinero, porque su mirada está puesta en lo fundamental hacia el futuro: no quiere ser feliz solamente un rato sino siempre. Para ello: la victoria espiritual sobre la “avidez” o “codicia” que habita el corazón del hombre. Y la otra idea fuerte es la de Administrar-asegurar la vida mediante sabias decisiones.

Con una visión profunda del misterio de la vida, sabiendo donde está su “sentido”, el discípulo sabe en qué centra sus ideales y dónde invierte sus mejores energías. De este “saber” se deriva un estilo de vida “sabio”, es decir, responsable con su vocación a la “vida” plena.

Para explicarnos ésto, nuestro evangelista San Lucas nos muestra cómo el Maestro Jesús es Maestro de Vida, haciendo de la riña de dos hermanos por una herencia el punto de partida para proponer una altísima enseñanza. Comencemos refrescando el contexto: ¿Quiénes estaban escuchando a Jesús? y ¿Por qué aparece aquí un nuevo tema? El auditorio de Jesús está descrito en el primer versículo de este capítulo 12 del Evangelio de Lucas: “habiéndose reunido miles y miles de personas, hasta pisarse unos a otros”. Estamos ante un auditorio inmenso.

Los discípulos aparecen en primer lugar. La enseñanza de Jesús se centra desde el principio en los peligros que acechan la vida del discípulo. En su justo comportamiento frente al mundo, él es acechado tanto por peligros internos como externos que paralizan el seguimiento: la hipocresía de los fariseos, que parece ser contagiosa y de la cual hay que cuidarse, porque la verdadera naturaleza del hombre no puede permanecer escondida sino que con el tiempo se manifiesta; las persecuciones, el temor a ellas se supera con la confesión de Jesús delante de todo el mundo y siempre, con confianza absoluta en el Padre y con la ayuda del Espíritu Santo.

Salta a la vista el tema de las posesiones y su justa distribución. Es verdad que aquello que un discípulo debe temer no es tanto la pérdida de la vida terrena con sus ventajas sino la pérdida definitiva de la vida (los que matan el “alma”). Está exponiendo las consecuencias de este segundo peligro, cuando de repente Jesús es interrumpido por una persona que le habla de los bienes materiales. Entonces Jesús retoma inmediatamente la palabra para dar paso a la exposición del tercer peligro: el apego a las cosas terrenas, o mejor, la avidez, la cual indica que a pesar de haber dejado todas las cosas para seguir al Maestro, aún se tenga el corazón puesto en una falsa seguridad terrena y por lo tanto el “Reino” no sea todavía “su tesoro inagotable”. Es ahí donde se comprende el por qué de una parábola que pone en primer plano la relación entre el valor relativo de los bienes materiales y el futuro de la vida (que es el Reino como bien absoluto).

Quien interrumpe a Jesús es “uno de entre la gente”, uno cualquiera de estas miles de personas que estaban aquel día con Él. La amplitud del auditorio y el personaje incógnito le dan a este pasaje un sabor diferente que invita a salir del círculo inmediato de la comunidad para quien vale en primer lugar la enseñanza para abrir el diálogo sobre un tema que es de interés común para todo el mundo y, a partir de ahí, hablar de lo fundamental que toca a todo hombre que está en la tierra: el sentido de la vida. Sale ahora al ruedo un caso de la vida cotidiana. El personaje anónimo le dice a Jesús: “Maestro, di a mi hermano que reparta la herencia conmigo”. Jesús es llamado “Maestro”. Su interlocutor le pide que actúe en calidad de “rabbí”, que aquí se entiende como experto en cuestiones legales bíblicas. Como tal, se le requiere que intervenga en una riña familiar: “di a mi hermano”, es decir, “manda a mi hermano, dale una orden”.

El tono nos recuerda el de Marta en el evangelio leído el mes pasado (“dile a mi hermana que me ayude”), en el cual se presentaba como víctima de una injusticia de su hermana. El interlocutor de Jesús va al grano. En la solicitud ya va implícita la sentencia: “...que reparta la herencia conmigo”. No es raro que nos encontremos aquí con el caso de una familia que cuando mueren los padres pierda la unidad hogareña y, peor aún, que los hermanos entren en serios conflictos por la parte de la herencia que le corresponde a cada uno. Aquí nos encontramos con una situación típica de la Palestina de la época que vale la pena reconstruir. Se trata de un hombre cuyo hermano mayor se niega a darle la parte de la herencia paterna que le corresponde. La primera impresión es que se trata de una injusticia.
En el Evangelio de Lucas conocemos casos terribles de apropiación indebida de la herencia (ver las dos parábolas que denuncian ésto: Lucas: 15,11; 20,14).

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