VIVIR BIEN

La castidad empieza con la mirada

Jesús les dijo quien mire con malos deseos a una mujer, ya cometió adulterio con ella en su corazón.


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La castidad empieza con la mirada

(Imagen ilustrativa.)

14/07/2019 05:06 / Centro, Tabasco

Del santo Evangelio según san Mateo: 5, 27-32

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: "Han oído que se dijo a los antiguos: No cometerás adulterio. Pero yo les digo que quien mire con malos deseos a una mujer, ya cometió adulterio con ella en su corazón. Por eso, si tu ojo derecho es para ti ocasión de pecado, arráncatelo y tíralo lejos, porque más te vale perder una parte de tu cuerpo y no que todo él sea arrojado al lugar de castigo. Y si tu mano derecha es para ti ocasión de pecado, córtatela y arrójala lejos de ti, porque más te vale perder una parte de tu cuerpo y no que todo él sea arrojado al lugar de castigo. También se dijo antes: El que se divorcie, que le dé a su mujer un certificado de divorcio. Pero yo les digo que el que se divorcia, salvo el caso de que vivan en unión ilegítima, expone a su mujer al adulterio, y el que se casa con una divorciada comete adulterio".

Palabra del Señor. Gloria a ti, Señor Jesús.

Dice en su oración la Madre Santa Teresa de Calcuta: “Señor, cuando tenga hambre, dame a alguien que necesite comida. Cuando tenga sed, mándame a alguien que necesite bebida. Cuando tenga disgusto, preséntame a alguien que necesite consuelo. Cuando esté pobre, ponme cerca de alguien necesitado.

Cuando alguien me falte, dame la ocasión de alabar a alguien. Cuando esté desanimado, mándame a alguien a quien tenga que darle ánimos. Cuando sienta la necesidad de comprensión, mándame a alguien que necesite la mía. Cuando tenga necesidad de que me cuiden, mándame a alguien que tenga que cuidar. Cuando piense en mí mismo, atrae mi atención hacia otra persona”.

Una vez que el evangelista San Lucas nos ha presentado el tema de la misión (ver evangelio del domingo pasado), nos introduce enseguida en el marco de la subida de Jesús a Jerusalén en tres distintivos de aquel que ha entrado en el camino de Jesús en calidad de discípulo. Tres características del discipulado nos plantea Jesús hoy y en los próximos dos domingos: El ejercicio de la misericordia: el discípulo se distingue por el amor al estilo de Jesús, correspondiente al Evangelio de hoy. El ejercicio de la escucha: la acogida de Jesús implica escucharlo en calidad de Maestro, que será el Evangelio del próximo domingo. Y el ejercicio de la oración: la escucha introduce en la relación con Dios Padre a la manera de Jesús (11,1-13).

Nos detenemos hoy en la primera característica: el ejercicio de la misericordia debe ser un rasgo distintivo e indiscutible de un discípulo de Jesús. Para profundizar en esto leemos uno de los relatos más impresionantes y conocidos de todo el Evangelio: la Parábola del Buen Samaritano; un relato que pone en crisis la mediocridad de nuestra capacidad de amar. La parábola está enmarcada por el diálogo entre Jesús y un experto en la Ley, de manera que hay que mirar el conjunto en sus tres partes: Primera parte del diálogo de Jesús con el legista sobre el mandamiento principal, el del amor. La parábola del Buen Samaritano. Segunda parte del diálogo de Jesús con el legista donde se concluye cómo se ejerce el amor al prójimo.

Todo comienza con la pregunta, en principio maliciosa, del experto en la ley: “Maestro, ¿qué he de hacer para tener en herencia vida eterna?”. Este otro maestro está interesado en la vida eterna; él sabe que ésta es un don de Dios pero que hay que ganarse el cielo. Él está interesado en una respuesta práctica: “¿Qué tengo que hacer...?”. Verdaderamente una pregunta estimulante. El legista sabe mirar más allá de los intereses cotidianos, sabe que la vida no termina con la muerte, que su existencia está destinada a una vida eterna. Detrás de esta inquietud, entonces, hay un gran sentido de responsabilidad. Sobre el trasfondo de que la vida eterna es la realidad decisiva, viene entonces la respuesta de Jesús. Si no se siente responsabilidad con el Dios viviente, entonces será igualmente indiferente lo que se haga o deje de hacer en el camino de Jericó.

Jesús entonces le devuelve la pregunta poniendo la mirada directamente en el querer de Dios: “¿Qué está escrito en la Ley?”. La respuesta es la esperada: la responsabilidad con Dios (“Amarás al Señor tu Dios con todo...”) está unida a la responsabilidad con el prójimo (“y a tu prójimo como a ti mismo”). Entonces los dos, Jesús y el legista, quedan de acuerdo en el mismo punto: es absolutamente necesario amar a Dios y al prójimo en la vida presente, y este es el punto de partida para la comunión de vida en la eternidad. Jesús lo dice abiertamente: “Haz eso y vivirás”. Pero surge un nuevo problema: “Y, ¿quién es mi prójimo?”.  Se abre un gran paréntesis que ofrece las pistas para la respuesta a la pregunta: “¿Quién es mi prójimo?”, es lo mismo que decir: ¿Quién hace parte del grupo de personas a quienes debo amar como a mí mismo?

En la parábola propuesta por Jesús nos encontramos en una ruta que une dos ciudades importantes, por ella pasaban habitualmente muchos peregrinos que venían o regresaban de Jerusalén. El camino atraviesa un escarpado desierto, peligroso además por su inseguridad; continuamente aparecían delincuentes que aprovechando esta geografía asaltaban las caravanas o los viajeros solitarios. 

Efectivamente esto último es lo que sucede. “Un hombre... cayó en manos de salteadores que, después de despojarle y golpearle, se fueron dejándole medio muerto”. La desgracia de este viajero es triple: le roban todas sus pertenencias (literalmente “lo desnudaron”); lo golpean brutalmente dejándolo en grave situación (literalmente “medio muerto”); y lo abandonan a su suerte en un lugar descampado, en medio del desierto, sin posibilidad de ayuda inmediata.

Peor no puede ser la situación: está en extrema necesidad, su vida está en juego y no tiene la más mínima posibilidad de valerse por sí mismo para salvarse, depende completamente de la ayuda y la buena voluntad de los demás. Hasta aquí estamos ante una situación más o menos común, que una persona esté necesitada de ayuda y que quien le tienda la mano se hace su prójimo, no es una verdadera novedad. Sin embargo el punto más grave no ha sido contado, ayudar a este hombre implica: poner en riesgo la propia vida, ya que detenerse es exponerse al mismo peligro y ser capaz de cambiar los planes personales de viaje (¡en pleno desierto!).

El tipo de compromiso que exige la ayuda a este hombre se sale de lo habitual. Las primeras oportunidades de ayuda en el camino solitario, dejan ver no sólo la difícil situación en la que se encuentra el hombre herido sino también lo que implica ayudarlo. Éstos prefieren seguir de largo: “Casualmente, bajaba por aquel camino un sacerdote y, al verle, dio un rodeo. De igual modo un levita que pasaba por aquel sitio le vio y dio un rodeo”. Como lo destaca la narración, el hecho es que ellos “ven”, pero cuando se percatan de lo que implica el ayudarlo optan por seguir en su comodidad personal, se desvían un poco (literalmente en griego: “pasar por el otro lado del camino”; hoy: “cambiar de acera” y pasar de largo).

¿Quiénes son estos dos que no le tienden la mano al moribundo abandonado? Que se diga expresamente que el primero en negar la ayuda sea un “sacerdote” es grave. Probablemente sea uno de estos sacerdotes, estilo sacerdote Zacarías, que después de prestar su servicio sacerdotal en el Templo regresaba a su casa ubicada en otra población (era lo habitual); ver el caso de Zacarías. De hecho, hoy sabemos que Jericó era una de las ciudades que más tenía casas de sacerdotes. El levita pertenecía a una categoría sacerdotal inferior, pero era miembro de una prestigiosa elite en la sociedad judía de la época. Los levitas eran los responsables del esplendor de la liturgia y de la vigilancia en el Templo. Eran muy respetados.

¿Por qué no prestan ayuda? Hay diversas explicaciones: en caso de que hayan pensado que el hombre ya estuviera muerto: para evitar la impureza por el contacto con el cadáver;  para no exponerse también a ser asaltados (como quien dice: mejor seguir de largo); porque la situación era tan grave que no se sentían en condición de poder ayudarlo, las consecuencias para la economía personal eran grandes. Cualquiera que sea la razón, el hecho es que estos dos hombres que pasan al lado del herido son incapaces de un acto de amor que implique riesgos y para ello encuentran buenas excusas. Es todo lo contrario de lo que Jesús hacía: para salvar a un hombre no tenía barreras, si era preciso violaba incluso la ley del sábado.

La parábola deja entender que tanto para el sacerdote, como para el levita, la preocupación por su propia seguridad y por la realización de los planes que llevaban en mente, resultó más fuerte que la compasión por este hombre agonizante y abandonado a su suerte en el camino. Para ellos el “amor al prójimo” no es “como a sí mismos”. Frente a las dos ayudas negadas, dos ocasiones pérdidas, cobra mayor relevancia la buena acción que realiza el tercer viajero: un samaritano. Él actúa de modo ejemplar: pone todos sus intereses personales (su tiempo, su cómoda cabalgadura, sus escrúpulos, su dinero) en un segundo plano y se concentra totalmente en la salvación de la vida del herido en el camino. El samaritano no ve otra cosa que la necesidad del hombre que está sangrando en el suelo. ¿Quién es este personaje?

Como se ha dicho, se trata de un “samaritano”. Para los hebreos solamente los miembros de la misma raza eran considerados “prójimo” y sólo a ellos se aplicaba la obligación de “amar como a sí mismo”. Pero el que aquí aparece no es judío. Más aún, desde el punto de vista judío era considerado como enemigo. Por razones históricas, en aquellos tiempos las relaciones entre ellos no eran buenas, como de hecho ya comprobamos cuando leímos 9,53, cuando –subiendo a Jerusalén- Jesús pasó por Samaria: “Pero no le recibieron porque tenía intención de ir a Jerusalén” (o como se dice en el evangelio de la samaritana: “¿Cómo tú, siendo judío, me pides de beber a mí, que soy mujer samaritana?). Porque los judíos no se tratan con los samaritanos-”. Cuando en la parábola se menciona al “samaritano” inevitablemente viene a la mente la enseñanza sobre la ayuda al enemigo, que Jesús le había predicado solemnemente a sus discípulos en el Sermón de la Llanura: “Pero yo digo a los que me escuchan: Amen a sus enemigos, hagan el bien a los que los odien”.

¿Qué hace el samaritano? El samaritano “llegó junto a él y al verle tuvo compasión”. Él “tuvo compasión”. La conmoción interna que siente frente al herido es similar a la de Jesús frente a la viuda de Naím en el funeral de su único hijo  o a la del papá cuando ve regresar a casa a su hijo pródigo. El dolor del moribundo del camino se le entra hasta su propio corazón. Esto nos recuerda los mejores momentos de la profecía de Oseas, cuando describe el corazón de Dios: “Mi corazón se agita dentro de mí, se estremece de compasión”. Este sentimiento violento de amor genera enseguida responsabilidad ante el caído.

Siete gestos concretos muestran cuál es en este caso el “hacer” propio de la misericordia: Se acercó. Vendó sus heridas, curándolas con aceite y vino.  Lo montó sobre su propia cabalgadura.  Lo trasladó a una posada.  Cuidó personalmente de él. Pagó la cuenta de la primera noche de posada y dejó un anticipo (que es suficiente para muchos días) para los nuevos gastos que va a implicar su cuidado. Se mostró disponible para seguir respondiendo por él. Notemos cómo la ayuda tiene tres momentos: asistencia inmediata; el cuidado más de fondo en vista de la total recuperación; la responsabilidad permanente: el samaritano espera volver a verlo y está dispuesto seguir con la mano tendida si fuera del caso. El buen samaritano no es un asistencialista, él se compromete con la recuperación total. El comportamiento del buen samaritano quizás se repetirá más de una vez, porque como él mismo anuncia: volverá por la misma ruta. 

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