VIVIR BIEN

¿Cómo se produce la amargura en el corazón?

Antes que albergar resentimiento en el corazón contra aquellos que nos hacen mal, nuestro Señor nos ordena amarles.



¿Cómo se produce la amargura en el corazón?

(Internet)

Sin importar qué tan grande sea el mal recibido, la respuesta sana no debe ser la amargura.

09/06/2019 05:06 / Centro, Tabasco

Por sugel michelén
WWW.COALICIONPORELEVANGELIO.ORG

Cuando se comete una falta y el malhechor recibe su justo castigo el círculo moral se cierra. Pero lo cierto es que muchas veces ese círculo se queda abierto, o desde nuestra perspectiva no se ha cerrado completamente (el castigo no ha sido proporcional) nos produce una sensación de descontento que va creciendo, y nosotros no debemos tomar la justicia en nuestras propias manos para cerrarlo.

¿Cómo lidiar con la indignación que eso produce? ¿Cómo impedir que nuestro corazón se llene de amargura y resentimiento? Y lo que es más difícil aún: ¿Cómo puedo amar a una persona que me ha hecho mal, y que ahora parece que se ha salido con la suya? ¿Cómo puedo levantarme por encima de mi indignación, de modo que en vez de vengarme me dedique a hacerle bien?

La Biblia da por sentado que en este mundo caído los creyentes seremos heridos por otras personas, y que en medio de tales situaciones seremos tentados a reaccionar con amargura y devolver mal por mal. Los cristianos no somos inmunes al sentimiento de amargura y de impotencia que surge cuando la persona que nos ha hecho mal no recibe su merecido.

Por eso el Señor nos ordena en Su Palabra: “No paguéis a nadie mal por mal”. Y en Mt. 5:44: “Amad a vuestros enemigos, bendecid a los que os maldicen, haced bien a los que os aborrecen, y orad por los que os ultrajan y os persiguen”.

¿Conocía el Señor Jesucristo, al dar este mandamiento, el caso de aquella esposa cristiana que tiene que tratar con un marido incrédulo, indiferente y desconsiderado? ¿O el de ese empleado que tiene soportar a un jefe iracundo e intolerante, que para colmo de males no paga bien, pero exige mucho? ¿O ese otro caso del hermano que ha sufrido la injusticia de un impío que ha sobornado a un juez en contra suya y ha sufrido una pérdida considerable de sus bienes? ¿O el de aquel que ve con impotencia como alguien se ha dado a la tarea de esparcir rumores en su contra?

Sí, Él conocía todos esos casos y muchos otros que no podemos enumerar aquí; y aún así nos ordenó: “Amad a vuestros enemigos”. Antes que albergar amargura y resentimiento en el corazón contra aquellos que nos hacen mal, nuestro Señor nos ordena amarles y hacerles bien.

Ahora bien, eso es fácil de decir, pero ¡qué difícil de practicar! Sobre todo en aquellos casos donde el daño ha sido grande, y tal vez irreparable, y la persona en cuestión parece estar tranquilo y campante, sin recibir ninguna consecuencia por sus actos. Ef. 4:31-32: “Quítense de vosotros toda amargura, enojo, ira, gritería y maledicencia, y toda malicia. Antes sed benignos unos con otros, misericordiosos, perdonándoos unos a otros, como Dios también os perdonó a vosotros en Cristo”. En lugar de alejarnos, pidamos al Señor que nos ayude.

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