VIVIR BIEN

Brotaran ríos de agua que da la vida

Alzando la voz dijo el que tenga sed, que venga a mí; y beba, aquel que cree en mí.


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Brotaran ríos de agua que da la vida

(Internet)

09/06/2019 05:06 / Centro, Tabasco

DEL SANTO EVANGELIO SEGÚN SAN JUAN: 7, 37-39
EL ÚLTIMO DÍA DE LA FIESTA, QUE ERA EL MÁS SOLEMNE, EXCLAMÓ JESÚS EN VOZ ALTA: "EL QUE TENGA SED, QUE VENGA A MÍ; Y BEBA, AQUEL QUE CREE EN MÍ.

COMO DICE LA ESCRITURA: DEL CORAZÓN DEL QUE CREE EN MÍ BROTARÁN RÍOS DE AGUA VIVA". AL DECIR ÉSTO, SE REFERÍA AL ESPÍRITU SANTO QUE HABÍAN DE RECIBIR LOS QUE CREYERAN EN ÉL, PUES AÚN NO HABÍA VENIDO EL ESPÍRITU, PORQUE JESÚS NO HABÍA SIDO GLORIFICADO.

Hoy la Iglesia celebra con gran alegría la fiesta de Pentecostés. Es el culmen del misterio de nuestra fe: Dios Padre y Jesucristo, que ha ascendido a los cielos, nos envían desde lo alto el don del Espíritu Santo.

Con esta celebración, la segunda fiesta más importante del año después de la Pascua, concluimos el tiempo pascual. Cincuenta días después de la Pascua, los judíos celebraban la fiesta de Pentecostés, o la fiesta de las Tiendas. En esta fiesta celebraban que siete semanas después de salir de Egipto, en el Éxodo, el pueblo llegó al Monte Sinaí, y allí Dios les entregó por medio de Moisés las tablas de la Ley. Dios hizo alianza con su pueblo. 

Ese día de Pentecostés, cincuenta días después de la Resurrección de Jesucristo, los apóstoles estaban reunidos en el Cenáculo, con las puertas cerradas por miedo a los judíos, y allí recibieron el don del Espíritu Santo. La alianza ya no está escrita en tablas de piedra, sino que está inscrita en el corazón de cada hombre, grabada a fuego por el Espíritu Santo. Es la fuerza del Espíritu Santo, el Espíritu de Dios que impulsa a la Iglesia a salir fuera y a anunciar el Evangelio de Cristo.

En la primera lectura de hoy, del libro de los Hechos de los Apóstoles, escuchamos el relato sobrio e impresionante de este momento culmen de la vida de la Iglesia. Después de que el Espíritu Santo bajara sobre los apóstoles reunidos en el Cenáculo, éstos salieron con fuerza a anunciar la Buena Noticia en todas las lenguas conocidas, para que todos aquellos que los escuchasen pudiesen entender el Evangelio que predicaban.

Podemos decir que con este acontecimiento se ponía en marcha la Iglesia, salía del miedo para llevar a todos la palabra de Dios. El don de lenguas, don que da el Espíritu Santo, es una señal de la universalidad del Evangelio: todos podían entenderles.

Es el Espíritu Santo quien fortalece a los apóstoles y les impulsa a salir. Pero además es el Espíritu Santo quien hace posible que podamos proclamar a Dios como Padre y a Jesucristo como Señor. Así nos lo dice San Pablo en la segunda lectura que escuchamos hoy. Ya lo anunció Jesús a sus discípulos antes de su pasión: el Espíritu serían quien nos lo enseñase todo y nos recordase todo lo que Él había dicho.

La fe no es una certeza que cada uno puede construirse. No depende de nosotros. La fe es un don de Dios. ¿Quién puede entender el misterio de Dios si es infinitamente superior a nuestro entendimiento? ¿Quién puede siquiera imaginar que Dios se hace hombre, que muere por nosotros, o que incluso está presente en el pan de la Eucaristía?

Por muy grande que sea nuestra inteligencia, Dios es siempre mayor, nos supera. Por eso, la fe no depende sólo de nuestro entendimiento. 

La fe es un don de Dios que nos da por medio del Espíritu Santo. Por eso, los apóstoles, que después de la resurrección todavía no habían terminado de entender y por eso no podían salir a evangelizar, una vez que reciben la fuerza del Espíritu salen sin miedo, hablando con claridad sobre el misterio de la fe. 

Pero, además, San Pablo nos recuerda también en la segunda lectura que el don del Espíritu Santo no es sólo para cada uno de nosotros.

No es que yo recibo este don para mi propio provecho. Dios da el Espíritu Santo para el bien común. Y a cada uno da unos dones distintos.

Pero es que, además, la Iglesia necesita de todos estos carismas. Si yo he recibido un don, no puedo quedármelo sólo para mí. Esto no sirve de nada. He de compartirlo, he de ponerlo al servicio de los demás, al servicio de la Iglesia. Así es como el Espíritu Santo no sólo da fuerza a la Iglesia y la impulsa a ser misionera, sino que además la organiza en ministerios y en funciones diversas que sirven al bien común.

En esta solemnidad de Pentecostés, cada uno de nosotros recibimos también la fuerza del Espíritu Santo, como los apóstoles en el Cenáculo. No podemos dejar perder este don inmenso, si podemos guardarlo sólo para nosotros mismos. Esta fuerza nos debe sacar fuera de nosotros para anunciar con alegría el misterio de nuestra fe. Esta fe que Dios nos da por medio del Espíritu Santo. Y cada uno hemos de hacerlo según el don que hayamos recibido. Hoy pedimos en esta Eucaristía que Dios derrame con abundancia su Espíritu sobre nosotros y sobre toda la Iglesia. ¡Ven, Espíritu Santo! Cuando Jesús se despedía de ellos, les prometió que el Espíritu vendría para estar siempre con ellos.

Una luz de esperanza quedó brillando en el corazón rudo y amedrentado de aquellos hombres. Estaban escondidos, rezando y esperando, con mucho miedo, las puertas cerradas, atentos a cualquier ataque por sorpresa. Pero ante la fuerza de Dios no cabe cerrar las puertas. Un fuego vivo llegó como viento salvaje, abriendo violentamente las ventanas. El soplo de Dios se había desencadenado de nuevo. En la primera creación había aleteado suave sobre las aguas y sobre la faz del hombre. La luz brotó en las tinieblas y en la mirada apagada de Adán. Ahora, en la segunda creación, su aleteo es violento, de fuego incandescente. Y esos hombres, cobardes y huidizos, son abrasados por el beso de Dios, sacudidos por el Espíritu.

La luz ha brillado también en las sombras de sus ojos, y enardecidos se lanzan a la calle a proclamar las maravillas de Dios, anunciando la Buena Nueva, lo más sorprendente que jamás se haya oído. Toda Jerusalén se ha conmovido ante aquel remolino arrollador. Una multitud corre hacia el lugar donde el viento de fuego desgajó puertas y ventanas. La sorpresa aumenta por momentos. Aquellos hombres han roto las fronteras de la lengua, y sus voces se oyen claras y sencillas en el corazón de cada hombre. 

Te lo suplicamos, Señor, haz que de nuevo venga el Espíritu Santo, que de nuevo llueva del cielo ese fuego vivo que transforma y enardece. Es la única forma que existe para que tu vida, la Vida, brote otra vez en nuestro mundo corrompido y muerto. Ven, sigue soplando donde quieras, mueve a la Iglesia hacia el puerto fijado por Cristo, fortalécela, ilumínala, para que sea siempre la Esposa fiel del Cordero.