VIVIR BIEN

“Yo les doy la vida eterna a mis ovejas”

Ellas conocen mi voz, yo las conozco a ellas y me siguen, nadie puede arrebatarlas de mi mano.


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“Yo les doy la vida eterna a mis ovejas”

(Internet)

12/05/2019 05:06 / Centro, Tabasco

DEL SANTO EVANGELIO SEGÚN SAN JUAN: 10, 27-30
EN AQUEL TIEMPO, JESÚS DIJO A LOS JUDÍOS: "MIS OVEJAS ESCUCHAN MI VOZ; YO LAS CONOZCO Y ELLAS ME SIGUEN. YO LES DOY LA VIDA ETERNA Y NO PERECERÁN JAMÁS; NADIE LAS ARREBATARÁ DE MI MANO. ME LAS HA DADO MI PADRE, Y ÉL ES SUPERIOR A TODOS, Y NADIE PUEDE ARREBATARLAS DE LA MANO DEL PADRE. EL PADRE Y YO SOMOS UNO".

PALABRA DEL SEÑOR. GLORIA A TI, SEÑOR JESÚS.

Una escena que se repetirá con frecuencia es la de Pablo y Bernabé, que son dos de los muchos que cruzaron tierras y mares para sembrar la semilla de Dios. Todo el mundo de entonces se iba iluminando con ese puñado de ideas sencillas que Cristo había sembrado en un rincón del Oriente Medio. Aquellos primeros misioneros entran en la sinagoga y toman asiento entre la multitud. 

La sinagoga era el lugar dondese reunían los judíos y los paganos prosélitos del judaísmo para oír la Palabra de Dios. Después de leer el texto sagrado, algunos de los asistentes se levantaban para comentar lo que acababa de leer. Pablo y Bernabé se levantaron muchas veces para hablar de Cristo. Partiendo de las Escrituras, ellos mostraron que Jesús de Nazaret es el Mesías, el Salvador del Mundo.



La gente buena y sencilla escucha y acepta el mensaje. La fe brotaba, la luz de Cristo llenaba de claridad y de esperanza la vida de los hombres. Hoy también van y vienen los apóstoles de Cristo, hoy también suena la voz de Dios, sembrando palabras llenas de luz, semillas portadoras de alegría y de paz.

Sólo los corazones limpios, sólo las almas sencillas percibirán la fuerza y el resplandor de las palabras de Dios; sólo la gente buena y humilde se despertará al esplendor de la fe. 

Aquellos judíos, los hijos de Israel, que habían recibido las promesas, los herederos de la fe de Abrahán, el pueblo elegido, mimado hasta la saciedad por Dios; ellos, los judíos precisamente, van a poner las mayores trabas al crecimiento de la naciente Iglesia.

Perseguían a los apóstoles de ciudad en ciudad, los calumniaban, soliviantaban a las autoridades y al pueblo contra ellos, contra los que predicaban a Cristo, los que hablaban de perdón y de paz. La envidia les recomía. No podían soportar el triunfo de aquellos andariegos, no permitían que hablasen de una salvación universal, no sufrían aquel entusiasmo de los paganos por el mensaje cristiano.

Y se revuelven como fieras, creyéndose en la obligación de apagar, sea como sea, el fuego de aquellas palabras encendidas. Líbranos, Señor, de la envidia, de la celotipia baja y absurda. Que no nos escueza el triunfo de los otros, que no pongamos la zancadilla a los que suben, que no frenemos con nuestras insidias el motor que tú has puesto en marcha. Y gracias porque no hay vallas que puedan parar lo que tú impulsas; gracias porque, a pesar de tantas mentiras, de tantas intrigas, las aguas seguirán pasando a través de las montañas. Haz, Señor, que sigamos caminando por la senda que tú marcaste, y que tracemos rutas nuevas con el paso recio y alegre de nuestras pisadas.

En el rescoldo de la Pascua vuelven a resonar las palabras que el Maestro pronunció antes de morir. Después de su resurrección todo aquello que dijo adquiere una profundidad nueva, una luminosidad distinta. Se descubre entonces todo el valor que su mensaje tiene. Por algo dijo el Señor que, después de su partida, el Espíritu les recordaría sus palabras y los conduciría a la Verdad. 

En un primer momento ellos no comprendieron perfectamente lo que el Maestro les enseñaba, pero luego penetrarían extasiados en las palabras que conducen a la vida eterna, que nos transmiten, como en gozoso adelanto y primicia, esa felicidad sin fin. De todos los apóstoles, el que más tardó en poner por escrito sus recuerdos fue San Juan. Antes de redactar su Evangelio él lo predicó una y mil veces, y sobre todo lo meditó. Cuántas horas de oración intensa del Discípulo amado, cuántos momentos de intimidad con el Maestro en el silencio rumoroso de la contemplación. 

El espíritu de Juan se elevaría con frecuencia hasta las cimas de la más alta mística. A él, como sabemos, se le simboliza con el águila, esa ave gigante que alza el vuelo majestuoso sobre las más altas nubes, que penetra con su mirada las distancias más remotas, que mira al sol de hito en hito. Por todo ello, cuando él escribe, sus palabras adquieren una luminosidad nueva y maravillosa. El mismo Espíritu que inspiró a los otros evangelistas estaba detrás de su pluma. Pero Dios, el Autor principal, aceptó siempre el modo de ser de cada uno de los autores secundarios, apoyó su propia idiosincrasia, respetó al máximo su libertad.


Juan fue siempre un apasionado, un hombre que sabía querer con ternura y fortaleza a un tiempo, que intuía más que discurría. Quizá por todo eso Jesús le prefirió a los demás. Además era el más joven y tenía el corazón limpio y cálido de la virginidad. Juan recordaba con emoción cómo Jesús hablaba de su rebaño, su pequeña grey por la que daría su vida derramando hasta la última gota de su sangre: “Mis ovejas escuchan mi voz, y yo las conozco y ellas me siguen, y yo les doy la vida eterna; no perecerán para siempre y nadie las arrebatará de mi mano...” 

Juan había escuchado al Maestro como quien bebía sus palabras. Ahora nos invita a nosotros a escuchar de la misma forma, a que hagamos parte de nuestra vida la enseñanza divina de Jesucristo. Sólo así alcanzaremos la vida que nunca termina, seremos copartícipes de la victoria grandiosa de Jesucristo sobre la muerte, nos remontaremos hasta las cimas de la más alta gloria que ningún hombre puede alcanzar, la cumbre misma de Dios.

Jesús quiere demostrar que los pastores de Israel son ladrones que se aprovechan de sus puestos y no aman a sus ovejas. Les dice que Él y el Padre son uno. Su autoridad viene del Padre, quien le ha dado la custodia de las ovejas. La continuación del Evangelio de Juan nos dice que cogieron piedras para arrojárselas después de escucharle, pero Él se alejó cuando intentaban detenerle. 

Sin embargo, muchos creyeron en Él allí. Hay dos reacciones: a favor y en contra de Jesús. Cabe una tercera, la indiferencia…, pero Jesús utiliza aquí un lenguaje provocador, ante el cual es imposible quedar indiferentes. La imagen que utiliza Jesús es muy sugestiva, aunque en una sociedad urbana como la nuestra quizá pase desapercibida y no tiene un significado tan rico como lo tenía en la civilización rural. Puede que alguno piense que la actitud que debemos tomar es la del “borreguismo”. Pero nada de ésto quiere decir Jesús. Él siempre invita a seguirle, nunca obliga a nadie, sino simplemente respeta nuestra libertad.

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