VIVIR BIEN

Que arroje la primera piedra

El pasaje de la mujer adúltera es una pieza maestra de la vida; Jesús evidencia una religión y una moral sin corazón.


cancilleria@diosesistabasco.org.mx


Que arroje la primera piedra

(Internet)

Lo que indigna a Jesús es la “dureza” de corazón de los fuertes oculta en el puritanismo de aplicar una ley tan injusta.

07/04/2019 05:06 / Centro, Tabasco

DEL SANTO EVANGELIO SEGÚN SAN JUAN: 8, 1-11
• EN AQUEL TIEMPO, JESÚS SE RETIRÓ AL MONTE DE LOS OLIVOS Y AL AMANECER SE PRESENTÓ DE NUEVO EN EL TEMPLO, DONDE LA MULTITUD SE LE ACERCABA; Y ÉL, SENTADO ENTRE ELLOS, LES ENSEÑABA.

ENTONCES LOS ESCRIBAS Y FARISEOS LE LLEVARON A UNA MUJER SORPRENDIDA EN ADULTERIO, Y PONIÉNDOLA FRENTE A ÉL, LE DIJERON: "MAESTRO, ESTA MUJER HA SIDO SORPRENDIDA EN FLAGRANTE ADULTERIO. MOISÉS NOS MANDA EN LA LEY APEDREAR A ESTAS MUJERES. ¿TÚ QUE DICES?"

LE PREGUNTABAN ÉSTO PARA PONERLE UNA TRAMPA Y PODER ACUSARLO. PERO JESÚS SE AGACHÓ Y SE PUSO A ESCRIBIR EN EL SUELO CON EL DEDO. COMO INSISTÍAN EN SU PREGUNTA, SE INCORPORÓ Y LES DIJO: "AQUEL DE USTEDES QUE NO TENGA PECADO, QUE LE TIRE LA PRIMERA PIEDRA". SE VOLVIÓ A AGACHAR Y SIGUIÓ ESCRIBIENDO EN EL SUELO.

AL OÍR AQUELLAS PALABRAS, LOS ACUSADORES COMENZARON A ESCABULLIRSE UNO TRAS OTRO, EMPEZANDO POR LOS MÁS VIEJOS, HASTA QUE DEJARON SOLOS A JESÚS Y A LA MUJER, QUE ESTABA DE PIE, JUNTO A ÉL.

ENTONCES JESÚS SE ENDEREZÓ Y LE PREGUNTÓ: "MUJER, ¿DÓNDE ESTÁN LOS QUE TE
ACUSABAN? ¿NADIE TE HA CONDENADO?". ELLA LE CONTESTÓ: "NADIE, SEÑOR". Y JESÚS LE DIJO: "TAMPOCO YO TE CONDENO. VETE Y YA NO VUELVAS A PECAR".

PALABRA DEL SEÑOR. GLORIA A TI, SEÑOR JESÚS.


Este domingo es el domingo de barrer y limpiar el camino con ramas de olivo, para que el Maestro entre en Jerusalén unos días después. Es el domingo de la novedad, donde quedan perfiladas las actitudes nuevas que se requieren para disponerse al ¡Hosanna! que ya se escucha y que pronto se apagará con otras voces condenatorias. Jesús es lo nuevo, su mensaje es la novedad, toda novedad tiene pronto sus detractores, no gusta. Él es “el nuevo” de esta historia salvífica.

Otros muchos antes que Él habían puesto su empeño en predicar al pueblo la salvación que viene de Dios: jueces, reyes, profetas, libros llenos de sabiduría, hasta que llegó Juan, el último.

Pero sólo Jesús supo lanzarse a lo que estaba por delante, no sin miedo ¡claro!; sabiendo de los cambios/giros que da el pueblo cuando lo azuzan.

El pueblo pasa de la alabanza y glorificación a la repulsa, y condena con tremenda facilidad; depende del vocinglero de turno. En una semana se cambiarán las cosas.

Jesús no se sorprendió cuando aquel cambio se produjo. Los que le escuchaban decir aquellas cosas que vemos en este Evangelio, los que se sorprenden, los que lo ponen a prueba y lo acusan, los que le admiran y quedan desconcertados por su actitud de respeto, acogida y perdón, los expectantes a su reacción rompedora ante aquel dilema malicioso de los muy fanáticos de siempre, fueron tan previsibles, tan humanos, que Jesús se limitó a escuchar, esperando las acusaciones y levantando la mirada en torno para decir su frase tan lapidaria como las piedras que ya tenían preparadas para arrojarlas sobre aquella mujer… El que esté limpio de culpa… Casi seguro que Jesús también buscaba con su mirada entre tierna y escudriñadora dónde estaba el hombre incitador y no menos culpable, si es que lo había.

Por eso, su actitud del “anda, y en adelante no peques más” es uno de los últimos gestos de su mensaje salvífico: acoger, guardar silencio, no preguntar, -ni siquiera por el individuo que convirtió a aquella mujer en adúltera; ¿acaso era verdad o era una “fake news” de los viejos acusadores del lugar…?-, perdonar, perdonar siempre, porque de eso se trataba y se trata. Ante su actitud desconcertante, fueron escabulléndose y sólo quedaron en aquel escenario seco y pedregoso como los corazones de los acusadores, Jesús y la mujer. El Evangelio no nos dice qué hicieron sus discípulos ¿estaban presentes?
¿callaron por cobardía?, ¿se sentían también descubiertos?; pero en esta mañana de domingo sí nos pregunta de manera indirecta: ¿qué hubieras hecho tú?

Antes de entrar en la gran semana de nuestra Redención, el quinto domingo de Cuaresma nos ofrece, en sus lecturas, esa dimensión inaudita e irrepetible de lo que es el proyecto de salvación sobre nosotros. 
Conocer a Cristo, su Evangelio, vivir en el horizonte de la fe pascual es haber encontrado el sentido de su vida y de la felicidad por la que luchó en el judaísmo. El pasaje de la mujer adúltera es una pieza maestra de la vida; es una lección que nos revela de nuevo por qué Pablo hablaba así al haber conocido al Señor. Porque, aunque el Apóstol se refería al Señor resucitado, en ese Señor estaba bien presente este Jesús de Nazaret del pasaje evangélico. El libro del Levítico dice: si adultera un hombre con la mujer de su prójimo, hombre y mujer adúlteros serán castigados con la muerte (Lv 20,10); y el Deuteronomio, por su parte, exige: los llevaran a los dos a las puertas de la ciudad y los lapidaran hasta matarlos (Dt 22,24). Estas eran las penas establecidas por la Ley.

No tendríamos que dudar de que Dios ésto no lo ha exigido nunca, sino que la cultura de la época impuso estos castigos como exigencias morales. Jesús no puede estar de acuerdo con ello: ni con las leyes de lapidación y muerte, ni con la ignominia de que solamente el ser más débil tenga que pagar públicamente. La lectura “profética” que Jesús hace de la ley pone en evidencia una religión y una moral sin corazón y sin entrañas. No mandó Jesús buscar al “compañero” para que juntos pagaran. Lo que indigna a Jesús es la “dureza” de corazón de los fuertes oculta en el puritanismo de aplicar una ley tan injusta como inhumana. Vemos a una mujer indefensa enfrentada sola a la ignominia de la mentira y de la falsedad. ¿Dónde estaba su compañero de pecado? ¿Solamente los débiles, en este caso la mujer, son los culpables? Para los que hacen las leyes y las manipulan sí, pero para Dios, y así lo entiende Jesús, no es cuestión de buscar culpables, sino de rehacer la vida, de encontrar salida hacia la liberación y la gracia.

Los poderosos de este mundo, en vez de curar y salvar, se ocupan de condenar y castigar. Pero el Dios de Jesús siente un verdadero gozo cuando puede ejercer su misericordia. Porque la justicia de Dios se realiza en la misericordia y en el amor consumado. Es ahí donde Dios se siente justo con sus hijos.
Jesús escucha atento las acusaciones de aquellos que habían encontrado a la mujer perdiendo su dignidad con un cualquiera, y lo que se le ocurre es precisamente devolvérsela para siempre. Eso es lo que hace Dios constantemente con sus hijos. Así se explica, pues, aquello que decía el libro Isaías de que todo quedará pequeño con lo que Dios ofrecerá a los hombres. Son estas pequeñas cosas las que dejan en mantillas las actuaciones del pasado, aunque sea la liberación de Egipto. Porque el Dios de la liberación de Egipto tiene que ser eternamente liberador para cada uno desde su situación personal. Eso es lo que sucede en el caso concreto con la mujer del pasaje evangélico de hoy. De nada le valía a ella que se hablara del Dios liberador de Egipto, si los escribas, los responsables, la dejaban sola para siempre.

Jesús, pues, es el mejor intérprete del Dios de la liberación que se apiada y escucha los clamores y penas de los que sufren todo el peso de una sociedad y una religión sin misericordia. ¿Qué significa “el que esté libre de pecado tire la primera piedra”? ¿Por qué reacciona Jesús así? No podemos imaginar que los que llevan a la mujer son todos malos o incluso adúlteros. ¡No es eso! Pero sí pecadores de una u otra forma. Entonces, si todos somos pecadores, ¿por qué nos somos más humanos al juzgar a los demás? No es una cuestión de que hay pecados y pecados. Ésto es verdad. Pero por muy simple que sea nuestro pecado, todos queremos perdón y misericordia. Los grandes pecados también piden misericordia, y desde luego, ningún pecado ante Dios exige la muerte. Por tanto deberíamos hacer una lectura humana y teológica. Toda religión que exige la pena de muerte ante los pecados deja de ser verdadera religión, porque Dios no quiere la muerte del pecador.