VIVIR BIEN

No sólo de pan vive el hombre

En el episodio de las tentaciones de Jesús nos muestra cómo el Señor se negó a centrarse en su propia hambre.


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No sólo de pan vive el hombre

(Internet)

10/03/2019 05:06 / Centro, Tabasco

DEL SANTO EVANGELIO SEGÚN SAN LUCAS: 4,1-13
SANTO DE LA SEMANA

EN AQUEL TIEMPO, JESÚS, LLENO DEL ESPÍRITU SANTO, REGRESÓ DEL JORDÁN Y CONDUCIDO POR EL MISMO ESPÍRITU, SE INTERNÓ EN EL DESIERTO, DONDE PERMANECIÓ DURANTE CUARENTA DÍAS Y FUE TENTADO POR EL DEMONIO. NO COMIÓ NADA EN AQUELLOS DÍAS, Y CUANDO SE COMPLETARON, SINTIÓ HAMBRE ENTONCES EL DIABLO LE DIJO: "SI ERES EL HIJO DE DIOS, DILE A ESTA PIEDRA QUE SE CONVIERTA EN PAN". JESÚS LE CONTESTÓ: "ESTÁ ESCRITO: NO SÓLO DE PAN VIVE EL HOMBRE". DESPUÉS LO LLEVÓ EL DIABLO A UN MONTE ELEVADO Y EN UN INSTANTE LE HIZO VER TODOS LOS REINOS DE LA TIERRA Y LE DIJO: "A MÍ ME HA SIDO ENTREGADO TODO EL PODER Y LA GLORIA DE ESTOS REINOS, Y YO LOS
DOY A QUIEN QUIERO. TODO ESTO SERÁ TUYO, SI TE ARRODILLAS Y ME ADORAS".

JESÚS LE RESPONDIÓ: "ESTÁ ESCRITO: ADORARÁS AL SEÑOR, TU DIOS, Y A ÉL SÓLO SERVIRÁS". ENTONCES LO LLEVÓ A JERUSALÉN, LO PUSO EN LA PARTE MÁS ALTA DEL TEMPLO Y LE DIJO: "SI ERES EL HIJO DE DIOS, ARRÓJATE DESDE AQUÍ, PORQUE ESTÁ ESCRITO: LOS ÁNGELES DEL SEÑOR TIENEN ÓRDENES DE CUIDARTE Y DE SOSTENERTE EN SUS MANOS, PARA QUE TUS PIES NO TROPIECEN CON LAS PIEDRAS". PERO JESÚS LE RESPONDIÓ: "TAMBIÉN ESTÁ ESCRITO: NO TENTARÁS AL SEÑOR, TU DIOS". CONCLUIDAS LAS TENTACIONES, EL DIABLO SE RETIRÓ DE ÉL, HASTA QUE LLEGARA LA HORA PALABRA DEL SEÑOR. GLORIA A TI, SEÑOR JESÚS.

La Cuaresma es un tiempo oportuno para darle a Jesucristo su lugar, es decir que Él sea el centro de nuestra vida, no el egoísmo que tenemos dentro de nosotros, hemos de darnos la tarea de poner a Dios en el centro y a nuestros prójimos. En el episodio de las tentaciones de Jesús en el desierto nos muestra cómo el Señor se negó a centrarse en su propia hambre; ni siquiera puso el centro en las necesidades de su misión de Mesías, sino más bien puso toda su atención en el Padre. 

Jesús prefirió poner a Dios en el centro de sus preocupaciones.
Nosotros somos tentados con frecuencia de exigir a Dios una intervención milagrosa a nuestro favor, como si nosotros fuéramos el centro de todo. El tiempo cuaresmal, con todos los recursos que nos ofrece, nos ayuda a recuperar la primacía de Dios. Si Dios ocupa el centro de nuestra vida, todas las demás cosas estarán en su justo lugar. Cuando Dios deja de ser el centro de nuestras preocupaciones caemos irremediablemente en los brazos de los ídolos de este mundo: el tener, el poder, el placer. 

Ciertamente no hemos sido creados para sufrir, pero tampoco para vivir fácilmente, sino para vivir intensamente cada momento, gozoso o doloroso.

La cuaresma es un tiempo de combate gozoso, que si salimos victoriosos, nos permitirá despojarnos de todo lo que nos impide ser plenamente libres y compartir lo que somos y tenemos con los demás para posibilitar así el nacimiento de un mundo mas justo y en paz. 

También la Cuaresma es uno de los tiempos litúrgicos más determinantes de la vida cristiana porque nos prepara para celebrar la Pascua: es decir, la muerte y la resurrección del Señor. Alguna vez hemos oído que se llama “cuaresma” porque recuerda el número cuarenta, bien los cuarenta años del pueblo en el desierto antes de entrar en la tierra prometida y gustar definitivamente la liberación de Egipto; o bien los cuarenta días en que Jesús se nos presenta en el desierto preparándose, como el pueblo, para su gran misión.

En este primer domingo de Cuaresma nos encontramos, primeramente, con una lectura muy significativa, porque es uno de los textos más primitivos del Antiguo Testamento. En esa lectura se nos da un “confesión de fe”, lo que el pueblo creía y repetía frecuentemente: que ellos son descendientes de un arameo errante, un hombre oriental, nuestro padre Abrahán, que lo dejó todo por el Dios que se acercó a los hombres para reconducir la historia de
la humanidad, que había perdido su rumbo. La confesión de fe, aparentemente, es pobre, porque es una fórmula y como tal no ofrece detalles; pero tiene la fuerza de la experiencia vital, de los que consideran que su vida tiene una orientación determinada y determinante.

El pueblo descendiente de Abrahán ha pasado por numerosas vicisitudes hasta ser un pueblo. Importante es poner de manifiesto también que todo se lo deben a Dios. No a un dios innominado, sino a un Dios que se compromete en la historia de un pueblo concreto. 

Ese pueblo es Israel, quien ha dado a la humanidad una de las experiencias religiosas más radicales: porque es un pueblo que ha sentido la liberación de Dios. Ha sido Dios quien se ha hecho notar primero, quien buscó a este pueblo, no ha sido el pueblo quien buscó a Dios. 

Es verdad que éste no es un privilegio de elección para encerrarse en él mismo, ni para presumir orgullosamente, ya que debe abrirse a todos los demás pueblos y naciones para que conozcan a ese Dios. Todo lo expresa el Deuteronomio en esa formulación de su fe más radical.

La segunda lectura es muy expresiva, es confesión de fe también, pero va mucho más allá de lo que Dios puede hacer por nosotros. Lo que hizo con Israel es solamente una pequeña manifestación de lo que ha proyectado sobre todos los hombres. Y eso que piensa hacer con nosotros, lo ha hecho con Jesucristo, su Hijo, a quien ha resucitado, lo ha liberado de la muerte. Es eso lo que nos espera a todos de parte del Dios de Israel y del Dios de Jesucristo. Todos, judíos y paganos, deben encontrarse en ese Dios resucitador, porque hemos sido llamados a la vida verdadera. Ese es el sentido de la Pascua cristiana que marca todo el horizonte de este tiempo cuaresmal.

La lectura del evangelio de San Lucas nos expone el relato de las tentaciones, una de las narraciones más expresivas, aunque bien es verdad que no exenta de dificultades. Podemos resumir así el significado del evangelio: Jesús afronta tres tentaciones. No es que el número tres sea determinante y no se explica solamente recurriendo al pueblo en el desierto, aunque es posible que esa es la inspiración de este relato. Pero en definitiva son el simbolismo de toda la lucha entre el bien y el mal. Todas las tentaciones tienen como objetivo, en definitiva, romper la "comunión" con Dios. Para San Lucas, Jesús es el nuevo Adán, como se expresa por su genealogía por eso no tiene otro proyecto de vida que el vivir la comunión con Dios, que el primer Adán había perdido.

San Lucas ha leído esta escena de la tradición según su perspectiva personal. Para él no se trata especialmente de releer en Jesús las pruebas del desierto (como en el caso muy evidente de San Mateo) y ni siquiera de contemplar a Jesús vencedor sobre Satanás como el Mesías que rechaza el mesianismo glorioso y político. Lo que él considera en Jesús en el desierto es esencialmente el designio del Padre que está cumpliéndose. Y esto lo interpreta según la mentalidad de que no puede suceder sin que se encuentre en su camino al adversario, el que trabaja para que la humanidad se pierda en sí misma. Este encuentro es solamente la anticipación de otro que será definitivo: en la Pasión y la Cruz, que es la consecuencia de su vida. De ahí que haya reorganizado la tradición primitiva para que todo acabe en Jerusalén, donde Jesús vivirá su Pasión.

En el caso de San Mateo el orden de las tentaciones es distinto y termina en un monte muy alto. En San Lucas todo termina en Jerusalén porque para este evangelista Jerusalén es el final y el comienzo de la vida de Jesús y de la comunidad cristiana primitiva. Es en Jerusalén, además, donde han de tener lugar las experiencias del Resucitado a los discípulos y, por lo mismo, este triunfo de Jesús en lo más alto del Templo es todo un apunte de la victoria sobre la muerte que ha de anunciarse desde Jerusalén hasta los confines de la tierra. Si San Lucas ha querido presentar la filiación divina de Jesús en la dimensión del nuevo Adán (como en la genealogía), su relato de las tentaciones debe leerse en esa clave. De ahí que su cristología, con sus intereses parenéticos, no es descriptiva, sino que busca llevar a la comunidad las posibilidades de vivir una experiencia como la de Jesús.