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Nos descubrimos como hermanos

«Quien no ama a su hermano, a quien ve, no puede amar a Dios, a quien no ve» (1 Jn 4,20). En la cuaresma descubrimos que somos creaturas y que tenemos un mismo Creador y Padre, somos hermanos. Hace poco tiempo el Papa Francisco ha escrito su Carta Fratelli tutti, inspirada en la actitud de hermandad universal de San Francisco de Asís.

El pecado tiene una primera secuela que es el atentado contra la hermandad, así se manifiesta en el libro del Génesis cuando Caín mata a su hermano Abel. Este pecado continúa hiriendo hoy al mundo con la violencia, el egoísmo que nos endurece el corazón y no compartimos, el individualismo que nos hace encerrarnos y ser indiferentes ante las necesidades del prójimo.

En el mundo actual existe la tendencia al individualismo; el sistema capitalista en el que vivimos va haciendo que, aunque la tecnología avanza, sin embargo, el hombre está más aislado y solo que nunca; la comunicación interpersonal se hace cada vez más difícil, entre los esposos, entre los padres y los hijos, entre los que dirigen el destino de los pueblos y la gente sencilla.

Es probable que sea esta una de las causas del aumento de los casos de suicidio, de los estados de angustia y depresión, de la búsqueda de huidas falsas en el alcohol, la droga, el sexo desordenado. Existe en el mundo un subjetivismo tal, que la verdad se relativiza, es verdad lo que yo creo, lo que yo pienso y es bueno lo que a mí me causa placer; es aceptable moralmente lo que para mí es más práctico, lo que me causa placer.

El concepto de hermandad se va convirtiendo para el mundo en una utopía irrealizable y el mundo muestra signos abundantes de rompimiento de esta fraternidad.

En cuaresma estamos llamados a recuperar esta dimensión esencial, de lo contrario, nos consideramos como rivales, jugando en el campo del mundo en equipos diferentes.

Cuando carecemos de esta visión del prójimo que está a nuestro lado, su vida no nos interesa, no nos apoyamos ni nos cuidamos unos a otros, mucho menos nos servimos y más bien, nos hacemos la guerra y, si nos estorba, lo hacemos a un lado.

Un fruto precioso de la conversión en esta cuaresma ha de ser un cambio de mentalidad profunda que nos conduzca a la toma de conciencia y la práctica de la fraternidad entre todos.

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