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Director Miguel Cantón Zetina
(Foto: Archivo)

No lograron intimidarlo: lo ejecutan

Freddy López cae abatido por dos sicarios que le sorrajaron tres disparos frente a su Bodega de pescados y mariscos «Camilo».

VILLAHERMOSA, TAB.— Don Fre­ddy López bajó de su camioneta ti­po Ranger, color roja, con placas de circulación VM-7752-B, para en­trar a su negocio ubicado sobre la Calle 4, en la populosa colonia La Manga. A esa hora, los empleados de Bodega de pescados y mariscos «Camilo», con el mandil enfunda­do, atendían detrás de los fureles, camarones y tilapias frescas, a los primeros clientes del domingo 9 de agosto. Pinta para ser un buen día de venta por tratarse de fin de se­mana, pero don Freddy no alcan­zará a cruzar la puerta del local.

Un par de motociclistas se de­tiene en la estrecha calle, el del caso negro se mantiene al manubrio y el que lleva el casco verde y va en an­cas, se baja rápidamente y sin vaci­lar dispara contra la humanidad del empresario, que aunque viste una playera negra, short rojo y unos te­nis casuales, es inconfundible por su corte de cabello a rape.

Cuando los empleados de la fa­mosa pescadería salen, ya no al­canzan a ver a los sicarios, que huyen en la moto por la calle Alfonso Vicens para desva­necerse por la avenida Luis Donaldo Colosio. Ver a su patrón bocabajo, entre san­gre, les causa profundos sentimientos encontrados: tienen rabia, dolor, triste­za, miedo…

Mientras llaman a los paramédicos y a la policía, algunos recuerdan el dolor que el propio patrón sufrió no hace ni el año, cuando uno de sus vástagos, Jor­ge Alberto, fue abatido por unos criminales, igual a unas cuadras de aquí, en la calle Chi­quiguao, de la Manga II.

Don Freddy, como pudo, guar­dó su dolor y siguió adelante por el bien de su familia y el negocio. Se manejó que era para intimidar al viejo y cobrarle el derecho de piso, pues su único «error» era haber le­vantado un negocio próspero.

Los ataques continuos contra el empresario apuntan a extor­sión del hampa. Don «Camilo», como era conocido por la gente a causa del nombre del negocio, ya había sido asaltado frente al local, en la misma calle, solo que esa vez cuatro sujetos lo encañonaron y le bajaron 80 mil pesos.

Como si fuera otro aviso inti­midatorio, el mes anterior, apun­ta uno de los empleados, asaltaron a Andrea López, la trabajadora de la pescadería, que tuvo que entre­gar contra todo su dolor los 50 mil pesos que traía porque era eso o la vida. En pleno COVID, pero no la lastimaron.

Los paramédicos al fin arribaron y checaron los signos vitales de don «Freddy», su pulso ya no marcaba ningún latido de su corazón. Los dos disparos a la cabeza y uno a la espal­da cumplieron su cometido. Algu­nas empleadas lloran. No pueden salir del establecimiento porque ha llegado la policía, una cinta amarilla con letras negras asegura la escena.

Muchos clientes y vecinos se acercan alrededor, miran desde la distancia la Ranger roja y el cuer­po abatido. Recuerdan la sencillez de don Freddy, que pese a ser el patrón, siempre llegaba temprano para levantar el ánimo de sus em­pleados, atender él mismo a los clientes y darles a veces un pes­cadito de más para el caldo fa­miliar o los fritos de las fiestas.

Una mujer revela que es­cuchó tres detonaciones: du­ras, secas y pensó que eran cohetones, pero alcanzó a ver a unos de una moto que salían como alma que lleva el diablo. Da las señas: Uno traía una playera gris, el otro una especie de sudade­ra blanca.

Cuando el crimen corre como reguero de pólvora y es asunto cotidiano, un hom­bre comparte una videogra­bación y cuenta impresionado: «acaba de pasar mi amigo Cami­lo, a mi clínica, a saludarme que estaba yo entrenando, que quie­re comprar el terreno de al lado, al lado de mi clínica y se lo enseñé… Y ahorita me dicen las noticias de que lo acaban de matar, si acaba de estar conmigo ahorita… ¡No es po­sible! ¡No es creíble!». Don Fredy lleva la misma vestimenta con la que caerá abatido horas des­pués. Hasta el mismo tapabocas, que al final, cuando los sicarios cumplan su mensaje, queda­rá aplastado bajo su cuerpo ya sin vida.

 

 

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