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julio 28, 2021

Columnistas

Ni justo, ni moralmente aceptable

Décadas de dominio del PRI lo llevaron a secuestrar al Estado mexicano para mantenerse en el gobierno. Hasta Ernesto Zedillo, además del Ejecutivo, ese partido era el titular de los Poderes Legislativo o Judicial, el presidente era el jefe indiscutible de ellos, así como de gran parte de la prensa nacional que, sumisa y cobarde callaba y aplaudía junto a buen número de los “opinadores” que hoy manifiestan abierta y burdamente su odio a la administración de Andrés Manuel López Obrador, dado que personajes como Carlos Loret, Leo Zuckerman Ricardo Alemán, Ciro Gómez Leyva, Adela Micha, Maricarmen Cortes, Carlos Marín, Azucena Arestil y Denisse Dreser entre una veintena más de “periodistas”, apenas dos años antes igual aplaudían lo que hoy dicen detestar de AMLO. Nadie dice que el presidente y su gobierno sean infalibles, tampoco que dentro de ese intrincadísima estructura llamada burocracia federal no existan elementos corruptos; menos aún se ha dado un cheque en blanco. Desde luego hay fallas, casos de corrupción en los niveles medios y bajos del aparato público que deben acabarse o castigarse una vez probados los ilícitos mediante un juicio. Pero el odio hacia el mandatario NO responde a los errores, pifias u otros actos que pueden ocurrir y ocurren en todo gobierno del mundo, más aún cuando se trata de revertir vicios, no de los últimos 35 años de neoliberalismo a ultranza, sino prácticamente desde el porfiriato; ese rencor, mayormente clasista y hasta racista, proviene del “pecado” de Andrés Manuel López Obrador, por priorizar a las clases más desprotegidas del país sobre los grandes intereses privados o de las elites sociales y políticas. No acaban de entender la profundidad de la premisa del tabasqueño: “por el bien de todos, primeros los pobres”; es simple, hay muchos, pero muchos más pobres en México, millones de ellos, los ricos privilegiados más allá de si es producto de su esfuerzo, trabajo inventiva o visión empresarial, son muy pocos. Mantener ese statu quo por más tiempo resultaría peligroso tanto para el gobierno como para el sector económico-social más favorecido, además no era justo ni moralmente aceptable.

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