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Director Miguel Cantón Zetina

Momento de reflexionar y entregarse a dios

Lectura de la pasión de nuestro señor Jesucristo, según San Mateo.(26,14–27,66).

  1. En aquel tiempo, uno de los Doce, llamado Judas Iscariote, fue a los sumos sacerdotes y les propuso:
  2. «¿Qué estáis dispuestos a darme, si os lo entrego?»
  3. Ellos se ajustaron con él en treinta monedas. Y desde entonces andaba buscando ocasión propicia para entregarlo.
  4. El primer día de los Ázimos se acercaron los discípulos a Jesús y le preguntaron:
  5. -«¿Dónde quieres que te preparemos la cena de Pascua?»
  6. Él contestó:

+ «Id a la ciudad, a casa de Fulano, y decidle: “El Maestro dice: Mi momento está cerca; deseo celebrar la Pascua en tu casa con mis discípulos.”»

  1. Los discípulos cumplieron las instrucciones de Jesús y prepararon la Pascua.
  2. Al atardecer se puso a la mesa con los Doce. Mientras comían dijo:

+ «Os aseguro que uno de vosotros me va a entregar.»

  1. Ellos, consternados, se pusieron a preguntarle uno tras otro:
  2. «¿Soy yo acaso, Señor?»
  3. Él respondió:

+ «El que ha mojado en la misma fuente que yo, ése me va a entregar. El Hijo del hombre se va, como está escrito de él; pero, ¡ay del que va a entregar al Hijo del hombre!; más le valdría no haber nacido.»

  1. Entonces preguntó Judas, el que lo iba a entregar:
  2. «¿Soy yo acaso, Maestro?»
  3. Él respondió:

+ «Tú lo has dicho.»

  1. Durante la cena, Jesús cogió pan, pronunció la bendición, lo partió y lo dio a sus discípulos, diciendo:

+ «Tomad, comed: esto es mi cuerpo.»

C.. Y, cogiendo una copa, pronunció la acción de gracias y se la dio diciendo:

+ «Bebed todos; porque ésta es mi sangre, sangre de la alianza, derramada por todos para el perdón de los pecados. Y os digo que no beberé más del fruto de la vid, hasta el día que beba con vosotros el vino nuevo en el reino de mi Padre.»

  1. Cantaron el salmo y salieron para el monte de los Olivos.
  2. Entonces Jesús les dijo:

+ «Esta noche vais a caer todos por mi causa, porque está escrito: “Heriré al pastor, y se dispersarán las ovejas del rebaño.” Pero cuando resucite, iré antes que vosotros a Galilea.»

  1. Pedro replicó:
  2. «Aunque todos caigan por tu causa, yo jamás caeré.»
  3. Jesús le dijo:

+ «Te aseguro que esta noche, antes que el gallo cante, me negarás tres veces.»

C . Pedro le replicó:

  1. «Aunque tenga que morir contigo, no te negaré. »
  2. Y lo mismo decían los demás discípulos.
  3. Entonces Jesús fue con ellos a un huerto, llamado Getsemaní, y les dijo:

+ «Sentaos aquí, mientras voy allá a orar.»

  1. Y, llevándose a Pedro y a los dos hijos de Zebedeo, empezó a entristecerse y a angustiarse. Entonces dijo:

+ «Me muero de tristeza: quedaos aquí y velad conmigo.»

  1. Y, adelantándose un poco, cayó rostro en tierra y oraba diciendo:

+ «Padre mío, si es posible, que pase y se aleje de mí ese cáliz. Pero no se haga lo que yo quiero, sino lo que tú quieres.»

  1. Y se acercó a los discípulos y los encontró dormidos. Dijo a Pedro:

+ «¿No habéis podido velar una hora conmigo? Velad y orad para no caer en la tentación, pues el espíritu es decidido, pero la carne es débil.»

  1. De nuevo se apartó por segunda vez y oraba diciendo:

+ «Padre mío, si este cáliz no puede pasar sin que yo lo beba, hágase tu voluntad.»

  1. Y, viniendo otra vez, los encontró dormidos, porque tenían los ojos cargados. Dejándolos de nuevo, por tercera vez oraba, repitiendo las mismas palabras. Luego se acercó a sus discípulos y les dijo:

+ «Ya podéis dormir y descansar. Mirad, está cerca la hora, y el Hijo del hombre va a ser entregado en manos de los pecadores. ¡Levantaos, vamos! Ya está cerca el que me entrega.»

  1. Todavía estaba hablando, cuando apareció Judas, uno de los Doce, acompañado de un tropel de gente, con espadas y palos, mandado por los sumos sacerdotes y los ancianos del pueblo. El traidor les había dado esta contraseña:
  2. «Al que yo bese, ése es; detenedlo.»
  3. Después se acercó a Jesús y le dijo:
  4. «¡Salve, Maestro!»
  5. Y lo besó. Pero Jesús le contestó:

+ «Amigo, ¿a qué vienes?»

  1. Entonces se acercaron a Jesús y le echaron mano para detenerlo. Uno de los que estaban con él agarró la espada, la desenvainó y de un tajo le cortó la oreja al criado del sumo sacerdote. Jesús le dijo:

+ «Envaina la espada; quien usa espada, a espada morirá. ¿Piensas tú que no puedo acudir a mi Padre? Él me mandaría en seguida más de doce legiones de ángeles. Pero entonces no se cumpliría la Escritura, que dice que esto tiene que pasar.»

  1. Entonces dijo Jesús a la gente:

+ «¿Habéis salido a prenderme con espadas y palos, como a un bandido? A diario me sentaba en el templo a enseñar y, sin embargo, no me detuvisteis.»

  1. Todo esto ocurrió para que se cumpliera lo que escribieron los profetas. En aquel momento todos los discípulos lo abandonaron y huyeron. Los que detuvieron a Jesús lo llevaron a casa de Caifás, el sumo sacerdote, donde se habían reunido los escribas y los ancianos. Pedro lo seguía de lejos, hasta el palacio del sumo sacerdote, y, entrando dentro, se sentó con los criados para ver en qué paraba aquello. Los sumos sacerdotes y el sanedrín en pleno buscaban un falso testimonio contra Jesús para condenarlo a muerte y no lo encontraban, a pesar de los muchos falsos testigos que comparecían. Finalmente, comparecieron dos, que dijeron:
  2. «Éste ha dicho: “Puedo destruir el templo de Dios y reconstruirlo en tres días.”»
  3. El sumo sacerdote se puso en pie y le dijo:
  4. «¿No tienes nada que responder? ¿Qué son estos cargos que levantan contra ti?»
  5. Pero Jesús callaba. Y el sumo sacerdote le dijo:
  6. «Te conjuro por Dios vivo a que nos digas si tú eres el Mesías, el Hijo de Dios.»
  7. Jesús le respondió:

+ «Tú lo has dicho. Más aún, yo os digo: Desde ahora veréis que el Hijo del hombre está sentado a la derecha del Todopoderoso y que viene sobre las nubes del cielo.»

  1. Entonces el sumo sacerdote rasgó sus vestiduras, diciendo:
  2. «Ha blasfemado. ¿Qué necesidad tenemos ya de testigos? Acabáis de oír la blasfemia. ¿Qué decidís?»
  3. Y ellos contestaron:
  4. «Es reo de muerte.»
  5. Entonces le escupieron a la cara y lo abofetearon; otros lo golpearon, diciendo:
  6. «Haz de profeta, Mesías; ¿quién te ha pegado?»
  7. Pedro estaba sentado fuera en el patio, y se le acercó una criada y le dijo:
  8. «También tú andabas con Jesús el Galileo.»
  9. Él lo negó delante de todos, diciendo:
  10. «No sé qué quieres decir.»
  11. Y, al salir al portal, lo vio otra y dijo a los que estaban allí:
  12. «Éste andaba con Jesús el Nazareno.»
  13. Otra vez negó él con juramento:
  14. «No conozco a ese hombre.»
  15. Poco después se acercaron los que estaban allí y dijeron a Pedro:
  16. «Seguro; tú también eres de ellos, te delata tu acento.»
  17. Entonces él se puso a echar maldiciones y a jurar, diciendo:
  18. «No conozco a ese hombre.»
  19. Y en seguida cantó un gallo. Pedro se acordó de aquellas palabras de Jesús: «Antes de que cante el gallo, me negarás tres veces.» Y, saliendo afuera, lloró amargamente. Al hacerse de día, todos los sumos sacerdotes y los ancianos del pueblo se reunieron para preparar la condena a muerte de Jesús. Y, atándolo, lo llevaron y lo entregaron a Pilato, el gobernador. Entonces Judas, el traidor, al ver que habían condenado a Jesús, sintió remordimiento y devolvió las treinta monedas de plata a los sumos sacerdotes y ancianos, diciendo:
  20. «He pecado, he entregado a la muerte a un inocente.»
  21. Pero ellos dijeron:
  22. «¿A nosotros qué? ¡Allá tú!»
  23. Él, arrojando las monedas en el templo, se marchó; y fue y se ahorcó. Los sumos sacerdotes, recogiendo las monedas, dijeron:
  24. «No es lícito echarlas en el arca de las ofrendas, porque son precio de sangre.»
  25. Y, después de discutirlo, compraron con ellas el Campo del Alfarero para cementerio de forasteros. Por eso aquel campo se llama todavía «Campo de Sangre». Así se cumplió lo escrito por Jeremías, el profeta: «Y tomaron las treinta monedas de plata, el precio de uno que fue tasado, según la tasa de los hijos de Israel, y pagaron con ellas el Campo del Alfarero, como me lo había ordenado el Señor.» Jesús fue llevado ante el gobernador, y el gobernador le preguntó:
  26. «¿Eres tú el rey de los judíos?»
  27. Jesús respondió:

+ «Tú lo dices.»

  1. Y, mientras lo acusaban los sumos sacerdotes y los ancianos, no contestaba nada. Entonces Pilato le preguntó:
  2. «¿No oyes cuántos cargos presentan contra ti?»
  3. Como no contestaba a ninguna pregunta, el gobernador estaba muy extrañado. Por la fiesta, el gobernador solía soltar un preso, el que la gente quisiera. Había entonces un preso famoso, llamado Barrabás. Cuando la gente acudió, les dijo Pilato:
  4. «¿A quién queréis que os suelte, a Barrabás o a Jesús, a quien llaman el Mesías?»
  5. Pues sabía que se lo habían entregado por envidia. Y, mientras estaba sentado en el tribunal, su mujer le mandó a decir:
  6. «No te metas con ese justo, porque esta noche he sufrido mucho soñando con él.»
  7. Pero los sumos sacerdotes y los ancianos convencieron a la gente que pidieran el indulto de Barrabás y la muerte de Jesús. El gobernador preguntó:
  8. «¿A cuál de los dos queréis que os suelte?»
  9. Ellos dijeron:
  10. «A Barrabás.»
  11. Pilato les preguntó:
  12. «¿Y qué hago con Jesús, llamado el Mesías?»
  13. Contestaron todos:
  14. «Que lo crucifiquen.»
  15. Pilato insistió:
  16. «Pues, ¿qué mal ha hecho?»
  17. Pero ellos gritaban más fuerte:
  18. «¡Que lo crucifiquen!»
  19. Al ver Pilato que todo era inútil y que, al contrario, se estaba formando un tumulto, tomó agua y se lavó las manos en presencia de la multitud, diciendo:
  20. «Soy inocente de esta sangre. ¡Allá vosotros!»
  21. Y el pueblo entero contestó:
  22. «¡Su sangre caiga sobre nosotros y sobre nuestros hijos!»
  23. Entonces les soltó a Barrabás; y a Jesús, después de azotarlo, lo entregó para que lo crucificaran. Los soldados del gobernador se llevaron a Jesús al pretorio y reunieron alrededor de él a toda la compañía; lo desnudaron y le pusieron un manto de color púrpura y, trenzando una corona de espinas, se la ciñeron a la cabeza y le pusieron una caña en la mano derecha. Y, doblando ante él la rodilla, se burlaban de él, diciendo:
  24. «¡Salve, rey de los judíos!»
  25. Luego le escupían, le quitaban la caña y le golpeaban con ella la cabeza. Y, terminada la burla, le quitaron el manto, le pusieron su ropa y lo llevaron a crucificar. Al salir, encontraron a un hombre de Cirene, llamado Simón, y lo forzaron a que llevara la cruz. Cuando llegaron al lugar llamado Gólgota (que quiere decir: «La Calavera»), le dieron a beber vino mezclado con hiel; él lo probó, pero no quiso beberlo. Después de crucificarlo, se repartieron su ropa, echándola a suertes, y luego se sentaron a custodiarlo. Encima de su cabeza colocaron un letrero con la acusación: «Éste es Jesús, el rey de los judíos.» Crucificaron con él a dos bandidos, uno a la derecha y otro a la izquierda. Los que pasaban lo injuriaban y decían, meneando la cabeza:
  26. «Tú que destruías el templo y lo reconstruías en tres días, sálvate a ti mismo; si eres Hijo de Dios, baja de la cruz.»
  27. Los sumos sacerdotes con los escribas y los ancianos se burlaban también, diciendo:
  28. «A otros ha salvado, y él no se puede salvar. ¿No es el rey de Israel? Que baje ahora de la cruz, y le creeremos. ¿No ha confiado en Dios? Si tanto lo quiere Dios, que lo libre ahora. ¿No decía que era Hijo de Dios?»
  29. Hasta los bandidos que estaban crucificados con él lo insultaban. Desde el mediodía hasta la media tarde, vinieron tinieblas sobre toda aquella región. A media tarde, Jesús gritó:

+ «Elí, Elí, lamá sabaktaní.»

  1. (Es decir:

+ «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?»)

  1. Al oírlo, algunos de los que estaban por allí dijeron:
  2. «A Elías llama éste.»
  3. Uno de ellos fue corriendo; en seguida, cogió una esponja empapada en vinagre y, sujetándola en una caña, le dio a beber. Los demás decían:
  4. «Déjalo, a ver si viene Elías a salvarlo.»
  5. Jesús dio otro grito fuerte y exhaló el espíritu.

Todos se arrodillan, y se hace una pausa

  1. Entonces, el velo del templo se rasgó en dos, de arriba abajo; la tierra tembló, las rocas se rajaron. Las tumbas se abrieron, y muchos cuerpos de santos que habían muerto resucitaron. Después que él resucitó, salieron de las tumbas, entraron en la Ciudad santa y se aparecieron a muchos. El centurión y sus hombres, que custodiaban a Jesús, el ver el terremoto y lo que pasaba, dijeron aterrorizados:
  2. «Realmente éste era Hijo de Dios.»
  3. Había allí muchas mujeres que miraban desde lejos, aquellas que habían seguido a Jesús desde Galilea para atenderlo; entre ellas, María Magdalena y María, la madre de Santiago y José, y la madre de los Zebedeos. Al anochecer, llegó un hombre rico de Arimatea, llamado José, que era también discípulo de Jesús. Éste acudió a Pilato a pedirle el cuerpo de Jesús. Y Pilato mandó que se lo entregaran. José, tomando el cuerpo de Jesús, lo envolvió en una sábana limpia, lo puso en el sepulcro nuevo que se había excavado en una roca, rodó una piedra grande a la entrada del sepulcro y se marchó. María Magdalena y la otra María se quedaron allí, sentadas enfrente del sepulcro. A la mañana siguiente, pasado el día de la Preparación, acudieron en grupo los sumos sacerdotes y los fariseos a Pilato y le dijeron:
  4. «Señor, nos hemos acordado que aquel impostor, estando en vida, anunció: “A los tres días resucitaré.” Por eso, da orden de que vigilen el sepulcro hasta el tercer día, no sea que vayan sus discípulos, roben el cuerpo y digan al pueblo: “Ha resucitado de entre los muertos.” La última impostura sería peor que la primera.»
  5. Pilato contestó:
  6. «Ahí tenéis la guardia. Id vosotros y asegurad la vigilancia como sabéis.»
  7. Ellos fueron, sellaron la piedra y con la guardia aseguraron la vigilancia del sepulcro.

 

PALABRA DE DIOS. TE ALABAMOS, SEÑOR.

 

Palabra evangelizadora

Por Monseñor Gerardo

De Jesús Rojas López

OBISPO DE TABASCO

[email protected]

 

Reflexión del Santo Evangelio

En el libro del Profeta Isaías, nos narra el perfil del “Siervo de Yahvé”, en el que los judíos veían representado al pueblo de Israel perseguido e incomprendido por los otros pueblos. Los cristianos vemos en el “Siervo” la prefiguración del Mesías sufriente, que en la cruz recibe insultos y salivazos, que ofrece la espalda a los que le golpean. No es un loco ni un necio, sino alguien que se fía de Dios y cumple su voluntad. Por eso, no se acobarda ni se echa atrás ante el sufrimiento o la misma muerte. Sabe que el Señor le ayuda y que no quedará avergonzado. A pesar de la sensación de abandono y hasta desesperación que refleja el salmo 21 ¡Dios mío, Dios mío!, ¿por qué me has abandonado? implora la ayuda de Dios y sabe de quien se ha fiado.

En este día la Iglesia también nos propone mediar en el himno cristológico de la carta a los Filipenses en el que se refleja la entrega de Jesús, hasta vaciarse por nosotros. Este despojo lleva un nombre técnico en teología: es la “kenosis” de Cristo. Kenosis viene del griego “kenos”, que significa precisamente “vacío”. Se concretizó en una obediencia total a su misión, que era la voluntad del Padre. Y no sólo aceptó esta obediencia, sino que escogió también el vivirla hasta el final, “hasta la muerte y la muerte en la cruz”, esta muerte que era reservada a los malhechores o a los esclavos. En este sentido, Jesús dio libremente su vida. El anonadamiento de Cristo es la puerta que conduce a la glorificación. El centurión desvela todo el enigma que Marcos ha mantenido en secreto durante todo su evangelio. Sólo en la cruz se desvela el misterio. Ese Jesús crucificado es “verdaderamente el Hijo de Dios”, es el Cristo, Mesías Ungido y esperado por el pueblo. Este himno nos introduce en el misterio pascual, muerte y resurrección de Cristo que vamos a celebrar en el Triduo Santo.

Jesús en este domingo de Ramos es aclamado por aquellos que después van a quitarle de en medio. Todo esto ocurre porque Jesús se mete en el mundo, asume el dolor de todos los hombres que hoy son “crucificados”. Jesús se empeña en estar en todos los líos, se sitúa en las entrañas de la vida, allí donde se juega el futuro de la humanidad. El mundo es su sitio. No le va la muerte ni la marginación siempre injusta. Lucha por acabar con todo aquello que degrada al hombre, que le humilla y hunde en el abismo. Fue valiente, por eso le mataron tanto el poder político como el religioso. Pero Jesús sigue muriendo hoy día.  Nosotros seguimos crucificando a muchos “cristos” y gritando: “¡Crucifícalo!”. Muchos hombres siguen viviendo su “pasión”: mujeres maltratadas, niños esclavizados, gente sin empleo, cansados de buscar trabajo, millones de personas que mueren de hambre. ¿Con qué personaje de la pasión nos identificamos? ¿Con Pedro que le negó, con Judas que le traicionó, con el pueblo que no le acepta, o con Juan y las mujeres que le acompañaron?

Oremos y contemplemos la Pasión y la muerte de Cristo, nos hará bien el encuentro con Aquel que nos ha creado por él y para él, podemos exclamar con San Pablo al contemplar el Crucificado: “Me amó y se entregó por mí”. En estos días de estar en casa, sin salir, Jesucristo viene a nosotros y nos trae su paz, consuelo y compañía para sosegar el alma y darnos su protección. Que la entrega de Jesucristo por nosotros nos ayude a entregarnos a los hermanos y a ser más humanos cada día. Le podemos decir con toda nuestra Fe: “Tú, Señor, aceptaste rendidamente los extraños planes del Padre eterno”. Él había proyectado una historia sangrienta para su Hijo unigénito. Uno de los suyos le traicionaría, uno de los doce que él había elegido de entre una gran multitud.

Todo comenzaría en una noche densa, cuando estaba rezando, postrado en una soledad profunda, indefenso y asustado. Le atarían como a un bandido, alumbrando con antorchas que no lograban romper la negra noche. Un juicio bien amañado, unos testigos falsos, una bofetada seca al menor intento de una contestación clara. Sometido al tribunal romano, viendo cómo los suyos, a los que tantas veces benefició, su mismo pueblo le negaba con rabia, pidiendo a gritos desaforados su muerte en una cruz. Y tú, Jesús, callabas, aceptando dócil como manso cordero cuanto quisieron hacer contigo, todo aquello que se veía abocar a un trágico final. Nosotros también queremos aceptar los planes de Dios. Digámoslo con sinceridad, con espíritu de entrega, confiando plenamente en la voluntad divina: Sea lo que sea, Señor. Lo acepto, lo quiero, lo deseo. Sólo te pedimos que nos des fuerzas para vivir nuestra pasión de forma parecida a como tú viviste la tuya.

Cuando se acercaban, escondidos en la noche, te pusiste en pie. No para huir, sino para salirles al encuentro. ¿A quién buscan? preguntaste. A Jesús Nazareno, dijeron. Yo soy contestaste. Decidido a la entrega, fuerte, lejos del miedo y la angustia de antes, sereno y majestuoso. La fuerza de Dios había aparecido en la debilidad de tu carne. Luego, ante Pilato, hablarás con acierto, dueño absoluto de la situación. Aparecerás ante los tuyos, esos que te rechazan, vestido con las insignias reales. Una corona, un cetro, un manto de púrpura. Y el pretor romano dirá solemnemente: He ahí a su rey. La cruz será tu trono, el primer paso ascendente hacia la exaltación que se aproximaba. Y detrás de la sangre cuajada, de las lágrimas resecas, detrás de tu figura doliente, el buen ladrón descubre tu grandeza de rey eterno. Acuérdate de mí cuando estés en tu reino, dijo aquel infeliz. Y tú, imponente, seguro y victorioso: En verdad te digo que esta tarde estarás conmigo en el paraíso.  Haz, Jesús, que también nosotros nos apoyemos en el brazo de Dios, caminando, sufriendo, pero serenos, por nuestro propio viacrucis.

En el pórtico de la Semana Santa, con el Domingo de Ramos, se entrecruzan dos sentimientos: el gozo (al ver cómo Jesús es aclamado) y la tristeza (mañana todo será llanto). Y, por esa puerta, adentrándonos en Jerusalén acompañamos a Jesús que nos invita a vivir con El, auténticas horas de pasión, entrega, amor, donación, sacrificio, muerte y resurrección. ¿Seremos capaces de meternos de lleno en la solemnidad de la Pascua? ¿Somos conscientes de que, nuestro ser cristiano, arranca y nace de la Pascua del Señor? Jesús va a la cabeza. No se esconde. Hoy, su rostro es halagado por miles de palmas, pero, en Viernes Santo, será abofeteado por la burla, la incomprensión o el escarnio. En ninguna de las dos situaciones, Jesús, se echó atrás. Sabía que, su misión, iba a ser probada por diversos contrastes: gloria y desdicha, triunfo y fracaso, júbilo y desnudez.

Con Cristo, en este domingo de ramos, iniciamos una impresionante peregrinación hacia el culmen de su misión. Vamos con él y, además, lo hacemos siguiendo sus indicaciones. El Señor quiere celebrar la Pascua ¿por qué no vivirla, especialmente este año, como si fuera la primera vez? ¿Por qué no vivir intensamente cada gesto y cada oración, cada palabra y cada silencio que nos conducen hacia el rostro auténtico de Dios?. En el inicio del Domingo de Ramos se encuentran los vítores y las aclamaciones, pero allá al fondo sobre un montículo, Jesús divisa el horizonte donde, el próximo Viernes Santo, se alzará una cruz exponente del mucho amor que Dios nos tiene. Una cruz que, lejos de estar vacía, estará colmada por un cuerpo que, en esas horas, será olvidado, insultado, silenciado y traicionado.

Hoy, la alegría, hace que se sacudan palmas al viento. En la tarde de Viernes Santo, las voces enmudecerán por cobardía. La cruz se alzará en la más absoluta soledad (con la sola presencia de Juan y de María) y, como alabarderos, aun lado y otro, dos ladrones que ante iguales ofertas responderán de formas diferentes. Hoy con esta manifestación pública de nuestro afecto a Jesucristo expresamos esa gran procesión que, como cristianos, estamos realizando a la Jerusalén celeste. ¿Servirán de algo nuestros ramos bendecidos? ¿Sonarán a sinceros nuestros cánticos jubilosos? ¡Por supuesto que sí! Frente al intento, por diversos estamentos, de coartar nuestra libertad religiosa; de planificarnos una sociedad sin más perspectiva que sus propias murallas, los cristianos sabemos que, una ciudad, nos aguarda al final de nuestra existencia: el cielo.

Jesús, si se aventuró a dar estos pasos finales que le llevaron a la muerte, es porque así lo creía: era paso previo y obligado para cumplir su misión; para introducirse en la Patria celeste y, para que junto con él, también nosotros podamos participar de esa conquista. ¿Y aún hay quien se resiste a aclamar a Jesús como Señor y como Rey? Que, de nuestras gargantas, y desde muestra casa, con nuestra familia, entonemos cánticos de alegría y de alabanza: ¡Bendito el que viene en el nombre del Señor! Porque necesitamos un poco de cielo, un poco de Dios, un poco de eternidad. Porque le necesitamos en estos días difíciles, de sufrimiento, de calvario, de agonía. Porque, entre otras cosas, necesitamos seguir a Jesús por ese camino que nos lleva derechos a la comunión con Dios Padre.