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los datos duros

Mercaderes de la información y sicarios de la pluma

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Un sujeto, al que previamente se le ha dado un micrófono, habla sobre las noticias que convienen a la empresa donde trabaja. El personaje, que tiene los reflectores que su empleador le ha comprado, comienza a hacerse habitual entre la gente.

Las cosas que dice, sus “noticias”, comienzan a verse en los hogares y en las televisiones mexicanas. Pasado un tiempo, la gente lo reconoce. Muchas veces, el personaje eleva la voz o grita, de plano, para que sus afirmaciones causen mayor sensación.

Durante un tiempo logra hacerle creer a las personas que es periodista. Pero no sale a reportear, no sabe redactar: se le dificulta elaborar un par de enunciados coherentes y repudia tener contacto con la gente. La edición de textos no es su fuerte y la ortografía es su enemiga más acérrima. Su jefe, el dueño del medio donde trabaja, percibe que su empleado no es precisamente brillante y, por más que lo regaña o amenaza con despedirlo, el tipo no logra articular dos frases seguidas.

El empresario, que es persona práctica, manda a comprar un Teleprónter para que sirva a su empleado como faro alumbrador. Pese a todo, el “periodista” desatina. Pero, el jefe, después de tanto reconvenirlo, se da cuenta de que sus yerros y sus pifias tampoco son tan graves. Y dispensa su estupidez.

Al fin y al cabo, aquella bestezuela, mal que bien, ha hecho lo que se le ha pedido: dar buena prensa a los enemigos o, en su defecto, ser zalamero con aquellos que se le ha ordenado. Pero ¿quién es el jefe, el gran titiritero que está detrás de un personaje tan anodino?

En la pregunta está la respuesta: se trata de un empresario, que a pesar de no saber un comino sobre periodismo, ha entendido dos frases: que “la información poder” y que “quien pega primero, pega dos veces”. Y sobre ellas ha montado su negocio. Los nombres y apellidos de estos patrones usted los conoce bien: Azcárraga, Salinas Pliego, Junco de la Vega, etcétera.

Los nombres de sus marionetas usted los conoce mejor: López-Dóriga, Gómez Leyva, Riva Palacio, Dresser, Sarmiento, etcétera. Pero lo que usted también sabe, o debería saber, es que ninguno de ellos es periodista ni le interesa serlo. Estos señores (y señoras), que han tenido secuestrados periódicos, revistas, radiodifusoras y plataformas digitales son, en todo caso, mercaderes de la información y sicarios de la pluma que, desde hace décadas, se han aliado para engañar a nuestro país.

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