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Maximiliano y el Químico [SEGUNDA PARTE]

La cortesía me obliga a darle una respuesta, aunque no me haya sido posible meditarla, pues como usted comprenderá, el delicado e importante cargo de Presidente de la República absorbe todo mi tiempo sin descansar ni aún por las noches”.

Ahí claramente don Benito le está expresando que él era el Presidente de la República, pero Maximiliano no aprendió la lección. Es que era superficial y flotante. Como todo aquel al que no le ha amanecido.

No aprendió la lección de su esposa que se regresó a Francia para reclamar a Napoleón, ‘El Pequeño’, el apoyo que les había prometido. No aprendió la lección de que había sido traído a México por la iglesia y los conservadores y se quiso comportar como si fuera liberal.

Tampoco aprendió que una mujer casada se respeta y ahí nos va la vida, y cuando llegó a Cuernavaca para descansar en la Quinta Borda se prendó de Concepción Sedano que estaba casada.

La sedujo (como quiera que sea era conocido como emperador) y la hizo su mujer y tuvo un hijo con ella. Como ven no eran pocas las señales de que su desgraciado imperio no iba a perdurar, pero él estaba negado para aprender de la vida.

Ya cuando estaba sitiado en Querétaro, inconsciente aún de la situación en que se encontraba, por no tener la capacidad de aprender, le pidió a la princesa Salm Salm hermosa mujer estadounidense (famosa por sus múltiples intentos por salvar la vida del emperador Maximiliano I de México y haberle rogado al presidente Benito Juárez por la vida del emperador y la de su esposo el príncipe Félix de Salm-Salm) que se trasladara a San Luis Potosí, para convencer al presidente Juárez de que le otorgara la libertad a Maximiliano para que saliera del país.

Cuenta la historia que la princesa, de plano se le ofreció al Presidente en toda su hermosura y que don Benito apenado le dijo: “No soy yo señora, es la Ley la que lo juzga”. Porque Maximiliano nunca aprendió la lección.  Y el químico tampoco.

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