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Don Vicente, que rentaba una casita enfrente de su carnala, podía sentir la crueldad de Sandra.

Estado de México

Maltratos diarios contra niña de 4 años

Un tío abuelo señala a su hermana, sobrinas y hermanastro de violencia contra una niña de apenas 4 años. Cuenta lo que se vive entre muros en un hogar como cualquiera.

IXTAPALUCA, Estado de Méxi­co.— Cuando el guardia de se­guridad Vicente «T» supo que perdería la visión, luego de su­frir un asalto en el municipio de Zumpango, tomó la decisión de rentar su casa e irse a vivir a Ixtapaluca, cerca de Cristina, su hermana mayor.

Lo que hubiera podido ser una fuente de felicidad, se con­virtió en un pozo amargo nada más ver cómo vivía su hermana, las dos hijas de ésta y una niete­cita de apenas cuatro años.

Por la única que sentía com­pasión don Vicente era por su sobrina nieta. La hija mayor de doña Cristina no podía cuidar a su niña, era madre y padre a la vez y todo el día estaba fuera para traer el pan a la mesa.

La abuela que ya rozaba los 60 años hacía lo que podía para cuidarla. A veces se exasperaba y gritaba a la pequeña que se cal­mara, otras la amenazaba que si no dejaba de llorar la iba a chan­clear. En varias ocasiones, en su desesperación, arrolló a la niña con todo y la carreola.

Otro problema era cuando la anciana se dormía y la nieteci­ta quedaba a merced de la otra hija de doña Cristina: Se lla­maba Sandra, tenía 40 años de edad, pero se comportaba como si tuviera la misma edad que su sobrina. No tenía la culpa, había nacido con un dictamen de re­traso moderado.

Todos esto lo fue descubrien­do don Vicente, que rentaba una casita enfrente de su carnala. Ahora que casi no veía podía sentir la crueldad de Sandra, el desentendimiento de la ma­dre de la niña con la excusa del trabajo, y la impaciencia de la abuela.

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«Se supone que cuando en­vejecemos nos hacemos más sabios, pero honestamente ra­ras veces se cumple esta regla», piensa don Vicente cuando le toca medio ver y escuchar estas escenas.

 

«LA SAL PARECE AZÚCAR»

Lo peor es cuando llegaba el medio hermano de la pequeña. El morrito de 11 años no deja­ba escapar nunca la oportu­nidad para espantar a la niña, maltratarla su pretexto de que estaban jugando. La infanta acababa llorando. Y lo pero era que cuando le daba sueño, en vez de dejarla dormir, los adul­tos se gritaban unos a otros que no la dejaran cerrar los ojos porque si no en la noche nadie podría pegar la pestaña.

«¡Cómo si se pararan a las tres de la mañana para irse a tra­bajar como lo hice yo por más de dos décadas!», masticaba entre dientes don Vicente.

Había intentado ayudar de muchos modos prácticos, cui­dando a su nietecita, sobre todo de Sandra y del hermanastro. Pero lo que lo convenció a con­vertirse en un ángel con alas protectoras para su sobrina nie­ta fue día que en la vía pública, cuando toda la familia iba al mandado, la niñita se soltó de la madre al mismo tiempo que el perro de su correa.

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Por insólito que parezca, en vez de ir tras la niña que peli­graba en medio del tráfico, los adultos se lanzaron a atrapar al perro.

Ahora don Vicente, que tie­ne una jubilación asegurada, se pasa todos los días en la casa de su hermana. Nadie imagina lo que sucede adentro. «La sal pa­rece azúcar», reflexiona mien­tras ve a su consanguínea dando consejos toda la tarde por telé­fono a terceros o escucha cómo suspira y se queja «del amargo destino que le tocó vivir».

Una amiga de don Vicente le aconseja que acuda al DIF para denunciar los maltratos a la me­nor. El tío abuelo lo piensa. No le temblaría la mano ir a poner una denuncia contra todos. La paciencia aún no se agota. (CC).

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