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Los tesoros de la familia

Desde los orígenes, Dios ha que­rido que la familia comience con el amor de un hombre y de una mujer, cuando ambos se dan el uno al otro y ordinariamente ese amor fructifica en los hijos; en ellos se prolonga su entrega bus­cando siempre la plenitud. Por eso la gran satisfacción de un pa­dre y de una madre es contem­plar la realización de sus hijos en la vida, así como también es cau­sa de gran sufrimiento cuando el hijo o la hija no logran encontrar su camino.

Una importante preocupación de la familia en este momento di­fícil de nuestra historia, que nos exige quedarnos en casa, son los niños. En cada uno de ellos exis­te un potencial humano extraor­dinario, una riqueza maravillosa que se manifiesta en curiosidad, imaginación, preguntas, inquie­tud, energías físicas, de tal ma­nera que llegamos a decir: “los niños no se cansan”, ellos gritan, juegan, corren, saltan. Por eso un niño necesita espacio suficiente para estar y vivir. Pero los niños son, sobre todo, la esperanza de un mundo mejor, de la formación integral que reciban primero en su propia familia y después como ayuda, la escuela, dependerá si lle­gan a ser grandes mujeres y hom­bres, buenos ciudadanos e hijos de Dios en la sociedad.

Por eso es tan importante la familia, de su bienestar integral, de su ambiente cálido, cordial y ejemplar dependerá la paz, la justicia, la cordialidad y la buena marcha de la sociedad. Lamenta­blemente los grandes desajustes que existen hoy en el funciona­miento del conglomerado social se deben, sobre todo, a la situa­ción problemática que enfrenta la familia.

En el intento de observar la medida sanitaria de quedarnos en casa, se suscitan serias dificul­tades con los niños, de manera especial, cuando la casa es muy pequeña o también cuando una familia, por su pobreza económi­ca, ocupa un único espacio como cocina, comedor y para dormir. En muchos casos, los niños no tienen espacio para correr, ju­gar, gritar, y, más aun, cuando los padres no tienen una buena relación y los niños son testigos de pleitos y maltrato entre ellos, cuando escuchan insultos y pa­labras ofensivas de sus mayores. Pero pensemos también en el mal trato infantil, la crueldad en muchos castigos o la descarga de la ira del papá o de su mamá.

 

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