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La presencia de la mujer en la familia

Cuando Dios creó al hombre y a la mujer les dio la misma dig­nidad, ninguno inferior o su­perior, pero los hizo diferentes en su cuerpo, en su psicología, en su manera de pensar, en su afectividad, etc.; los hizo com­plementables, de modo que en la vida conyugal están llama­dos a ser uno en el amor.

En el hogar, el papel que des­empeña la mujer es fundamen­tal para la buena marcha de una familia, sus características pro­pias, su femineidad, su ternura, sus detalles, la capacidad de pre­visión que tiene. La maternidad de la mujer que no se realiza ex­clusivamente durante el emba­razo, sino que se prolonga en la vida de los hijos, es una caracte­rística de incalculable valor. La dedicación propia de una madre para estar cerca de sus hijos, de acompañarlos en sus tareas, en la enfermedad y en los momen­tos difíciles, es algo que marca sus vidas para siempre.

Es precisamente ella la que pone el toque de calidez en la casa, el vínculo de unidad en la familia y la que siembra espe­ranza. Por eso, en el ángulo de la fe, la mujer es también la pri­mera catequista desde que tie­ne al niño en sus brazos y por ella tenemos la primera expe­riencia de Dios que nos ama con ternura y nos protege.

Actualmente muchas mujeres tienen que trabajar también fue­ra del hogar y nadie puede dudar de su capacidad, responsabilidad y eficiencia en la vida de la socie­dad, sin embargo, es muy impor­tante que no se descuide su rol tan esencial en la vida intrafamiliar; cuando esto sucede, es notable su ausencia y se ven las serias conse­cuencias en la vida de los hijos.

Hoy, cuando las circuns­tancias de esta pandemia nos piden permanecer en casa, te­nemos que redescubrir y valo­rar este trabajo femenino. En este momento es clave su pre­sencia para animar, para unir, reconciliar, para seguir derra­mando su ternura y llenar de detalles el hogar. Los primeros padres de la Iglesia decían que así como por una mujer (Eva), entró la muerte en el mundo, por otra mujer (María) vino la vida al mundo. La mujer en Cristo tiene la gran vocación de ser germen de vida en el se­no de la familia, y hoy, más que nunca, el mundo necesita la vi­da en abundancia.

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