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La muerte tiene permiso…

El tabasqueño ya decidió su suerte: enfrentar al Covid-19 sin importar consecuencias.

Los exhortos quedaron como repiques de campana de pueblo.

Desafiar a la muerte es el paroxismo del gen suicida y del “orgullo” que yace en la dermis de este pedazo de trópico. Triste y bochornoso espectáculo.

Que Tabasco sea el epicentro del “infernal” virus, parece extasiar el ego social, al tiempo que otorga inmunidad imaginaria a cada uno de los “valientes” paisanos que abarrotan avenidas, callejuelas y mercados.

Aquí, recordando el poema de Gorostiza, se vive “una muerte sin fin”.

Es más penoso morir de hambre que de COVID-19; y es penoso, porque se hiere el orgullo; y es penoso, porque el morbo como espectáculo desmitifica la abundancia del edén.

Todo -escribió Elías Nandino– será devorado pero no el amor ardiente de mi polvo enamorado, parecen musitar las parejas que se besan en los parques públicos mientras los muertos regresan al polvo.

No hay confinamiento, no existe la cuarentena; pero el tabasqueño exige el restablecimiento de derecho antropológico: la venta de cerveza, porque, se podrá morir de Covid, pero no de hambre ni de falta de cerveza.

Ya se venció la gripe española, la viruela, el paludismo, el cólera, el A (H1N1); el “Chichonal” y las inundaciones.

Se ha soportado estoicamente todo. Esto, subyace en la psicología social; esto alienta pues, componer odas a la muerte.

Hasta hoy, van 2,486 casos confirmados, 310 personas fallecidas y 683 pacientes activos.

Los de la Secretaría de Salud, desde hace mucho no existen.

La muerte tiene permiso.

O usted ¿Qué opina?

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