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La misericordia en la familia

La misericordia es un concepto que ordinariamente manejamos al referirnos a la relación con los demás y a nuestro trato con Dios, en diversas ocasiones emplea­mos la palabra como sinónimo de compasión o de apiadarse de alguien. Nada mejor para com­prenderla que el sentido original del concepto en el idioma hebreo que habló Jesús. Los estudiosos de la Biblia nos dicen que, con to­da probabilidad, la palabra que habrá usado para referirse a mi­sericordia, es raham. En hebreo, raham era un verbo que refería a la acción o el estado de ser mise­ricordioso. Raham era un verbo denominativo, es decir, un ver­bo derivado de un sustantivo: re­chem, que significa útero.

Si nos detenemos en este sig­nificado, cuando hablamos de mi­sericordia, nos estamos refiriendo al útero de Dios, es el lenguaje de la relación madre-hijo, una rela­ción de cuidado, protección, ali­mento y crianza. La misericordia de Dios, entendida en este sen­tido, implica que el Señor se pa­rece a una mamá que alimenta a sus hijos aun antes de que ten­gan hambre, los hace descansar y los protege previendo un peligro, cuando el niño está aprendiendo a caminar y se cae, la mamá lo le­vanta y si vuelve a caer, una y otra vez lo levanta con ternura, si se enferma, está a su lado y lo cuida como a la niña de sus ojos.

Para nosotros es maravilloso saber y experimentar la miseri­cordia de Dios que nos ama de la misma manera y que está pen­diente de todas nuestras necesi­dades, aun cuando no nos demos cuenta. Cuando nos vamos de la casa, es decir, nos alejamos de su presencia, siempre nos espera, sale a nuestro encuentro, no nos reprocha nada y nos cubre de be­sos. Dios es la fuente de toda mi­sericordia; estamos llamados a ser embajadores de esa miseri­cordia, guiando a otros de vuelta al hogar de su Padre y alegrandonos con su retorno.

¿Y nuestra familia vive la mi­sericordia?, ¿La expresamos desde la parte más profunda de nuestro ser? No siempre la pode­mos encontrar así en la relación de muchos hogares. Se dan situa­ciones de resentimientos, de acti­tudes de venganza, miembros de la familia que llevan tiempo sin hablarse. Las faltas de atención y cuidado paciente a los más vulne­rables, a los abuelos, los inválidos, el mal trato a los niños, en fin, la violencia intrafamiliar.

 

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