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La fe que obedece

Uno de los personajes que en las Escrituras destaca, es Abraham, un hombre común de su tiempo que tuvo el fa­vor de Dios. Cuando Dios llama a Abraham a salir de su tierra y dejar atrás su parentela, él sale sin vacilar. Dios no le dijo exactamente a dónde iba y aun a ciegas, él obede­ció. Dios le había hecho grandes promesas a Abram. Años después, sin descendencia, Abram se preguntaba cómo sería posible que la promesa de Dios se cumpliera, pero Dios le recordó Su promesa y Abram le creyó. Esta fe le fue contada por justicia, lo cual es el corazón del evange­lio. Abraham no tuvo que “ver para creer”. Él creyó la pro­mesa de Dios aun sin ver una descendencia. Dios hizo un pacto con él, y a Abraham solo le tocaba creer.

La fe obedece a Dios independientemente de las cir­cunstancias o consecuencias, y no tiene temor al hombre. La obediencia trae bendición.

Tal como Abraham, hoy somos desafiados a salir de nuestra normalidad o comodidad en la cual hemos esta­do viviendo y salir a peregrinar en un mundo lleno de pe­ligros y de muerte, pero con la seguridad que el Dios que acompañó a Abraham en su viaje, nos acompañará tam­bién a nosotros. Sólo es necesario creer.

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