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Opinión

«La Cosa»

Publicada

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Por Héctor Tapia

 

En 1938, el escritor de ciencia ficción, John W. Campbell, escribió una trepidante novela que publicó en la revista Analog Science, bajo el seudónimo de Don A. Stuart, titulada «Who Goes There?» («¿Quién anda ahí?»). Si bien tuvieron que pasar 35 años para que la obra fuera reconocida como uno de los mejores relatos de ciencia ficción escritos hasta entonces.

La novela ha sido llevada al cine en tres ocasiones (1951, 1982 y 2011), aunque fue el filme dirigido por John Howard Carpenter, titulado La Cosa (The Think), el que logró con­solidarse como una película de culto.

Todo inicia en una escena donde se observa huyendo a un hermoso perro de raza Alaskan Malamute en medio de la Antártida mientras dos hombres noruegos intentan cazarlo des­de un helicóptero. Científicos estadounidenses de una estación de investigación de la zona, alertados por los disparos y sin lograr comu­nicación con los pilotos, terminan baleando la nave, que acaba precipitándose a la nieve e incendiándose.

En realidad, los noruegos —únicos sobrevi­vientes de otra estación, ubicada a kilómetros de ahí— intentaban matar a «La Cosa», un extraterrestre que hallaron enterrado entre el hielo dentro de una caverna y deciden trasladarlo, cubierto por un témpano hasta una bodega de su campamento, para descongelarlo e investigar a la extraña especie amorfa que, según la historia, tendría 100 mil años enclaus­trada en aquel lugar.

En el desarrollo de la película la extraña criatura despierta para atacar e invadir de forma parasitaria —al más puro estilo priis­ta— a los investigadores estadounidenses, pero este longevo vividor descongelado tiene una ca­racterística que genera una confusión terrible: el extraterrestre tiene la capacidad biológica de copiar la forma, los recuerdos y la persona­lidad de cualquier ser viviente que devora.

Algo así como lo que le sucede en este sexe­nio a Morena, que ha venido siendo devorado por longevos priistas parasitarios, que como «La Cosa» han invadido al Movimiento de Regeneración Nacional copiando las for­mas de auténticos militantes y camuflándose como políticos honrados y progresistas que repiten sin el menor pudor frases como: «trabajamos a favor del proyecto de nación», «defendamos la esperanza» y en el absurdo de la desfachatez recetan en sus discursos la frase acuñada por el Presidente: «primero los pobres».

 

Hoy «La Cosa priista», con su propia ca­pacidad biológica de camuflarse, fingiendo ser «otros», se ha multiplicado, esparcido y encaramado en el poder estatal de Tabas­co, controlando todo: el Ejecutivo, el Legis­lativo y hasta el Judicial, transformados en pulcros militantes de Morena por fuera, pero con terribles pasados de corrupción y viejas prácticas por dentro, ocultas en lo más profundo de su ser, pero que tarde o temprano terminará revelándose.

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El fenómeno descrito líneas arriba, quitando ironía y humor, es real. El movimiento nacional fundado por el Presidente Andrés Manuel López Obrador ha sido infiltrado por priistas en Tabasco y es precisamente ese «lopezobra­dorismo» generalizado entre los tabasqueños lo que ha facilitado esta «asimilación» entre el PRI y Morena.

La ex legisladora priista, Dulce María Sauri Riancho, es quien mejor ha advertido de esta colonización, aunque ella la observa a la inversa, culpa a Morena de estar digiriendo al PRI y esto se debe, según la yucateca, a que el partido del Presidente se parece al PRI de la década de 1970, «y eso en grupos de militantes priístas ejerce una atracción muy grande».

Definitivamente el PRI de los 70’s es total­mente preferible que el PRI del 2012 o el del 2018, pues por muy malo que haya sido no lo fue tanto como el que terminó perdiendo de nuevo la Presidencia de la República.

Pero Morena no debería tener nada que ver con el PRI, ni con esa vieja clase priista, conta­minada, «echada a perder» y que dejó de ser vista como una alternativa, debido a que no rindió buenas cuentas ni a Tabasco ni a su población.

Hace tres años vimos en el estado el retorno a la vida política de un nuevo partido hegemó­nico y este año, en las recientes elecciones, se ha presentado de nuevo el mismo fenómeno electo­ral: Morena ganó por las 21 diputaciones locales y 6 diputaciones federales de mayoría relativa y 14 de 17 presidencias municipales, por la confianza que genera.

Sin embargo, los candidatos electos, en un exagerado ocho de cada 10, no son militantes de izquierda, sino dinosaurios políticos conver­sos por sus propios intereses y ambiciones. Para decirlo muy claro: los tabasqueños votaron por Morena pero quienes ganaron son priistas.

Si Morena fuera un producto comercial, quienes lo compraron ya lo hubieran regresado, porque en el empaque dice una cosa y en su inte­rior ¡viene otra!

Expuesto el punto, queda decirle a «La Cosa» que se ha infiltrado y multiplicado, que el voto que recibieron, más que por Morena fue por Andrés Manuel, por la confianza que los tabasqueños tienen depositada en él, en las esperanzas de desa­rrollo y progreso que genera.

Que ese voto fiel y puntual que elección tras elección se le otorga a los candidatos que van con la bandera de López Obrador, al ganar puestos públicos bajo su amparo, adquieren un enorme compromiso, lo mismo con los tabasqueños que con el paisano que dirige los destinos del país.

Sabido es que la gente vota por ellos —sean quienes sean éstos—, no por lo que por sí mis­mo representan, sino porque llevan el sello de AMLO, a quien no deberían defraudar, porque éste no se merece deslealtad o traición, como tampoco quien votó por ellos, que los eligió como si del propio Andrés Manuel se tratara.

Un bono democrático como ése no puede des­pilfarrarse de ninguna manera, de lo contrario, si aflora «La Cosa», todo finalizará en un burdo «gatopardismo» donde todo será igual pese a que todo habrá cambiado.

 

«El hombre es el lugar más cálido para esconderse»

 THE THINK

 

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