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Director Miguel Cantón Zetina
Edificio del periódico que presuntamente comenzó a base de un despojo familiar.

Junco, magnate que no admite equivocarse

Sobre las declaraciones públicas que su padre realizó ante medios, el ahora director general de Reforma, Alejandro Junco de la Vega, se limitó a decir que eran mentiras y parte de una campaña de desprestigio en su contra.

CUARTA PARTE DE LA SERIE: LA MORAL DEL DUEÑO DEL DIARIO REFORMA

 

CIUDAD DE MÉXICO.– La le­yenda terrible de Alejandro y Rodolfo Junco de la Vega Gon­zález, que refiere que en 1974 in­tentaron asesinar a su desven­turado padre, Rodolfo Junco de la Vega se conserva viva en la memoria de muchos mexicanos desde que en diciembre de 2006 TV Azteca difundió un video en el que el anciano –entonces de 84 años–, relata cómo lo des­pojaron de sus acciones que po­seía como copropietario de los periódicos El Sol y el Norte de Monterrey. Hoy mismo no ce­san el enojo y las habladurías en su contra, no obstante que los propietarios del Grupo Refor­ma de muy diversas formas han dicho que la difusión de dicho video, es “un claro intento por restar patente moral” a la labor de sus periodistas y por coartar la libertad de expresión.

–La información es absolu­tamente falsa –ha dicho some­ramente su director general adjunto, Rodolfo Junco.

“Fui al aeropuerto de El Nor­te, que es privado, a recoger uno de mis aviones para regresar a San Antonio cuando (mencio­na un nombre inaudible), me dijo que a uno de ellos con una punta como de picahielo, le ha­bían picado la rueda de nariz y se le estaba saliendo el aire y al Tween Comanche, le habían infiltrado las ruedas principa­les”, asegura don Rodolfo en una página web insertada en la red en enero de 2005 con el tí­tulo “Cría cuervos”, con fotos y declaraciones sobre el conflicto familiar que Televisión Azteca aprovechó para entrevistarlo en Estados Unidos sobre el pro­ceder de sus hijos.

 

“LLORAMOS COMO NIÑOS”

La cámara capta al anciano caminar lentamente hasta el sofá de la sala del rancho, don­de vive cerca de San Antonio, Texas. Viste pantalón oscuro, camisa de color aperlado y saco con cuadros oscuros; su corba­ta tiene estampados también oscuros. Con voz firme hace la escandalosa revelación:

“(Alejandro y Rodolfo, sus hijos) A mí me sacaron los ojos; ¿qué más podían haberme hecho?: ¿darme un tiro? (…); se confabularon con la abue­la, con los nietos, ¿para qué?, ¿para destruir una familia? Eso fue lo que lograron. Ni ellos ni mi madre midieron el alcance… Ellos saquearon la casa, abrie­ron la caja fuerte…, las fotos de su madre y mías tiradas en el suelo. No me da vergüenza decir lo que sucedió. No alcan­zamos a entender por qué tan­ta venganza; Enrique (Gómez Junco, director comercial) y yo lloramos como niños chi­quitos”, dice el anciano de pelo completamente blanco al re­portero enviado de la televiso­ra del Ajusco.

Todo sucedió poco después de su tercer matrimonio, ce­lebrado en diciembre de 1973, mientras volaba con su nueva consorte –que sus cinco hi­jos rechazaron, escandaliza­dos por su pronto casamiento apenas enviudó– en una de sus avionetas manejada por él mismo. Enterado por un em­pleado que descubrió el hurto, al día siguiente le habló desde San Antonio a Rodolfo, su hijo mayor, para ordenarle que de­volviera las acciones a la caja fuerte.

–Eso no va a suceder –dice que le contestó el actual direc­tor general adjunto del Grupo Reforma.

LOS ABUELOS

Los hoy directivos del Grupo Reforma estaban contentísi­mos, no sólo por haberse que­dado con las acciones de su padre, sino por haber logrado deshacerse de él con el apoyo de sus abuelos –en particular doña María Teresa, que nunca le perdonó a su hijo casarse in­mediatamente con “la otra”–, lo que seguramente permitiría que éstos les heredaran los dos periódicos. Como ocurrió.

Como licenciados en Pe­riodismo en la Universidad de Texas, la “herencia” a ambos les cayó como una bendición del cielo. Al final de un arreglo, Rodolfo le vendió una parte de sus acciones a su hermano Alejandro, lo que le permitió a éste quedarse con el 75 por ciento del total de las acciones y, desde entonces, figurar como presi­dente y director general.

Los esposos Junco de la Vega Gómez fallecieron en la década de los ochenta: don Rodolfo en 1983 y doña María Teresa, en 1986. Murieron sin imaginar que su acendrada moralina, con su nieto Alejandro a la cabeza de la empresa por ellos consti­tuida en abril de 1922, abrirían las puertas no a un periodismo responsable e independiente de todos los poderes, sino a uno de derecha, crítico y militante; un periodismo que enaltece a la clase empresarial que se niega al escrutinio público; un perio­dismo soberbio que enfrenta a quienes no están de acuerdo con su línea editorial, porque no se debe a sus lectores, oyen­tes o espectadores, ni atiende el derecho del ciudadano a recibir información veraz y rigurosa.

Alejandro Junco de la Vega parecía hecho adrede para di­rigir la empresa “heredada”. Era alto, delgado, color cetrino, bigote y barba entrecanos, ojos pequeños aceitunados, pero fijos y feroces al mirar; labios delgados y retraídos donde anida una sonrisa de cólera, de sarcasmo y de desprecio hacia todo el mundo. Ni hoy ni an­tes admitía equivocarse, hasta cuando miente; tergiversa o distorsiona.