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Raymundo Vázquez Soberano. Historiador.

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José Mariano Jiménez, un caudillo olvidado

A José Mariano Jiménez Maldonado le vislumbraba un futuro exitoso como ingeniero en minas y en el campo de la ciencia. Sin embargo, el movimiento de independencia con el que era afín cortó su trayectoria científica, que prometía importantes contribuciones en el campo de la minería y las matemáticas. El Mariano Jiménez insurgente es poco conocido y ya no se diga del Jiménez científico que yace en las profundidades del olvido, aunque dejó constancia de su ingenio en labores mineras, en el uso de sus conocimientos matemáticos para estrategias militares y en la fundición de metales para construcción de cañones y otras armas para la causa insurgente.

José Mariano Jiménez, nació en el seno de una distinguida y acaudalada familia que desde hacía muchos años residía en la ciudad de San Luis. Allí vio sus primeras luces el 19 de agosto de 1781.

El 14 de octubre de 1796, se examinó en matemáticas y fue aprobado con brillantes calificaciones. Cursó con honores sus estudios y el 8 de enero de 1802 recibió su título de ingeniero en minas; en Guanajuato se empleó con el marqués de Rayas y regresó a la Ciudad de México para presentar un examen de perito en minas y luego retornó a Guanajuato. Allí lo sorprendió el movimiento de independencia con el que simpatizaba y siendo partidario de sacudir a la Nueva España del yugo gachupín, luego de presenciar el cuadro dantesco de la masacre de la alhóndiga de Granaditas, su anhelo por la independencia propició que el 28 de septiembre de 1810 se integrara a las filas insurgentes. Hidalgo que seguramente ya lo conocía le otorgó el grado de coronel.

TRIUNFO INSURGENTE

Entonces al frente de 3 mil hombres, en su mayoría reclutados por él. Fue comisionado para mar char al frente. Fue así como el 8 de octubre partió a la vanguardia por el camino de Silao, más tarde el grueso del ejército insurgente se le unió y el 16 del mismo mes entraron a la ciudad de Valladolid. En la promoción de Acámbaro fue hecho teniente general y en la marcha sobre México ocupó el puente de Ateneo, con lo que obligó al ejército realista a retroceder al Monte de las Cruces. Durante la batalla del Monte de las Cruces -30 de octubre de 1810- en las afueras de la capital de la Nueva España, José Mariano Jiménez mostró su valentía al conducir con éxito un ala del ejército. Al día siguiente del triunfo insurgente Hidalgo lo comisionó con el carácter de parlamentario, para dirigirse a la Ciudad de México en unión de otros compañeros.

El caudillo solo pudo llegar hasta Chapultepec porque fue detenido por las fuerzas realistas y desde ahí envió al Virrey José María Venegas el pliego de que era portador, la respuesta de Venegas fue verbal, expresándole: que ningún trato podía haber con los rebeldes y que debía retirarse de inmediato porque corría el riesgo de que se disparara en su contra.

José Mariano Jiménez Maldonado

De retorno al Monte de las Cruces informó sobre la respuesta de Venegas y fue testigo de la fuerte discusión entre Allende y Hidalgo ocasionada por la decisión del cura de Dolores de no marchar hacia la capital del Virreinato. Jiménez acompañó a Ignacio Allende a Guanajuato, donde fue asesor en la fundición de metales para la elaboración de cañones, encargándose también de ordenar otras disposiciones para la defensa de la ciudad, intervino en el combate al mando de una batería y se retiró cuando se percató que la defensa de la ciudad era imposible. Entonces se dirigió a Zacatecas para luego marchar a Guadalajara, pero antes de llegar a la última ciudad, Allende lo comisionó -noviembre de 1810- para ir a propagar a las provincias internas el movimiento insurgente, donde la idea independentista había atraído numerosos partidarios.

Con siete mil hombres y veintiocho cañones se dirigieron a Saltillo y aunque una parte de las tropas eran una chusma, el 6 de enero de 1811 con su apoyo, se enfrentaron al ejército dirigido por el gobernador de Coahuila, Antonio Cordero. Iniciado el combate parte del ejército realista se pasó al insurgente y el gobernador Cordero fue hecho prisionero por sus propios hombres; Jiménez dio buen trato al gobernador capturado, incluso le llegó a tomar confianza. Luego de la victoria Jiménez y fray Gregorio de la Concepción se apoderan de Saltillo, propiciando que Manuel Santamaría, gobernador del Nuevo Reino de León se declarara adepto al movimiento independentista en la ciudad de Monterrey. Lo que propició que la insurrección se extendiera por todas las provincias internas, llegando hasta la frontera con los Estados Unidos de Norteamérica.

El camino para los derrotados en el puente de Calderón, quedaba libre y Jiménez que ya tenía conocimiento de los acontecimientos desfavorables envío un contingente a Matehuala, para escoltar a los caudillos en fuga -Hidalgo, Allende, Aldama, Abasolo-, mientras él preparaba en Saltillo los alojamientos de todo el viaje en unión de Pedro Aranda gobernador de Coahuila, nombrado por él.

FUE FUSILADO

La confianza que Jiménez y fray Gregorio de la Concepción tenían en Antonio Cordero e Ignacio Elizondo fue la causa por la que el convoy de los insurgentes avanzara confiado y sin tropas a la vanguardia. El día de la traición en Baján, Jiménez iba en el coche de Allende cuando Ignacio Elizondo los conminó a rendirse, Allende se resistió y se desató un tiroteo y gracias a su intervención se evitaron más muertes.

Fue llevado a la ciudad de Chihuahua donde se le enjuició y a pesar de su conducta -no saqueó, ni asesinó a gachupines, a criollos acaudalados o ligados al régimen virreinal- la consideración a su favor por parte de los jueces fue inexistente y fue fusilado el 26 de junio de 1811 junto con Allende, Aldama y Manuel Santamaría.

Tiempo después, Vicente Riva Palacio, pronunciaría un discurso en su honor en que destacó una frase que define a la perfección a Mariano Jiménez: “Ni pidió gracia ni la halló en sus enemigos, y su muerte en el cadalso coronó dignamente su gloriosa y corta existencia consagrada a la libertad de la Patria”.

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