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Director Miguel Cantón Zetina

Infante cava su tumba

Padrastro cruel sacaba a su hijastro de 11 años de edad de madrugada y desnudo para hacerlo abrir un hoyo donde supuestamente lo enterraría.

COZUMEL, QUINTANA ROO.– Lle­vaba once madrugadas haciendo el hoyo, sin avanzar tanto. Enterraba la pala, sumamente pesada para su cuerpecito, hasta que los terrones se desmoronaban. Sus manos peque­ñas presentaban llagas coloradas y le producían un ardor infinito. No obstante, lo que más le dolía era saber que estaba cavando su propia tumba.

Si hubiera sido un adulto, el hueco habría quedado listo en un par de ho­ras. Pero, ¿quién puede escarbar con entusiasmo sabiendo que aquella os­cura fosa se convertiría en su última morada? Además, se trataba de un niño de 11 años que apenas si había podido arañar un rectángulo en la tierra, más o menos de su tamaño.

Él no quería morirse, aunque a veces lo deseara. Sobre todo cuando su padrastro lo golpeaba delante de su madre. Los golpes en la cara eran lo de menos, así lo dejaran marcado o atolondrado por un rato, el pesar que lo apachurraba era constatar que su mamacita no decía nada.

Curiosamente, era por su madre y su carnalito recién nacido que él no escapaba. No quería traer más sufri­miento para ella después de lo que vivió con su verdadero padre. Por eso aguantaba todo sin quejarse: las ma­las palabras, los golpes y los castigos más variados sobre su humanidad, como no dejarlo bañar o sacarlo a dormir a la intemperie, todo delante de su mamacita.

Tal vez porque había aguantado mucho, porque a pesar de ser un in­fante, no se quejaba, aunque llorara a escondidas, su padrastro tramó aquel castigo cruel.

El primer día el pequeño no en­tendió bien qué sucedía porque es­taba adormilado. El hombre aquel lo levantó en vilo de su camita, lo jaló a la sala y le ordenó se desvistiera. El menor, temblando, se quitó su shor­cito y su playera. Miró hacia el cuarto de su madre, esperando a que se asomara.

Su padrastro lo arras­tró a la calle de un bra­zo, con el otro sujetaba una pala. Mientras caminaban hacia el fondo de la colonia El encanto, el chiquillo pensó que había llegado su fin. Su padrastro le daría un palazo.

Cuando llegaron al límite de la calle y se adentraron hacia unos ma­tozales, el infante cerró los ojos, es­perando el guamazo. En vez de eso recibió otro golpe más en la cara, con la enorme mano que ya conocía de su padrastro.

-Aquí te vas a pasar las noches, ca­vando tu propia tumba, cuando aca­bes, me encargaré de meteré en ella para que nunca más salgas.

Con los mosquitos picándole el cuerpo, empezó a palear en medio de la noche, era un trabajo pesado para su edad. Y de saber que sería su próximo hogar, no querría terminar­lo nunca. Pero su padrastro había amenazado que vendría en cualquier momento a inspeccionarlo, así que tampoco podía no obedecerlo.

Recordaba los viejos tiempos, cuando su mamá no sólo lo cuidaba y le daba de comer, sino también cuan­do lo llevaba a la playa de Cozumel, donde él no se sentía tan solo y jugaba con sus amigas las olas, que lo mecían y zarandeaban de un lado a otro. Las lágrimas escurrían por su cara.

Así había llegado al onceavo día, arañando desnudo la tierra seca, en­tre la mala hierba, los mosquitos, las alimañas nocturnas y sus lágrimas renegridas por el polvo de su carita.

De pronto, vio unas sombras en­tre los arbustos. A lo mejor las áni­mas ya venían a rescatarlo. Iba a dar un grito siniestro pero el resplandor lunar dejó ver el uniforme azul que él ya sabía era de los policías. Venían acompañados de un vecino, que los había alertado. El niño rompió a llo­rar y contó todo.

Un policía cubrió el cuerpecito del niño con su uniforme, pero cuando alcanzaron la calle, otros vecinos alertados por la presen­cia de la patrulla, entraron a sus casas y regresaron con más ropa para vestirlo.

Al verse descubierta su mal­dad, el padrastro puso pies en polvorosa. No obstante, el Gru­po Especial de Atención a Víctimas de Violencia Familiar y de Género (GEAVIG), el DIF, la Policía Ministerial y el coordinador de la Po­licía de Quintana Roo, hasta ahora no han re­suelto la situación del pequeño, ni detenido al malévolo padrastro.

 

 

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