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Voces

Imaginacion II

La primera lluvia de fines de mayo o junio era recibida por la chamacada casi “a rin pelao”. Previamente, la señora de la casa calentaba a sol una palangana con agua de pozo, para bañar luego a la criatura y embutirle un mejoralito -por aquello de las cochinas dudas-.

El contacto directo con la naturaleza creaba notable inmunidad en las criaturitas.

A medianos de los cincuenta empezaron a notarse las campañas de vacunación, no siempre bien tenidas ni aceptadas por familiares. Dizque estirizaban, y como nacimos para tener chamacos…

De ahí que resultara casi normal ver en algunas casas a infantes con sarampión o chichimeca; sobre todo a esta última, de aullidos galopantes…a la luz de la luna.

Esa misma década, la llamada parálisis infantil mató en un abrir y cerrar de ojos a uno o dos compañeritos.

Los juegos infantiles eran para escogerse: Esconde Esconde, El vino vecino, El lobo… Hubo uno para el que debía contarse con ciertas habilidades. Bueno, Julio Cortázar lo hizo universal con el título de Rayuela, el año de 1963. Que si bien esta novela es una revolución en la lengua castellana, eso de adentrarse en ella tiene sus bemoles, no tan “ansina” como el juego infantil que por estos lares llamábamos PIJIJE, consistente en rallar al carbón varios cuadritos, en un diámetro de por lo menos tres metros, al final un semicírculo y una tuta con que participaban dos niños. El primero lanzaba la tuta tanteando que cayera en determinado cuadro, hasta donde el niño saltaba sobre un pie, cuadro por cuadro, tratando de no pisar rallas hasta llevar la piedrita al semicírculo. No fácil, pero nada qué ver con la novela de Julio Cortázar cuya lectura somete de pronto al inglés, al francés y un titipuchal de citas, a cual más tediosas, que suponen bien puesto el hábito de ser leído y escribido, ¡oh, Dios!

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