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Don José, de 65 años, en la casa donde ahora habitan en Saltillo, protegidos por la fe que tienen a la virgen de Guadalupe.

Tabasco

Huyen de las calamidades del Edén

Pandemia, inundaciones y desempleo obligaron a toda una familia de Huimanguillo, a asentarse en Saltillo, Coahuila.

La pandemia del Covid-19, las severas inundaciones de octubre y noviembre, así como el desempleo obligaron a la familia de Cruz y Manuela buscar nuevos horizontes en Saltillo, Coahuila, a casi dos mil kilómetros de Tabasco.

Hace cuatro meses que Manuela, su marido José del Carmen, sus niñas Oriana y Maruca; sus suegros Cruz y José, una cuñada, Estrella, su esposo Enrique y sus niños Chucho y Luis, llegaron a Saltillo desde Tabasco, después que la pandemia arrasara con el empleo; y antes de que las aguas del río Mezcalapa arrasaran las casas, los sembradíos y los animales en Huimanguillo.

Chucho y Luis juegan en la calle
con el frío del norte

Cocinando lo poco que logran
conseguir en aquellos lugares.

Cruz, esposa de José, dice que
su casa acá fue devastada.

“Llegamos acá sin nada, no traíamos nada nosotros, lo poquito que hay aquí es prestado”, dice Manuela, solemne.

Afirma que se instalaron en una vivienda prestada, de la calle La Perla, 119, en la colonia La Esmeralda, al sur poniente de Saltillo.

Es una vivienda prestada, cuenta doña Cruz del Alba, 48 años, casa en cuya ventana exterior luce una tarima con un dibujo de la Virgen de Guadalupe que José del Carmen dibujó.

José del Carmen, como el resto de los hijos de Cruz, apenas y acabó la secundaria. Oriana la hija de José del Carmen y Manuela, dice que cuando sea grande quiere entrar a la militar.

Manuela dice que lo que más extrañan de Huimanguillo, su pueblo, es ese calor rico, entre húmedo y que se pega al cuerpo.

“Acá está todo pelón, todo quemado, la misma frialdad quema el pasto”, dice José Campos, el suegro de Manuela. Así es que el frío saltillero, ese frío seco y que roe los huesos les ha dado en la nariz a Manuela y su familia.

Manuela está hablando de Huimanguillo, de cuando vivían allá, que su esposo y su suegro trabajaban en la siembra de plátano, cacao, maíz, frijol, yuca, calabaza, chile; y las mujeres criaban patos, pavos, puercos, pollos, gallinas, de todo un poco.

“De eso sobrevive la gente que no tiene, pero que tiene un pedacito de tierra”, interviene Cruz. Con la pandemia se acabó el trabajo en Huimanguillo y el temporal arruinó las cosechas.

TODO SE ACABÓ

Cruz relata que hace poco regresó a la ranchería Paso y Playa, en Huimanguillo, donde vivía, para ver si podía vender su casa y comprar un terreno por acá.

Cruz encontró su casa devastada. Las aguas del Mezcalapa entraron en la noche y ahogaron, a más de un metro de altura, los pocos muebles, las cositas, de Cruz.

“Cuando la inundación ya habíamos venido para acá, no nos tocó, gracias a Dios…”, dice Cruz.

Acá esta la casa sin amueblar que un familiar de José, su marido, les prestó. No había colchones, ni mesa, ni sillas, ni parrilla, no había nada, todo lo consiguieron prestado, con familiares, con sus vecinos.

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