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Sufren violencia Alan y Melisa.

Cunduacán

Hiena golpea a sus hijos

Candelaria «N» fue acusada en la delegación de la Fiscalía por el delito de lesiones y maltratar a dos menores.

CUNDUACÁN, TAB.- Otra vez se oyen los tanganazos en la casa de doña Canda. Ni la música de la graba­dora a todo volumen, ni la retahíla de insultos que la mujer profiere a todo lo que dan sus pulmones, impiden escuchar los golpes secos que caen sobre Alan, o de Melisa o a veces de ambos a la vez. Es un trancazo agudo sobre sus espaldas, semejante al que producen los mangos, los cocos o los aguacates cuando caen al suelo.

Antes las golpizas eran esporá­dicas, aunque no por eso dejaban de ser crueles. Doña Canda encontraba cualquier justificación para darles con la chancla, con el cinturón de cuero o con lo que encontrara a la mano. «Para que aprendan», decía enfurecida a sus dos hijos.

Alan, que sólo tenía 12 años, tra­taba a la hora de los palazos de inter­ponerse entre su madre y su herma­nita Melisa, de apenas cuatro años, para protegerla. Prefería recibir los maltratos y las zarandizas a que algo malo le pasara a su carnalita.

Cuando la familia se mudó a vi­vir a Cucuyulapa, los consanguíneos pensaron que las cosas cambiarían. Su madre tenía una nueva pareja.

Pero en vez de reducirse, los trom­pazos se volvieron cosa de todos los días. A la menor provocación, doña Canda comenzaba a insultar a Alan, y como éste no contestaba, la madre más se enervaba y lo abofeteaba. El muchacho se cubría con la cara, pero dejaba al descubierto sus costillas y estómago, que la madre golpeaba con ira hasta que las falanges y metacar­pos de su mano le dolían.

Aquello parecía complacer a la nueva pareja de doña Canda, que le­jos de reprenderla por el maltrato a las criaturas, la acercaba hacia sí, la abrazaba y la prodigaba en mimos para bajarle el coraje.

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RESCATAN A LOS INFANTES

Los dos salían de la casa temprano para irse a tomar unas chelas al cen­tro de la ciudad, sin importarles si los dos hermanitos habían comido en todo el día. Si Alan no estaba, no se retenían de salir, dejando encerrada a la pequeña Melisa.

De la parranda regresaban de ma­drugada a Cucuyulapa, a veces a dor­mir hasta el mediodía de la mañana siguiente. Pero si no estaban tan bo­rrachos, despertaban a los niños co­menzaban el suplicio por cualquier pretexto. En verdad que la madre y su amante disfrutaban de ser crueles con los dos indefensos infantes.

Los acontecimientos se precipita­ron de otra manera. Alan ha perdido las clases virtuales por no tener tele­visor, y se acerca a su madre que está sobria para pedirle si es posible con­sigan un celular, aunque sea usado para que él se ponga al corriente con sus demás compañeros. Doña Can­da, que no tiene empacho en gastar los pocos centavos que tienen, pega el grito en el cielo y comienza a golpear de la nada al chico. Sobre la mesa hay un cable pelado de cobre y sin pen­sarlo dos veces lo agarra y lo blande contra Alan. Le pega donde puede, en las manos («¿para qué metes las ma­nos?»), en la cara (»para que apren­das a mirarme cuando te regaño») y en el lomo («para que sepas que las cosas no se regalan»).

Alan sale de la casa con la cara san­grando, se topa con unos parientes, que lo ven, le preguntan qué sucede, qué pasa, él cuenta todo. Los parien­tes limpian su rostro, lo abrazan.

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Una hora después, los familiares y Alan están en la delegación de la Fis­calía. Interponen una querella por los delitos de lesiones y malos tratos a los dos menores. Alan cuenta en­tonces que hace poco, su mamacita lo arrojó a la carretera para que un carro lo arrollara. No sigue contando. Llora. El agente de la Fiscalía toma nota. La profunda cortada en la carita de Alan comienza a secarse. (CC).

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