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Hidalgo y su buena estrella

El 27 de septiembre del año que inicia México cumplirá un bicentenario de vida como país independiente. Para conmemorar este importante acontecimiento, decidimos darnos a la tarea, mediante una serie de artículos, de narrar al público ajeno al campo de los especialistas en la historia mexicana, el proceso —factores, hechos, motivaciones— mediante el cual se logró la independencia nacional.

Con este ánimo, optamos por apartarnos de las versiones del movimiento de independencia presentadas por los historiadores oficiales de nuestro país. Estos historiadores de nómina y quincena, como los llama Armando Fuentes Aguirre en unión con los que “por intereses de facción o bandería, engañan o ocultan, que es otra forma de engañar.” Se han encargado de presentar versiones de la historia mexicana, en especial del periodo que comprende la independencia, obscuras y obtusas que en lugar de ayudar a entenderla y de paso conocer nuestras raíces como nación y nuestra forma de ser, se han empeñado rabiosamente en mostrarnos una historia nacional acabada, de héroes y villanos en las que muchos acontecimientos de relevancia se reducen a su grado mínimo o simplemente son olvidados.

Aclarada nuestra postura, iniciamos con la intención de cumplir lo prometido: presentar una historia clara y confiable de la independencia de México. Es posible que con este esfuerzo pueda contrarrestarse la superioridad de la ignorancia histórica en beneficio de la educación de los mexicanos.

Luis Villoro en su libro La Revolución de Independencia, ha señalado que entre las paradojas que nos ofrece la Guerra de Independencia.  “Nos encontramos con que muchos de los precursores del movimiento se transforman en sus acérrimos enemigos en el instante mismo en que estalla; con que no consuman la Independencia quienes la proclamaron, sino sus antagonistas y, por último, con que el mismo partido revolucionario ocasiona la pérdida de los consumadores de la Independencia.”

Es el caso de Agustín de Iturbide quien, en el ocaso de 1820, según afirma Timothy E. Hanna en su estudio El imperio de Iturbide, luego de ser parte del ejército realista, se volvió en contra del gobierno real español y proclamó una rebelión. El 24 de febrero de 1821 plasmó el Plan de Iguala, compuesto por 23 artículos: el artículo 1 declaraba que la religión del país sería la católica apostólica romana sin tolerancia de otros credos. El artículo 2 llamaba a la independencia del país. El artículo 3 defendía una monarquía templada por una constitución. Los puntos principales del programa fueron llamados, las tres garantías: religión, independencia y unión, para resguardarlas el artículo 16 establecía la formación de un nuevo ejército denominado Ejército de las Tres Garantías.

Siguiendo a Hanna, Agustín de Iturbide como muchos de los caudillos de la independencia —Antonio López de Santa Anna, Luis Cortázar, Anastasio Bustamante, Vicente Filisola, Pedro Celestino Negrete—, había destacado como férreo adversario de los primeros rebeldes entre 1810 y 1816. Hasta antes del levantamiento de Iturbide, las rebeliones habían estado condenadas al fracaso porque desafiaban, ponían en riesgo la posición social, económica y la seguridad de los grupos de poder integrados por españoles y criollos y “porque tenían el aura de ser levantamientos de los indios oprimidos y las masas mestizas.”

Entre otras promesas contenidas en el Plan de Iguala destacaban: la de realizar una invitación a Fernando VII a visitar México para convertirse en su emperador, y en caso de que rehusara se les solicitaría lo mismo a otros miembros de su familia o de otra casa reinante. La creación de unas cortes mexicanas que se reunirían con el tiempo, pero entretanto se formaría una Junta, que fue conocida como la Soberana Junta Provisional Gubernativa, y se elegiría una regencia para esperar la llegada o selección del monarca. Además, en los artículos comprendidos del 13 al 18 se establecía que se protegería y respetaría a todas las personas y propiedad, los cleros seculares y regular preservaría sus fueros y privilegios, y todo el personal del gobierno, el clero y el ejército tendría la garantía de sus puestos. En el ejército, los oficiales conservarían el rango que tenían en el ejército realista y todos los voluntarios serían bienvenidos.

La pericia de Agustín de Iturbide fue que, con el Plan de Iguala, logró un acuerdo político, para Hanna, “inmensamente complejo en sus consecuencias, pero… simple en su fraseo, que unió a liberales y conservadores, rebeldes y realistas, criollos y españoles”.  A fines de julio de 1821, Juan O’Donojú, recién nombrado capitán general y jefe político superior de la Nueva España llegó procedente de España al puerto de Veracruz. Ahí se percató que la mayor parte de la Nueva España se había unido a la causa de Iturbide. Entonces solicitó una entrevista con Iturbide y esta se efectuó en la población de Córdoba. Iturbide y O’Donojú firmaron el 24 de agosto el Tratado de Córdoba, mediante el cual el jefe político superior desde su perspectiva reconocía la autonomía de México. Sin embargo, en el Tratado se aceptaba y endosaba el plan de Iturbide proclamado anteriormente a favor de la separación del imperio español.

Iturbide y su ejército llegaron a la villa de Tacubaya situada en la cercanía de la Capital. Según relata William Spencer Robertson en su libro Iturbide de México, en ese punto diseñó su entrada triunfal a la capital y el 27 de septiembre fecha en que Iturbide cumplía 38 años, hizo su entrada triunfal a la Ciudad de México a la cabeza del ejército Trigarante. Iturbide dirigió las siguientes palabras al pueblo: ¡Mexicanos! Ya estáis en el caso de saludar á la patria independiente como os anuncié en Iguala: ya recorrí el inmenso espacio que hay desde la esclavitud á la libertad. […]á vosotros toca señalar el de ser felices. Se instalará la Junta; se reunirán las Cortes; se sancionará la ley que debe hacernos venturosos, y yo os exhorto a que olvidéis las palabras alarmantes y de exterminio, y sólo pronunciéis unión y amistad íntima. [Vicente Riva Palacio, México a través de los siglos, Tomo III].

Aquel 27 de septiembre México alcanzó su independencia como nación, rompiendo los vínculos que por 300 años lo habían mantenido sometido al imperio español. Iturbide se convertía así, como apuntan varios estudiosos de la historia de la independencia no en el consumador sino en su verdadero autor. Desde esta perspectiva Iturbide y no Hidalgo se presenta como el padre legítimo de la nación mexicana. En un artículo próximo, si el Covid-19 lo permite afianzaremos esta aseveración.

 

RAYMUNDO VÁZQUEZ SOBERANO

HISTORIADOR

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