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octubre 20, 2021

Golpeó Gripe Española a los más pobres hace 103 años en Tabasco.

Tabasco

Golpeó ‘Gripe Española’ a los más pobres hace 103 años

La terrible influenza española costó a Tabasco más de 7 mil víctimas. El gobernador Heriberto Jara, personalmente, atendía a los afectados.

En esa época llovía, como dicen, a cántaros. Día y noche. Se inundaban las calles. Las lagunerías rebasaban su nivel; y ríos y arroyos salían del meandro. Eran días y noches de continuo llover. La población villahermosina agonizaba en sus casas, fallecía o a veces en la calle caía muerta.

A los médicos de entonces serviciales, incansables, resignados y expuestos al contagio –verdaderos apóstoles- se les veía desesperados en el ir y venir de un barrio a otro a pie, a caballo o como se pudiera: Maximiliano Dorantes, Roberto Fitzpatrick, Lorenzo Brindis de la Flor, Chema Iris Calazich, Pedro Canabal Castellanos, Diógenes López Reyes, Manuel Aguilar Palma, el farmacéutico Artísipe Figueroa Sáenz y el químico Marcelino Cabieces Azcué (el doctor Adelfo Aguirre Colorado era jefe de salubridad en el estado).

También los sacerdotes desempeñaron su ministerio. En trances tan dolorosos auxiliando espiritualmente, prodigando bendiciones. Ayudando a “bien morir”: Manuel González Punaro, Macario Aguado, José Trinidad de los Reyes, el padre Leyva, etcétera, santificando a las víctimas con la extremaunción y los santos óleos a los agonizantes, bendiciendo la paz de los muertos y con el hisopo rociando cadáveres con agua bendita. Una oración sobre los sepulcros. Una flor. Un cirio. Una lágrima. Todos con sencillas ornamentaciones eclesiásticas; casulla, bonete, sahumerio y blanca sobrepelliz, sobre negra sotana.

MEDICAMENTOS ESCASOS

Las boticas insuficientes, apretadas de gente. “La Antigua” de don Elías Díaz entonces del profesor Pascual. “La Palma” de Simón Garcés Alemany, ahora del profesor Rodrigo Castro Palavicini. “La Cruz Verde” del farmacéutico Plácido García, y la vieja de “Santa Cruz” de los socios José Malek-Adel Ferrer y Heberto de la Fuente.

Esporádicamente abrían sus puertas los templos de Esquipulas, La Concepción y Santa Cruz, para desahogo y consuelo de desesperados. Mil luces en los altares. La gente de hinojos con los brazos en cruz, frente a los Cristos y vírgenes indiferentes al dolor humano. Los rezos invadían las naves. Los estoraques de los sahumerios subían en espirales y las lengüitas de fuego santo parecían alargarse hasta el cielo, clamando misericordia para los agonizantes, mientras los creyentes derramaban lágrimas por sus muertos o imploraban salud para sus familiares.

Y afuera… a veces cerca, o a distancia, se oía el chirrido lúgubre de las carretas de don Juan García Valencia, de don Miguel Hernández o las de Rosalino Sanlúcar, con cadáveres recogidos de las casas, calles o callejones, llevándolos al cementerio para incinerarlos al fondo de la capilla; junto a las alambradas de los terrenos vecinos, porque los sepultureros escaseaban y los pocos que habían no eran suficientes para abrir tantas fosas (sólo las personas de cierto rango recibían sepultura). Y las carpinterías de los maestros Darío López, Patricio Castro, Carmen Cortázar, Herminio López, Isidro Ortíz y don Apolinar Sanlúcar trabajaban día y noche fabricando cajas de muerto sin estética o madera especial.

MAS DE 7 MIL VÍCTIMAS

La gente de los barrios fue la más castigada por el terrible mal. Santa Cruz, Casa Blanca, Esquipulas, El Camino Real, La Pólvora, La Punta, Mayito, El Mustal, Tierra Colorada, El Arroyo, Dos de Abril, El Macayo, Tapijuluya, Lagartera, Tintal, Jolochero, Macayal, etcétera, y los circuitos Guelatao, El Rastro, La Pólvora y Puerto Escondido.

En el interior de las casas ardían fumigaciones, braceros chisporroteando por las hojas secas de pimienta, azufre, cloruro, potasa o conchas de tortuga convertidas en recipientes con ceniza empapada de vinagre detrás de las puertas, mientras las ollas de barro, cazuelas y sartenes de peltre o calderetas de latón permanecían abandonadas sobre los fogones apagados porque, al parecer, nadie cocinaba, nadie tenía hambre porque ésta había huido espantada ante la presencia de la muerte.

Familias enteras desaparecieron, como la del carpintero don Cayetano Ramón –como dijimos- quien para su fortuna, en su triste soledad, encontró calor y abrigo bajo el techo acogedor de la familia del carpintero don Tiburcio Boreyro y su esposa, doña Juanita Cuevas, que vivían en la calle Arista, frente al desaparecido orfanatorio que en 1887 fundó el obispo Amézquita, hoy escuela Francisco J. Santamaría

La terrible influenza española costó a Tabasco más de 7 mil víctimas. El gobernador Heriberto Jara, personalmente, atendía a los afectados y a los muertos con las brigadas sanitarias, doctores, enfermeras y sacerdotes.

LUIS ANTONIO VIDAL
GRUPO CANTÓN

tabascohoy.com

 

 

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