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Director Miguel Cantón Zetina

Funeraria del mal

Con la cárcel para estos estafadores, los dolientes mitigaran la pena de este infortunado sepelio. 

CANCÚN QUINTANA ROO.– Cuando los familiares de un enfermo de cirrosis recibieron la noticia funesta por parte del personal médico de que su pariente había fallecido, se presentaron como caídos del cielo en el Hospital General Jesús Kumate los representantes de la Funeraria y Sala de Velación «Dulces recuerdos».

La tarjeta de presentación tenía impreso un eslogan convincente: «Ante lo inevitable… déjanos ayudarte». Pero por si las moscas, después de presentar sus condolencias, los empleados de pompas fúnebres se encargaron de asegurar el servicio, que incluía el embalsamiento del cadáver, la velación y el traslado al cementerio.

Al precio preferencial ofrecido a los enlutados, le agregaron el uso de trajes especiales, pues el nosocomio donde acababa de fallecer el familiar era de los habilitados para internar a enfermos de Covid.

Para justificar el recargo, los enterradores aseguraron que a todos los finaditos los llevaban a la parte trasera del hospital, ubicado en la colonia Puerto Juárez, para refrigerarlos en la caja de un tráiler estacionado cerca.

Los enlutados, con todo su pesar, se sorprendieron de aquello que oían. Los de pompas fúnebres soltaron un cálculo de más de 250 cuerpos fallecidos encerrados en ese Thermo King. Pero ellos no tenían que preocuparse, para eso estaban allí:

«Dulces recuerdos» se encargaría de sacar el cuerpo y darle cristiana sepultura. Aún sin asimilar el deceso de su propia carne y sangre, los dolientes decidieron contratar los servicios, pues de esa manera evitaban perder tiempo.

Los representantes de «Ante lo inevitable… déjanos ayudarnos» preguntaron cómo habían llegado al nosocomio, porque si traían vehículo, lo podían aceptar en prenda. «Así lo hicimos con unos dolientes hace no menos de una semana», contaron.

La familia no aceptó esta «ganga» y sellaron el pago del servicio. Grande fue su indignación cuando horas más tarde recibieron el féretro.

No habían pasado ni una hora y de la caja empezaba a salir un hedor intenso.

¿Cómo era posible que sucediera esto si ellos habían pagado para que se embalsamara el cuerpo?

De inmediato se comunicaron a una de las oficinas de la funeraria, la que se encuentra en la calle 107, entre avenida Talleres y Leona Vicario. Como no contestaban, decidieron investigar.

Detectaron que el local que tiene «Dulces recuerdos» en la avenida Coba, del centro de Cancún, estaba clausurado. Eso dio pie a que comenzaran las sospechas y con mucho dolor se decidió abrir el ataúd.

Lo que vino a continuación parecía sacado de una película de terror clase B: Un líquido espeso verde corría al interior del ataúd.

El rostro del finadito, también de color verde, presentaba cortes inexplicables.

Pero el vaso que derramó la ira de los enlutados contra esos zopilotes de la desgracia fue que las piernas de difunto estaban cortadas.

¡Para que cupiera en la caja, había hecho aquella bajeza! Hubieran querido tener enfrente a quienes, aprovechándose del dolor, estafan sin remordimiento: los que revenden los lotes de los camposantos, los legistas que piden una mochada porque su salario no les alcanza, los que te hacen dar vueltas para sacarte dinero y entregarte el acta de defunción.

¡Bola de almas, sin alma ya! ¡Muertos vivientes! Los desconsolados familiares no se quedaron nada más con su enojo.

Tuvieron el valor de presentar una demanda ante la Fiscalía del Estado de Quintana Roo, contra la empresa de pompas fúnebres, presuntamente de capital tabasqueño, y contra el embalsamador.

Con la cárcel para estos estafadores, los dolientes mitigaran la pena de este infortunado sepelio.