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El tiempo lo cambia todo

Recuerdo con nitidez cómo la calamidad se presentó por primera vez en mi vida la mañana de 1982. Tenía 9 años y con asombro confirmé lo que a gritos anunciaban los vecinos: el agua del río Grijalva se había desparramado del malecón y extendía sus dominios a escasos 100 metros de la puerta de mi casa, en la calle 2 de abril, en el centro de Villahermosa.

Esa mañana fue de una alegría inmensa entre los niños de mi cuadra, pues la escuela Bolivia Maldonado de Rivas —que aún se encuentra calles abajo— nadaba en las aguas del río, con todo y sus muebles escolares y no habría clases por varios días.

Desde los ojos de un niño de 9 años vi pasar el desastre: hombres y mujeres saqueando “el Chedraui” —como se le conocía en aquel entonces— primer supermercado de la ciudad. Mi amigo Braulio y yo habíamos llegado hasta las calles de Mina y Arboledas con el agua hasta los hombros, sorteando las alcantarillas abiertas, las cuales descubríamos por los remolinos.

En aquella inundación, como en muchas otras que vinieron años después, los tabasqueños y los negocios de Tabasco han sufrido desgracias, daños y pérdidas.

Yo no lo sabía, pero ese día la vida empezaba a prepararme para las tragedias, para los desastres, para las crisis, para los errores que habría de afrontar a lo largo de la vida y para los que uno se va templando solo, para resistir, para sobrevivir a todo lo que enfrente.

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Tomas la taza de té y la cubres con espuma de jabón mientras frotas con fuerza, como si lucharas contra ‘alguien’ o ‘algo’. Pero nada hay a la vista. Piensas en lo alucinante que se ha vuelto todo desde aquella mañana en que anunciaron que el virus ya estaba entre nosotros.

Cierras el grifo de la llave y secas el tazón de porcelana. De pronto, miras el envase del limpiador y sospechas que el recipiente podría estar contaminado. La maldita paranoia es la otra enfermedad que nos trajo este bicho. El miedo al enemigo invisible que ataca a traición. Entonces, haces algo que tres meses atrás te habría parecido absurdo: lavas el detergente que sirve para desinfectarlo todo.

Oteas por la ventana y piensas en tu padre. Diez meses han pasado ya desde que se fue. Observas el auto estacionado frente a ti. Muchas noches has bajado a la cocina y en la penumbra del garaje lo has imaginado sentado en el asiento delantero de su viejo Corsa. Mi papá habría sufrido mucho en esta guerra imperceptible. El EPOC era para él como vivir con el coronavirus en el cuerpo permanentemente, pero sin la muerte rápida que el Covid-19 le da a los desahuciados.

Te lavas las manos y desconfías, como si esas extremidades se hubieran convertido en amigas y enemigas a la vez. El Covid nos ha distanciado de nuestro propio cuerpo. Miras el reloj. El tiempo embiste, pero tu te has detenido. Hoy vivirás ese día igual que los 72 anteriores: encierro, monotonía, incertidumbre.

Te acuestas. Una frase viene a tu mente: “el tiempo cambia todo en la vida”. Por fin te duermes. En el sueño te miras de niño, es 1982, el día que hizo erupción el volcán El Chichonal, todo está cubierto de cenizas y de temor; ahora es 1994 y el país vive en crisis, estás a punto de perder tu primer auto. Sigues fantaseando, te miras parado en la loma de la avenida Méndez, es el 2007, todo está inundado de nuevo. Ya no eres un niño.

Abres los ojos y repites en silencio: “el tiempo cambia todo en la vida” y piensas entonces, cómo habría sido el futuro de Tabasco sin sus tragedias, sin las crisis, sin las plagas y enfermedades que lo han azotado.

Una idea viene a tu mente y reflexionas: el tiempo y la vida —aún con sus desgracias— son esenciales para aprender, conocer, cambiar y seguir adelante. Somos seres hechos para resistir, para proteger a los nuestros y seguir de frente, aún cuando el enemigo que nos acecha sea invisible.

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